viernes, 21 de julio de 2017

Matot(Números 30:2-32:42)


La raíz del antisemitismo

“Hashem le habló a Moshé, para decir: ‘Véngate por los hijos de Israel en contra de los midianitas, luego serás reunido con tu pueblo’. Moshé le habló al pueblo, para decir ‘Que se armen hombres de entre ustedes para el ejército, y que caigan sobre Midián para infligir la venganza de Hashem en contra de Midián’” (Bamidbar 31:1-3).
Después de que murieran 24.000 judíos en la plaga resultante de la trampa de los midianitas contra el pueblo judío, para hacerlos caer en los pecados de inmoralidad e idolatría, fue tiempo de retribución. Hashem se refiere a la retribución como nikmat bnei Israel, ‘venganza por el pueblo judío’. Sin embargo, Moshé cambia el lenguaje y convoca al pueblo para tomar nikmat Hashem, ‘venganza por Dios’ contra Midián.
Rashi, advirtiendo la discrepancia, explica que, si alguien ataca al pueblo judío, es como si atacara a Dios Mismo. El Midrash (Bamidbar Rabá 22:2) amplía:
“Moshé dijo: ‘Señor del universo, si sólo fuéramos como cualquier otra nación, ellos no nos odiarían y no vendrían tras de nosotros. Es sólo por la Torá y las mitzvot que Tú nos diste que vienen para destruirnos. Entonces, la venganza es por Ti’. En consecuencia, Moshé le instruyó al pueblo judío que ‘inflija la venganza de Hashem contra Midián’”.
Moshé está diciendo que, si fuéramos amish o shiítas, a nadie le importaría lo que hacemos y no querrían lastimarnos o matarnos. La única razón por la que buscan destruirnos es porque Hashem nos dio la Torá y las mitzvot. Las naciones del mundo odian y atacan al pueblo judío porque, en el fondo, quieren atacar al Creador del universo, Quien le dio su Torá y mitzvot al pueblo judío. Al hacerlo, Dios se apegó a los judíos: Israel ve-Oraita ve-Kudsha brij-Hu jad hu, ‘el pueblo judío, la Torá y el Santo, bendito Sea, son uno’ (Zóhar, Parashat Ajarei Mot 73a).
La Torá es la expresión de la voluntad de Hashem. Al estudiar Torá te conectas con Hashem, y cuando realizas mitzvot, te acercas más, porque pasas a ser como Él. La Torá y Dios están inextricablemente unidos.
El pueblo judío es la manifestación de la voluntad de Dios en este mundo. Tenemos un brit, un ‘pacto’ con Dios que comenzó con Abraham Avinu y transformó a los judíos en el pueblo elegido por Dios. Somos la nación responsable de revelar su mensaje al mundo, de lekadesh Shem Shamáim y enseñarle al mundo cómo vivir con Dios. Ese pacto nos une a Hashem haciéndonos uno.

Odio a los judíos, odio a Dios

¿Por qué odian a los judíos? Abundan teorías para explicar el antisemitismo. Sin embargo, el Talmud (Shabat 89b) da la explicación verdadera: el momento en que Hashem dio la Torá en el Monte Sinaí, el odio de los no judíos hacia los judíos se encendió. En el Sinaí (que se relaciona con la palabra hebrea siná, ‘odio’) el pueblo judío se convirtió en el portador del estándar divino absoluto de moralidad para toda la humanidad. En consecuencia, si alguien quiere librarse de las globales exigencias morales y obligaciones delineadas por la Torá, ataca al mensajero, los judíos, que representan el estándar divino de moralidad en este mundo. Puede que el objetivo físico sean los judíos, pero el enemigo real es Dios.
Adolf Hitler, nuestro archienemigo, que su nombre sea exterminado, reconoció abiertamente la singularidad de los judíos como pueblo. Fuimos su enemigo acérrimo porque representamos la moral de Hashem, acorde a como es personificada en la Torá. Hitler vio el Nacional Socialismo como un nuevo orden mundial, una manera de recrear a la humanidad desde cero.
Hitler dijo: “Se refieren a mí como un bárbaro inculto. Queremos ser barbáricos, es un título que nos honra. Queremos rejuvenecer al mundo. Este mundo está cercano a su fin” (Hermann Rauschning, Hitler Speaks p. 87).
Reconoció que el pueblo judío, que introdujo al mundo los conceptos de monoteísmo, amar al prójimo, ayudar al pobre y al débil, era su obstáculo principal para lograr su visión para el mundo. Hitler declaró: “La batalla por la dominación del mundo se luchará completamente entre nosotros, entre los alemanes y los judíos. Todo lo demás es fachada e ilusión. Detrás de Inglaterra está Israel, y también detrás de Francia y de Estados Unidos. Hasta que hayamos expulsado al judío de Alemania, continuará siendo nuestro enemigo mundial” (Ibíd., p. 242).
Le dijo a su pueblo: “La providencia decretó que yo sea el más grandioso liberador de la humanidad. Estoy liberando al hombre de las limitaciones de una inteligencia que asumió el mando, de las sucias y degradantes auto mortificaciones de una falsa visión conocida como ‘conciencia’ y ‘moral’, y de las exigencias de una libertad y una independencia personal que sólo unos pocos pueden tolerar” (Ibíd., p. 222).
Y Hitler entendió muy bien la fuente de esta conciencia y moral. Dijo: “Los Diez Mandamientos han perdido su validez. La conciencia es una invención judía, es un defecto, como la circuncisión” (Ibíd., p. 220).
¿Quién fue el enemigo real de Hitler? ¿Fue el pueblo judío quien encadenó a la humanidad? No, ¡fue Dios Mismo! Hashem nos obliga a preocuparnos unos por otros, a no asesinar, a no ser inmorales. La conciencia moral que le “infligimos” a la humanidad proviene de Dios. Hitler estaba obsesionado con erradicar a los judíos porque odiaba el Dios que nosotros, como su pueblo, representamos en este mundo.

Judíos que odian su judaísmo

No son sólo los no judíos quienes pueden albergar sentimientos antisemitas; los judíos también pueden hacerlo, y por la misma razón: resienten a Dios. Esta no es la única razón para el odio mutuamente destructivo, pero, definitivamente, es una razón común.
Rav Michel Twerski relata que, en una ocasión, vestía en un avión, como de costumbre, su bekeshe jasídico y sombrero negro redondo. Una mujer judía, sentada cerca de él, se le acercó y dijo:
—Ustedes son una vergüenza para el pueblo judío, una desgracia. Son las personas como usted, que creen continuar viviendo en la edad media, quienes causan toda la ira y el antisemitismo hacia nosotros.
Rav Twerski estaba sorprendido por ser atacado así, y nada menos que por una mujer judía, pero no perdió el pulso. Con su tradicional conducta calmada, le dijo:
—Perdón señora, yo soy amish.
—¡Oh! ¡Lo siento tanto! —dijo ella—. Espero no haber herido sus sentimientos. Por supuesto que respeto a las personas que respetan su tradición. ¡Discúlpeme por favor!
Si es amish, entonces su vestimenta y sus costumbres están perfectamente bien. Pero, si es un judío que respeta su tradición y observa los mandamientos, es inaceptable, porque las personas entienden intuitivamente que representa al Señor del universo, quien nos dio la Torá y las mitzvot. Esta mujer no observante consideró que los mandamientos son una carga, una amenaza a su sensación de libertad. Entonces, la presencia de Rav Twerski la tornó antagonista y la puso a la defensiva.

Lo opuesto también es cierto. Quien aprecia al pueblo judío y a la Torá que representa, es alguien que ama a Dios. Y alguien que ama a Dios y a su Torá hará lo necesario para amar a su prójimo. De hecho, el pueblo judío, la Torá y Dios son uno.

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