EL CASO EN FAVOR DE LA BOMBA ATOMICA, 80 AÑOS MAS TARDE
Revisando las matemáticas y moralidad de la decisión de las fuerzas aliadas de bombardear Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945.
Por Andrew Roberts
“¿No podría encontrarse una bomba no más grande que una naranja que posea una fuerza secreta para destruir una manzana entera de edificios—o más bien, para concentrar la fuerza de mil toneladas de cordita y hacer estallar un municipio de un solo golpe?” Eso preguntaba Winston Churchill en septiembre de 1924. Veintiún años después obtuvo una especie de respuesta, cuando Estados Unidos bombardeó Japón, matando instantáneamente a tantas como 70,000 personas en Hiroshima el 6 de agosto de 1945, y a 40,000 en Nagasaki tres días después.
En los 80 años que han pasado desde entonces, el mundo ha debatido si el Presidente Harry Truman y el Primer Ministro Churchill estaban moralmente en lo correcto al utilizar las armas contra los civiles, aun cuando el resultado directo fue terminar la guerra más terrible en la historia humana. Los dos hombres son acusados normalmente de ser criminales de guerra.
Ellos ciertamente no tuvieron reparos. Como recordó Churchill en el sexto volumen de sus memorias de la Segunda Guerra Mundial, "Triunfo y Tragedia" (1953), la decisión “ni siquiera fue un tema.” “Hubo un acuerdo unánime, automático y no cuestionado alrededor de nuestra mesa; tampoco escuché jamás la más ligera sugerencia que deberíamos hacer otra cosa."
Es destacable, además, cuán poco fueron invocadas la moralidad cristiana y el concepto de una guerra justa en cualquier parte del debate. Tales cuestiones parecen no haber entrado en el pensamiento consciente de los principales participantes aliados. La razón, es fácil asumir, es que ellos estaban tan minuciosamente cristianizados que apenas necesitaron invocar a San Agustín y Santo Tomás de Aquino en sus deliberaciones. Una agrupación similar en una sociedad pagana no se habría molestado directamente en preguntar por las víctimas civiles—como por ejemplo los líderes de Irán, intencionados en destruir a Israel, no se molestan en hacerlo hoy.
En el mundo de la posguerra, sin embargo, algunos han argumentado que Japón estaba a punto de rendirse y que por lo tanto fue moralmente errado desplegar esta, la más destructiva de las armas.
Sin embargo, Japón se estaba preparando para una defensa fanática de sus islas una vez que el imperio fuera conquistado. En sus propias memorias, "Año de Decisiones," Truman escribió que creía que una invasión de Japón habría costado medio millón de vidas estadounidenses. El Secretario de Guerra Henry L. Stimson y el Secretario de Estado James Byrnes juzgaron que esa cifra era conservadora, con ambos estimando las bajas totales en un millón. Tales cifras son apoyadas por el Jefe del Estado Mayor del Ejército de Estados Unidos, cuyo estudio de agosto de 1944 informó que "costaría medio millón de vidas estadounidenses y mucho más que ese número en heridos." Incluso tan tarde como en julio de 1945, los aliados estaban sufriendo 7,000 bajas semanales luchando con los japoneses.
Además de pilotos kamikazes, los japoneses estaban planeando utilizar bombas voladoras, botes de ataque suicida, submarinos miniatura suicidas y nadadores de la Marina entrenados para ser minas humanas, todos los cuales habían sido utilizados en batalla en Okinawa y las Filipinas. Al 10º Ejército de EE.UU. le había tomado cerca de tres meses capturar Okinawa, y les costó a las fuerzas terrestres estadounidenses 7,343 vidas. Otros 31,807 habían sido heridos y 230 estaban desaparecidos. Además, fueron hundidos 36 buques y 368 fueron dañados, 763 aviones se perdieron, 4,907 marinos resultaron muertos y otros 4,824 fueron heridos. Los japoneses mientras tanto perdieron unos 110,000.
Con las tasas de desgaste estadounidense tan elevadas para una isla lejana, es seguro asumir que la invasión del territorio continental sagrado japonés habría sido mucho más pesada. El ataque en Iwo Jima en las islas Bonin había matado a cerca de 7,000 marines de EE.UU. e hirió a 20,000. El 8 de junio de 1945, el gobierno japonés había prometido al Emperador Hirohito que “la nación lucharía hasta el amargo final,” y el Primer Ministro Kantaro Suzuki apoyó el plan del ejército de llevar a cabo esto, llamándolo "el camino del guerrero y el camino del patriota."
Incluso después que varias millas cuadradas del centro de Nagasaki fueron destruidas por la segunda bomba, el jefe del ejército, Yoshijiro Umezu, concluyó que Japón todavía tenía la “capacidad para asestar un golpe aplastante al enemigo" y que "sería inexcusable rendirse incondicionalmente." El jefe del estado mayor de la Armada escribió: “No creemos posible que seamos derrotados.” Fue necesario que el emperador declarara, en su Rescripto Imperial el 14 de agosto, que "el enemigo ha empezado a emplear una bomba nueva y muy cruel, cuyo poder de hacer daño es de hecho incalculable, cobrándose muchas vidas inocentes."
Algunos críticos han argumentado que EE.UU. debería haber demostrado el poder impresionante de las armas en alguna región deshabitada del mundo. Pero los aliados tenían sólo dos bombas, con muchos meses antes que las siguientes entraran en producción. Ningún número de científicos y otros observadores habrían persuadido a los hombres duros del estado general japonés, tampoco. Hicieron falta ambas ciudades devastadas para convencer a los políticos y al emperador.
Como Japón también tenía planes de matar a los prisioneros de guerra aliados a medida que el combate se aproximaba a los campamentos donde estaban siendo retenidos, su rápida rendición salvó decenas de miles de vidas estadounidenses y británicas, militares y civiles. Crucialmente, las bombas también salvaron cientos de miles de vidas japonesas, porque incluso más japoneses habían muerto en el bombardeo de Tokio que en la explosión de Hiroshima o Nagasaki. Las armadas aliadas habrían continuado su bloqueo, también, llevando a la hambruna masiva.
Fue necesario que un valiente ex presidente de la Asociación Médica Japonesa declare que "cuando uno considera la posibilidad que el ejército japonés habría sacrificado a la nación entera de no ser por el ataque con la bomba atómica, entonces esta bomba podría ser descripta como habiendo salvado a Japón."
El Sr. Roberts, miembro de la Cámara de los Lores, es autor de “Churchill: Caminando Con El Destino.”
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