sábado, 28 de febrero de 2026

 

Schwester Selma Meir, la enfermera judia alemana que transformó para siempre la medicina en Jerusalem

Al acercarse el 42º aniversario de su fallecimiento, el 19 de febrero, publico este articulo que honra a quien honor merece.

Selma Meir llegó a Jerusalem a principios del siglo XX, entró en un mundo completamente distinto al que había dejado atrás.

Formada en Alemania, impregnada de disciplina y orden, se encontró de pronto en una ciudad polvorienta y poco desarrollada bajo dominio otomano, donde los hospitales carecían incluso de la infraestructura más básica.

No había calles pavimentadas, ni electricidad, ni agua corriente.

Su viaje desde Europa duró casi un mes, combinando trenes, carruajes y largos tramos de incertidumbre.

Cuando finalmente llegó a Jerusalem, la llevaron al hospital en un carro tirado por un burro. Había aceptado quedarse tres años.

Permanecería casi siete décadas!!!

Selma Meir nació en 1884 en Hannover, Alemania, en el seno de una familia judía muy humilde.

Su infancia estuvo marcada por la tragedia.

Cuando tenía apenas cinco años, su madre murió al dar a luz, dejando cinco huérfanos pequeños. Esta experiencia de pérdida temprana marcó toda su vida. Privada del cuidado materno desde niña, desarrolló un profundo anhelo de brindar a otros aquello que a ella le faltó, lo que llamaba “amor maternal y amor por los seres humanos”.

Sentía que la enfermería no era simplemente una profesión, sino una misión.

Para cuando alcanzó la adultez, Selma ya era enfermera titulada y trabajaba en el Hospital Salomon Heine en Hamburgo. Fue allí donde su vida dio un giro decisivo.

El Dr. Moshé Wallach, el visionario director del Hospital Shaarei Tzedek en Jerusalem, había viajado a Alemania en busca de una enfermera jefe capaz de transformar una institución en dificultades en un hospital funcional. Selma fue recomendada para el puesto. Sin conocer del todo las dificultades que la esperaban, ella aceptó.

La Jerusalem que Selma encontró, poco se parecía a Europa.

El transporte era primitivo, los servicios públicos escasos y las condiciones médicas extremadamente desafiantes. Dentro del Hospital Shaarei Tzedek encontró lo que más tarde describió como “una situación bastante desordenada”.

El personal de enfermería no tenía formación profesional. Los departamentos estaban amontonados. La comida se preparaba en cocinas de querosén, que también servían para calefacción.

Solo la sala de enfermedades infecciosas estaba aislada en un edificio separado. En lugar de desesperarse, Selma se puso a trabajar.

Durante sus primeras semanas Selma recorrió el hospital con un cuaderno, anotando todo lo que necesitaba corregirse.

Paso a paso introdujo estándares profesionales de enfermería inspirados en el sistema alemán: capacitó al personal, estableció rutinas, impuso normas de higiene y creó orden donde antes había desorden.

Las enfermeras debían usar cofias esterilizadas y las sábanas se cambiaban a diario, prácticas que hoy damos por sentadas en la medicina moderna. Además de la enfermería, supervisó la cocina del hospital y gestionó los suministros médicos, asegurando que incluso los sistemas más básicos funcionaran con eficiencia.

Su enfoque era discreto pero firme, práctico más que ideológico. Con el tiempo, estos cambios transformaron fundamentalmente la atención a los pacientes.

Además de la enfermería, supervisó la cocina del hospital y gestionó los suministros médicos, asegurando que incluso los sistemas más básicos funcionaran con eficiencia.

Poco después de su llegada, Jerusalem fue golpeada por epidemias, entre ellas el tifus.

Pacientes gravemente enfermos hacían fila frente al hospital hasta el mercado de Majané Iehudá, desesperados por ser admitidos.

Selma trabajó incansablemente junto a los médicos, a menudo en condiciones peligrosas. Sus tareas iban más allá de la enfermería, ya que también asistía en cirugías.

Para proteger a su personal, introdujo ropa protectora, medidas simples que redujeron infecciones y salvaron vidas.

Selma desarrolló un vínculo especial con la sala de maternidad.

En aquella época, el parto era muy riesgoso.

Las madres con frecuencia enfermaban gravemente y muchos recién nacidos no sobrevivían.

Selma encontraba una profunda satisfacción al ver cómo un bebé enfermo recuperaba fuerza y salud. Pero también fue testigo de un enorme dolor. Cuando una madre moría después del parto y no había nadie que cuidara al bebé, se buscaba a una mujer para amamantarlo, y el hospital proporcionaba alimentos y atención médica, pero todavía hacía falta una solución a largo plazo.

En ese momento, su compromiso de tres años estaba por terminar y Selma consideraba la posibilidad de regresar a Hamburgo.

El Dr. Wallach le preguntó si asumiría la responsabilidad del bebé huérfano. Selma lo consideró y aceptó.

Con esa decisión, su vida en Jerusalem se volvió permanente. Más tarde, otro bebé sin madre quedó bajo su cuidado. Lo que había comenzado como un deber profesional se transformó en una responsabilidad personal y en un profundo compromiso emocional.

La guerra trajo nuevos desafíos.

Durante la Primera Guerra Mundial, Jerusalem se convirtió en un campo de batalla cuando fuerzas británicas y otomanas se enfrentaban en las cercanías.

Soldados heridos de ambos bandos, así como civiles lesionados, inundaron el hospital. Mientras las explosiones resonaban en la ciudad, Selma y el personal continuaron trabajando, atendiendo a los heridos e improvisando bajo el fuego.

Cuando los combates se acercaron peligrosamente, Selma ordenó trasladar a todos los pacientes al sótano.

Al día siguiente, el silencio se impuso: las fuerzas otomanas se habían rendido.

En 1934, Selma fundó una escuela de enfermería en Shaarei Tzedek, formando personalmente a una nueva generación de enfermeras profesionales.

Ella creía profundamente en minimizar el sufrimiento de los pacientes, insistiendo en que los cuidadores no escatimaran esfuerzos para aliviar el dolor y preservar la dignidad.

Su influencia se extendió mucho más allá de las paredes del hospital. Los estándares que estableció ayudaron a moldear la enfermería moderna en Jerusalem y eventualmente en todo Israel.

Muchas de sus alumnas desempeñaron luego papeles destacados en el sistema de salud del país.

Incluso en sus últimos años, su sentido de responsabilidad no disminuyó. Cuando en 1948 estallaron nuevamente los combates con la fundación del Estado de Israel, ella se encontraba en Tel Aviv.

Sabiendo que su hospital y sus pacientes la necesitaban, se unió a un peligroso convoy de regreso a Jerusalem, pese a la amenaza de bombas y francotiradores.

Selma Meir eventualmente se jubiló, pero continuó viviendo en los terrenos del hospital que había ayudado a construir, ahora convertido en un moderno centro médico irreconocible respecto al que encontró décadas antes.

Uno de los bebés que ella había acogido años atrás creció y la cuidó en sus últimos años.

La vida de Schwester Selma Meir cuenta una historia silenciosa pero poderosa: como la compasión, la disciplina y la perseverancia pueden moldear instituciones y vidas.

Sin buscar reconocimiento, ayudó a sentar las bases de la atención médica moderna en Jerusalem.

Su legado perdura no solo en edificios y procedimientos, sino también en las innumerables vidas que tocó con su compromiso constante con la atención y la comunidad.

Al acercarse el 42º aniversario de su fallecimiento, el 19 de febrero (2 de Adar), la vida de Schwester Selma Meir nos recuerda que la dedicación silenciosa y la compasión pueden dejar una huella duradera en una ciudad, en un sistema médico y en generaciones de pacientes y trabajadores de la salud.

P: Identidad latina