Desde Saddam Hussein a Israel: Como las guerras de Irán han dividido a una nación - análisis
Después que Irán se involucró dos veces en el espacio de un año contra Israel y Estados Unidos, la cuestión de cómo los iraníes responden a un enemigo externo ha vuelto al foro.

Ayatollah Ruhollah Khomeini (L) who became Iran's first Supreme Leader after the Islamic Revolution and Iraqi leader Saddam Hussein, who offered the Shah of Iran to dispose of the cleric(photo credit: Canva/GABRIEL DUVAL/AFP via Getty Images/Scott Peterson/Getty Images)
PorALEX WINSTONOCTUBRE 14, 2026
El 22 de septiembre de 1980, mientras los aviones de combate iraquíes bombardeaban las bases aéreas iraníes y los tanques de Saddam Hussein cruzaban la frontera iraní, el Líder Supremo Ayatola Ruhollah Khomeini parecía destacablemente despreocupado por lo que estaba aconteciendo en la incipiente República Islámica.
El ataque e Irak, dijo él al pueblo iraní, era poco más que "un ladrón arrojando una piedra" antes de escapar. No había razón para sentir pánico, insistió, y ciertamente ninguna razón para creer que Irán había entrado en una gran guerra. Las fuerzas armadas del país eran perfectamente capaces de lidiar con la amenaza.
La historia, por supuesto, demostraría que él estaba espectacularmente errado cuando la guerra se prolongó por ocho largos años y dejó un estimado de medio millón de personas muertas.
Sin embargo, aun con toda la destrucción que siguió, la invasión de Saddam también logró algo que la República Islámica, de aproximadamente un año y medio, escasamente podría haber logrado por su cuenta. Reunió a una nación iraní profundamente fracturada, de la que mucha de su gente tenía poco afecto por Khomeini o el estamento clerical que había tomado el poder en Teherán.
Cerca de medio siglo después, con Irán involucrándose dos veces en el espacio de un año contra Israel y Estados Unidos, la pregunta de cómo responderán los iraníes a un enemigo externo ha vuelto al ruedo. Y si bien los líderes de Irán han pasado mucho del año pasado insistiendo en que el país permanece unido tras ellos, los acontecimientos que se están desarrollando dentro de Irán cuentan una historia considerablemente más complicada.
Cuando Saddam lanzó su invasión, Irán estaba todavía luchando para asimilar la revolución que había derrocado al Shah Mohammad Reza Pahlavi en febrero de 1979. El gobierno revolucionario había establecido apenas el control sobre el país, mientras las facciones políticas rivales estaban luchando por influencia, y el ejército, otrora entre los más poderosos en el Medio Oriente, había sido debilitado por purgas de oficiales asociados con la antigua monarquía.
Hubo malestar en las provincias y entre los diferentes grupos étnicos, la oposición al gobierno clerical estaba creciendo, y la nueva República Islámica estaba todavía involucrada en el negocio sanguinario de eliminar a sus rivales políticos.
Desde Bagdad, Hussein creyó que había encontrado su momento para atacar y tomar, entre otras cosas, la vía fluvial Shatt al-Arab y su instalaciones petroleras claves.
El dictador iraquí calculaba que la agitación interna de Irán haría posible una rápida victoria militar, particularmente si podía aprovechar las divisiones étnicas del país. Hussein esperaba que la población árabe de mayoría suní de Khuzestan, la provincia iraní rica en petróleo que limitaba con Irak, daría la bienvenida a sus tropas como libertadores contra sus opresores chiíes. Estaba muy equivocado.
En lugar de abrazar al ejército iraquí invasor, muchos árabes iraníes se unieron a sus compatriotas en defender su patria. Los opositores políticos de Khomeini, incluidos los partidarios de la monarquía expulsada, reconocieron similarmente que independientemente de sus diferencias con el nuevo gobierno, la integridad territorial del país estaba en juego. El Príncipe de la Corona Reza Pahlavi, un piloto de combate entrenado e hijo del exiliado shah, incluso extendió una oferta a los nuevos gobernantes de su país de regresar y luchar por Irán.
El patriotismo iraní, resulta, se extendía considerablemente más allá de la lealtad a la República Islámica.
"Estamos preparados para enviar a todos nuestros hijos a combatir a los matones,” declaró Khomeini apenas días después de la invasión.
Para Khomeini, la guerra proporcionaba una oportunidad de fortalecer ese patriotismo y colocar la defensa de la nación en el centro de la lucha de su gobierno revolucionario por la supervivencia. A medida que el combate se prolongaba, el régimen asociaba más y más la resistencia a los iraquíes y a Hussein con el apoyo a la República Islámica misma, mientras las demandas de tiempos de guerra ofrecían más oportunidades de silenciar a la oposición local y consolidar al régimen clerical. Este fue también el período de expansión masiva en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica- formado originalmente para salvaguardar internamente a la revolución.
Para el momento en que finalmente se detuvo el combate en agosto de 1988, la República Islámica había sobrevivido a su reto externo más grande y surgió con un control mucho más fuerte sobre el poder del que había poseído cuando las tropas iraquíes cruzaron por primera vez la frontera.
Si la guerra de 1980-88, no obstante, fue relativamente exitosa en su capacidad de "unir a los iraníes en torno a la bandera," las guerras del 2025 y del 2026 demostraron que era más difícil para el régimen tener éxito en reunir el fervor nacionalista.
A diferencia de la invasión de Saddam, que involucró fuerzas terrestres iraquíes tratando de capturar y ocupar territorio iraní, las campañas militares estadounidense e israelí fueron conducidas abrumadoramente desde el aire, atacando plantas nucleares, instalaciones de misiles, infraestructura militar, y a figuras de alto rango dentro del estamento de seguridad de la República Islámica.
Ni Estados Unidos ni Israel intentaron una ocupación comparable del territorio iraní, y ambos países presentaron repetidamente sus operaciones militares como dirigidas contra el régimen y la amenaza presentada por sus capacidades militares, en lugar de contra el propio pueblo iraní.
Esta vez la reacción de los iraníes fue muy diferente.
Hubo, por supuesto, bajas civiles, y considerable enojo por los ataques, incluso entre los iraníes que tienen poca simpatía por el gobierno. El bombardeo del país de uno por parte de potencias extranjeras difícilmente sea una proposición sencilla, sin importar cuan profundamente desprecie uno a los que lo gobiernan.
Pero Irán en el 2026 es también un país que ha soportado casi cinco décadas de régimen de la República Islámica, olas de protestas sucesivas, condiciones económicas en deterioro, e intentos cada vez más brutales por parte de las autoridades de reprimir la oposición.
El levantamiento a nivel nacional que empezó en diciembre del 2025, y las masacres que siguieron en enero, que dejaron un estimado de 40,000 personas asesinadas en dos días, añadió otro capítulo devastador a esa historia. Las fuerzas de seguridad buscaron sofocar las manifestaciones que se habían extendido a lo largo del país, dejando a las familias haciendo duelo por sus muertos y más profunda una división ya profunda entre la población y el estamento político.
Es contra este trasfondo que la respuesta de los iraníes es aun más poderosa.
Durante la invasión de Irak, los iraníes de todo el espectro político se unieron para defender a su país contra un ejército extranjero. En el 2026, las imágenes que surgen desde adentro de Irán han mostrado a la gente agradeciendo a los líderes de los mismos países que llevaron a cabo ataques contra la República Islámica.
Durante el levantamiento de enero empezaron a aparecer graffitis apelando directamente al presidente estadounidense Donald Trump y al Primer Ministro Benjamin Netanyahu, incluidos mensajes suplicándoes que intervengan mientras los manifestantes enfrentaban a las fuerzas de seguridad. Luego de las operaciones militares estadounidenses e israelíes, otros mensajes fueron considerablemente más allá, agradeciendo a Trump y a Netanyahu por sus acciones.
En Karaj, al oeste de Teherán, grafitis que decían "Te amamos BB," una referencia a Netanyahu, aparecieron en una pared, mientras circularon videos de Iran International que mostraban a los iraníes expresando gratitud hacia ambos líderes.
La vista de los iraníes agradeciendo públicamente a un primer ministro israelí y a un presidente estadounidense por la acción militar contra objetivos dentro de su propio país habrían sido casi inconcebibles durante la guerra de Irán e Irak.
Tales expresiones no son representativas de la población entera, pero el hecho que sean vistas y estén allí es crucial para entender la posición de la República Islámica actualmente. Muchos iraníes se oponen a la intervención militar extranjera, incluidos los que se oponen amargamente a la República Islámica, y la aparición continua de concentraciones en favor del gobierno (aunque son falsificados los números de asistentes) demuestran que las autoridades retienen un electorado preparado para movilizarse en su apoyo.
No obstante, los mensajes de gratitud, particularmente los dirigidos hacia Netanyahu, ofrecen una ilustración asombrosa de cuánto se han deteriorado las relaciones entre secciones de la sociedad iraní y sus gobernantes.
La República Islámica, mientras tanto, buscó describir las guerras como más prueba de la persistente unión nacional del país.
Luego de la Guerra de los 12 Días en junio del 2025, altos funcionarios militares y políticos elogiaron la solidaridad del pueblo iraní, con el vocero del CGRI, el Brigadier-General Ali Mohammad Naeini, declarando que Israel había encontrado la "unión férrea del pueblo iraní."
Declaraciones similares acompañaron al conflicto renovado en el 2026. En septiembre, el comandante de la Fuerza Aeroespacial del CGRI, Brigadier-General Majid Mousavi, elogió las reuniones nocturnas en favor del gobierno, describiéndolas como la demostración del compromiso del pueblo iraní con defender la identidad, independencia y existencia misma de su país, mientras instaba al apoyo continuado a la República Islámica y sus fuerzas armadas. Más tarde ese mes, el Presidente Masoud Pezeshkian acusó a EE.UU. e Israel de tratar de sembrar divisiones dentro de la sociedad iraní, insistiendo en que el país estaba experimentando "unión y cohesión sin precedentes."
Tal idioma habría sido familiar para Khomeini, quien pasó mucha de la Guerra entre Irán e Irak describiendo los sacrificios de los iraníes comunes como prueba del compromiso de la nación con la revolución. Pero proclamar la unión nacional es una cosa. Demostrar que la población sigue unida detrás de los que hacen proclamas es otra distinta.
Un incidente en Teherán el viernes pasado a la noche proporcionó un ejemplo particularmente curioso.
Esmail Baghaei, vocero del Ministerio del Exterior, una de las voces diplomáticas más reconocibles de la República Islámica durante el conflicto, fue abucheado por miembros de un público que asistía a una actuación de Arash, una producción teatral orquestal basada en el legendario arquero iraní que se sacrificó para proteger su patria.
De acuerdo con imágenes que circularon en los medios de comunicación iraníes, Baghaei había tomado un micrófono para dirigirse al público cuando algunos espectadores empezaron a abuchearlo.
Arash ocupa un lugar especial en la mitología iraní, una figura patriótica inmersa en la defensa de la integridad territorial de la nación. Que un alto representante de la República Islámica encontrara una recepción tan hostil en una producción celebrando a uno de los héroes nacionales más perdurables habla de la relación complicada entre la identidad nacional iraní y el gobierno clerical que afirma representarla.
También nos permite ver dentro de una pequeña ventana de los sentimientos actuales del pueblo iraní comparados con 1980.
Saddam Hussein invadió un país que estaba amargamente dividido, era políticamente inestable y todavía estaba tratando de asimilar la conmoción de la revolución. Su expectativa que esas divisiones haría a Irán presa fácil demostró ser desastrosa, ya que los iraníes discrepaban profundamente acerca del futuro de su país, pero no obstante encontraron causa común en defender sus fronteras.
Khomeini pudo capitalizar esa resistencia nacional, usando la guerra para fortalecer al mismo sistema político cuyo futuro había parecido tan incierto cuando empezó el combate.
El liderazgo actual de la República Islámica ha buscado atraer el mismo sentimiento, invocando el idioma nacionalista del sacrificio, la soberanía, y la resistencia, mientras insistía en que la nación se mantiene firmemente detrás de sus fuerzas armadas. Para los que conocen a los iraníes, el amor a su patria es una cosa que los puede reunir.
Pero el Irán del 2026 es un país muy diferente al que invadió Saddam. Su pueblo ha vivido bajo la República Islámica durante casi medio siglo, y para una parte importante de la población, el gobierno mismo se ha vuelto inseparable de las quejas que han sacado a los iraníes a las calles.
Hace 46 años, Saddam descubrió que los iraníes estaban preparados para hacer a un lado sus diferencias para defender su país, permitiendo a Khomeini transformar una guerra por la supervivencia nacional en una base para la consolidación de la República Islámica. Hoy, el mismo gobierno continúa invocando el patriotismo del pueblo iraní, pero tras décadas de represión, revolución, e incertidumbre económica, ya no puede asumir que los que aman a su país todavía sean leales a los que lo gobiernan.