jueves, 17 de septiembre de 2026
Gal Gadot llevo su shofar al programa de Jimmy Kimmel
Gal Gadot y Jimmy Kimmel convirtieron por unos minutos un popular programa nocturno de la televisi贸n estadounidense en una inesperada celebraci贸n de Rosh Hashan谩.
La actriz israel铆 apareci贸 en “Jimmy Kimmel Live!” para promocionar su nueva serie y termin贸 explicando algunas tradiciones del A帽o Nuevo jud铆o antes de tocar el shofar junto al conductor.
Gadot habl贸 sobre costumbres familiares, comidas tradicionales y su relaci贸n con la festividad.
Despu茅s lleg贸 el momento m谩s llamativo de la entrevista: la actriz y Kimmel tomaron sendos shofarot e intentaron hacerlos sonar frente al p煤blico del estudio.
La escena se difundi贸 r谩pidamente en redes sociales y adquiri贸 una resonancia especial porque ocurri贸 precisamente en v铆speras de Rosh Hashan谩 5787, cuando comunidades jud铆as de Israel y de todo el mundo se preparaban para recibir el nuevo a帽o.
Presidente de la Industria Aeroespacial de Israel
Boaz Levy, presidente de la Industria Aeroespacial de Israel (IAI) y considerado uno de los padres del sistema antimisiles Arrow, asegur贸 que los futuros campos de batalla estar谩n dominados por la inteligencia artificial, los sistemas aut贸nomos, la rob贸tica, los enjambres de drones, los misiles y una integraci贸n total entre fuerzas militares, organismos civiles y servicios de emergencia.
mi茅rcoles, 16 de septiembre de 2026
De Tablet:
Lo que Mohamed Atta estaba tratando de decirnos
Tras 25 a帽os, es hora que el Occidente enfrente la verdadera causa del 11/S
Por Ayaan Hirsi Ali
Septiembre 11, 2026
En abril de 1996, m谩s de cinco a帽os antes que 茅l dirigiera el Vuelo 11 de American Airlines hacia la Torre Norte, Mohamed Atta se sent贸 en un peque帽o departamento en Hamburgo y escribi贸 su 煤ltima voluntad y testamento. El ten铆a 27 a帽os de edad, era estudiante de arquitectura en la Universidad T茅cnica, era hijo de un abogado de Cairo, hablaba alem谩n con fluidez, y viv铆a c贸modamente en una de las sociedades m谩s ricas sobre la Tierra.
Nada en sus circunstancias lo obligaba a morar en la muerte. Sin embargo 茅l dio instrucciones detalladas para el manejo de su cad谩ver. "No quiero que ninguna mujer vaya a mi tumba durante mi funeral o en ninguna ocasi贸n a partir de all铆,” escribi贸. El no quer铆a que una mujer embarazada, o “una persona que no est谩 limpia," vaya y diga adi贸s. El hombre que lavara su cuerpo deber铆a llevar guantes para no tocar sus genitales. El ten铆a que ser envuelto en tres piezas blancas de tela sin adornos, depositado en su lado derecho mirando a Meca, y ser enterrado "al lado de buenos musulmanes." Su dinero iba a ser dividido "de acuerdo con la religi贸n musulmana como el todopoderoso Dios nos ha pedido hacer."
No hay ning煤n programa pol铆tico y ninguna menci贸n a pol铆tica exterior o quejas econ贸micas en el documento. S贸lo hay un hombre musulm谩n joven, en un departamento alem谩n, arreglando sacrificar su vida a Ala en la confianza que Ala recompensar谩 su martirio en la vida venidera. La voluntad fue presenciada por colegas creyentes en la mezquita al-Quds, donde Atta rezaba en 谩rabe, dej贸 crecer su barba, y donde cuatro a帽os despu茅s, conocer铆a a los hombres con los que morir铆a.
El documento est谩 entre las pruebas m谩s ignoradas del 11 de septiembre porque contradice las explicaciones del ataque que prefer铆an la mayor铆a de los comentaristas occidentales. Atta no era pobre. No estaba radicalizado por los ataques con drones que aun no hab铆an sucedido, ni por el apoyo estadounidense a Israel. El no era en alg煤n sentido formal u organizacional un "islamista." M谩s bien, ten铆a un compromiso inquebrantable y militante con el Islam por el que estaba dispuesto a morir.
Sin embargo durante 25 a帽os las 茅lites occidentales insistieron repetidamente en que hombres como Atta deben haber sido impulsados por algo distinto a la cultura y la fe que le proporcionaron un lente a trav茅s del cual sus acciones parecieron tanto sensibles como necesarias. Despu茅s del 11/S, los intelectuales y responsables pol铆ticos preguntaron "¿qu茅 sali贸 mal?” como si el origen de la animosidad de Atta hacia el Occidente estuviera envuelta en alg煤n misterio profundo. En la experiencia occidental, los hombres no hab铆an matado a otros hombres en masa por cuestiones religiosas desde el final de las grandes guerras religiosas del siglo XVII. La cultura, un t茅rmino que una vez fue entendido abarcando muchas facetas de la identidad, experiencia y pertenencia humanas—incluida la religi贸n—tambi茅n hab铆an sido descartados. Decir que existen las diferencias culturales y deber铆an ser respetadas fue una base del orden multicultural; la idea que algunas culturas podr铆an llevar a la gente a asesinarse entre s铆, por razones que no aparecen en la lista racionalista occidental de causas sensatas, pareci贸 a muchos liberales occidentales demasiado cercano al racismo como para molestarse en discutir el tema.
Desde entonces, cada vez que Occidente chocaba con el islam, gran parte de la clase intelectual occidental recurr铆a a explicaciones que cobraban sentido dentro de sus propias categor铆as humanistas y seculares: el agravio, la humillaci贸n, el subdesarrollo, la alienaci贸n, la frustraci贸n ante la pol铆tica exterior o el fracaso de los Estados occidentales a la hora de integrar adecuadamente a hombres como Atta —quienes, en teor铆a, no deb铆an de ser intr铆nsecamente distintos de los inmigrantes de edad, clase y nivel educativo similares procedentes de Vietnam, Polonia o cualquier otro lugar—. Dado que todos los conflictos tienen un origen material, se asum铆a que pod铆an resolverse mediante medios materiales. Y, ante la evidente superioridad de los valores occidentales —medida a trav茅s de los logros materiales superiores de Occidente—, se consideraba que los conflictos en torno a la tierra, el empleo, la dignidad, la soberan铆a o la redistribuci贸n deb铆an negociarse con la generosidad propia de quienes ocupan posiciones de inmenso privilegio y poder gracias a las desigualdades del colonialismo europeo. Si las poblaciones musulmanas sufr铆an un d茅ficit democr谩tico, se pensaba que las elecciones sacar铆an a la luz y moderar铆an sus demandas. En todos los casos, la teolog铆a y la cultura se traduc铆an a t茅rminos de psicolog铆a, econom铆a, pol铆ticas de desarrollo o diplomacia.
Los l铆deres estadounidenses a帽adieron entonces una segunda capa de negaci贸n. El presidente George W. Bush declar贸 en el Centro Isl谩mico de Washington que «el rostro del terror no es la verdadera fe del Islam». Siguiendo el ejemplo de Bush, tras las atrocidades cometidas posteriormente en Par铆s, Bruselas, Manchester y otros lugares, los l铆deres occidentales afirmaron reiteradamente que los asesinos «no ten铆an nada que ver con el Islam». Al mismo tiempo, se revitaliz贸 o normaliz贸 la noci贸n de «fe Abrahamica», como si el juda铆smo, el cristianismo y el Islam fueran meras variantes de una misma familia espiritual, separadas m谩s por el temperamento que por la teolog铆a o las aspiraciones civilizatorias.
Tras siglos de guerras religiosas, Occidente hab铆a llegado a la conclusi贸n de que privatizar la fe era el precio a pagar por la estabilidad y el progreso. La religi贸n pasar铆a a ser una afici贸n, un legado o un consuelo privado, mientras que la pol铆tica se desarrollar铆a en el 谩mbito m谩s sosegado de los intereses. Al adoptar este planteamiento, las sociedades occidentales olvidaron que el laicismo y el pluralismo eran acuerdos propios de su contexto, y no la norma universal por defecto; en consecuencia, asumieron que cualquier civilizaci贸n rival terminar铆a por favorecer esa misma compartimentaci贸n. Al enfrentarse a un adversario para quien el orden p煤blico era expl铆citamente teol贸gico —y para quien la separaci贸n entre la autoridad sagrada y la pol铆tica constitu铆a, en s铆 misma, una ofensa a Dios—, Occidente hizo lo 煤nico que su propio marco intelectual le permit铆a: traducir la teolog铆a a categor铆as que le resultaban m谩s manejables.
Como resultado, durante un cuarto de siglo, Estados Unidos y Occidente han optado por vincularse estrechamente con sociedades musulmanas disfuncionales, con el objetivo de corregir «lo que sali贸 mal». Simult谩neamente, abrieron sus puertas a una migraci贸n musulmana masiva, acogiendo a millones de refugiados procedentes de sociedades devastadas por la guerra que, notoriamente, no hab铆an logrado transformarse a pesar de la afluencia de dinero estadounidense, expertos en democracia y despliegue de tropas sobre el terreno. El fracaso de la fe secular occidental en la realidad material para transformar estas sociedades destrozadas se atribuy贸 a un accidente, o bien a la profunda precariedad y al estado de deterioro en que realmente se encontraban dichas sociedades. Sin duda, se pensaba, esa fe demostrar铆a su val铆a una vez que los refugiados llegaran a Estados Unidos.
Result贸 acertada la predicci贸n de que un encuentro a gran escala entre las poblaciones de las naciones occidentales y las tierras musulmanas podr铆a desencadenar una transformaci贸n social significativa. Lo que los optimistas occidentales no previeron fue que sus propias sociedades acabar铆an transform谩ndose a imagen y semejanza de los reci茅n llegados a quienes pretend铆an evangelizar. Para el a帽o 2026, Nueva York se hab铆a convertido en un escenario para grupos terroristas isl谩micos, bajo el mandato de un alcalde musulm谩n nacido en el extranjero que abogaba por «globalizar la intifada» y cuya esposa celebraba la masacre de israel铆es perpetrada por Ham谩s. Tales actitudes no resultaban ins贸litas en una ciudad donde los inmigrantes musulmanes casi superaban en n煤mero a la poblaci贸n jud铆a aut贸ctona. Una encuesta del Pew Research publicada en julio de 2026 revel贸 que el 44 % de los musulmanes en Estados Unidos ten铆a una opini贸n favorable de Ham谩s.
Dicho de otro modo: si Estados Unidos y Occidente entraron en guerra contra una vanguardia de 茅lite de extremistas musulmanes que empleaban el terrorismo como su principal herramienta, el conflicto concluy贸 veinticinco a帽os m谩s tarde con una derrota autoinfligida, fruto de un diagn贸stico err贸neo del enemigo y de la importaci贸n de grupos demogr谩ficos culturalmente incompatibles —los cuales pod铆an ser instrumentalizados tanto por dicha vanguardia como por otros actores pol铆ticos, internos y externos—. Tras no lograr derrotar a los terroristas musulmanes en el extranjero, Occidente se ve ahora combatiendo a los mismos enemigos en casa, mientras contempla c贸mo sus propios pa铆ses se transforman debido a la inmigraci贸n masiva de personas que, decididamente, no comparten la fantas铆a occidental com煤n de que la religi贸n y la cultura son el origen de diferencias meramente superficiales. La idea de que existen b谩rbaros que viven extramuros ha formado parte, desde hace mucho tiempo, del legado occidental. Asimismo, formaba parte de ese legado la noci贸n de que introducir a los b谩rbaros dentro de las murallas podr铆a acarrear la destrucci贸n de la civilizaci贸n occidental, aun cuando hoy en d铆a est茅 prohibido siquiera pensarlo.
Veinticinco a帽os despu茅s de los atentados contra Nueva York y el Pent谩gono, Estados Unidos debe hacer algo m谩s que conmemorar una atrocidad del pasado. Deber铆a emprender un an谩lisis exhaustivo de la situaci贸n: no solo de la amenaza que representa el islamismo violento, sino del ecosistema de amenazas m谩s amplio que ha madurado a su alrededor en el cuarto de siglo transcurrido desde 2001. La realidad fundamental es que el islamismo nunca fue 煤nicamente una cuesti贸n de c茅lulas terroristas y atentados espectaculares. Ha sido tambi茅n un proyecto civilizatorio arraigado en la memoria del califato, en la ambici贸n de reorganizar la pol铆tica, la sociedad y el ordenamiento jur铆dico conforme a las normas isl谩micas, y en el esfuerzo a largo plazo por establecer puntos de apoyo institucionales dentro de las sociedades occidentales.
Puedo hablar de esta ambici贸n bas谩ndome en mi propia experiencia personal, que en cierto modo guarda paralelismos con la de Mohamed Atta. Cuando era una adolescente refugiada somal铆 que viv铆a en Nairobi (Kenia), a los 15 y 16 a帽os, me hice miembro del movimiento de los Hermanos Musulmanes. Formar parte de este movimiento no se parece en nada a unirse a la YWCA o a las Girl Scouts. No se paga una cuota de afiliaci贸n ni se lleva uniforme. M谩s bien, uno se somete a un proceso de transformaci贸n personal integral, en el que se ense帽a a desprenderse de las identidades superpuestas —familia, clan, regi贸n y nacionalidad— en favor de una identidad 煤nica y universalizadora como creyente musulm谩n: miembro de la 'umma.'
Como joven y ferviente conversa, ya no me bastaba con rezar y ayunar en los momentos prescritos ni con identificarme como musulmana tal como mis padres me hab铆an criado. Nuestros maestros eran personas serias: africanos formados en el extranjero, concretamente en Arabia Saudita e Ir谩n. Nos exig铆an leer el Cor谩n, los hadiths y la biograf铆a del profeta Mahoma, as铆 como analizar dichos textos para profundizar en nuestra fe. Bajo su tutela, el islam dej贸 de ser una cuesti贸n de costumbre para convertirse en algo vivido con intensidad; algo que pod铆amos defender sin miedo y utilizar como arma contra los no creyentes. Una de las principales formas en que se nos ense帽aba a practicar nuestra fe consist铆a en definir la relaci贸n entre nosotras —las musulmanas— y los no musulmanes, a quienes consider谩bamos nuestros enemigos.
Por aquel entonces, Kenia era un pa铆s cristiano, y la mayor铆a de mis compa帽eras de clase eran cristianas o animistas. Algunas de ellas eran mis amigas: volv铆a a casa con ellas tras las clases y compart铆a comida y confidencias, algo habitual entre chicas adolescentes, al margen de las influencias sectarias. Cuando objetaba ante mis maestros diciendo: "No puedo ver a mi amiga como a una enemiga," me respond铆an: "No; tienes el deber de convertirla y, si se niega a convertirse, entonces es tu enemiga."
Sin embargo, estos nuevos enemigos —mis compa帽eros de clase— eran solo enemigos menores y locales. Mis maestros tambi茅n me presentaron a los grandes enemigos del islam: el «Gran Sat谩n», es decir, Estados Unidos de Am茅rica, y el «Peque帽o Sat谩n», o sea, Israel, el estado jud铆o. Se establec铆a una distinci贸n entre Israel como estado y los jud铆os, quienes encarnaban una suerte de mal metaf铆sico. El jud铆o era sin贸nimo de la palabra «Sat谩n»; estaba detr谩s de todo mal, hab铆a se帽alado al islam y a los musulmanes como sus enemigos y estaba decidido a destruirnos a todos. En todos nuestros rezos y en todas nuestras duas (s煤plicas) estaba la s煤plica que Dios destruyera y eliminara a los jud铆os.
Avance r谩pido en el tiempo hasta mi vida en Occidente, concretamente en los Pa铆ses Bajos, donde me matricul茅 en la Universidad de Leiden para estudiar Ciencias Pol铆ticas. El 11 de septiembre de 2001, trabajaba para un centro de estudios vinculado al principal partido de centroizquierda neerland茅s, equivalente al Partido Dem贸crata de Estados Unidos. La direcci贸n del partido, compuesta por personas a las que yo admiraba, intentaba interpretar el ataque al World Trade Center y al Pent谩gono recurriendo a categor铆as que les resultaban familiares. Se consideraba que el ataque era una respuesta a la injusticia de la pol铆tica estadounidense en Oriente Medio en general, o a la cuesti贸n israel铆-palestina en particular. S铆, el ataque fue brutal e inhumano, pero al mismo tiempo se consideraba importante reconocer la injusticia de la pol铆tica exterior estadounidense, que hab铆a impulsado las acciones de los terroristas. Mientras tanto, se informaba de que Mohamed Atta era miembro de los Hermanos Musulmanes. Descubrimos que los dem谩s terroristas del 11-S tambi茅n pertenec铆an a los Hermanos Musulmanes, a trav茅s de una organizaci贸n terrorista llamada Al Qaeda.
Yo sab铆a algo sobre la Hermandad Musulmana. Tambi茅n sab铆a que los ataques no ten铆an nada que ver con las explicaciones que estos hombres y mujeres educados asumieron como evangelio. Habiendo estado empapada en las mismas doctrinas que motivaron a los terroristas, yo entend铆 que lo que acababa de suceder era civilizacional—un nuevo cap铆tulo en un conflicto que hab铆a estado fermentando durante d茅cadas, en el cual los musulmanes eran los agresores deliberados. Aun m谩s sorprendentemente, yo sab铆a que la Hermandad cre铆a que el Occidente era d茅bil, y que ellos eran fuertes. Osama bin Laden hab铆a lanzado su ataque no por desesperaci贸n y debilidad, sino en la creencia que era un agente de la historia, y que 茅l ganar铆a.
Todo esto era claro para m铆 a partir de mi propia experiencia como adolescente creyente en Africa. Pero para la gente que era cercana a los c铆rculos del poder, a los que yo pod铆a alcanzar, mi relato de quienes eran los atacantes, y cual era el prop贸sito tras su "operativo," claramente sonaba como ciencia ficci贸n. ¿C贸mo estos moradores en cuevas pod铆an imaginar que eran una fuerza civilizacional superior? Una y otra vez v铆 a estas mismas personas, y a sus equivalentes a lo largo del Occidente, descartar la explicaci贸n clara de quienes eran sus enemigos y lo que buscaban en favor de la misma creencia condescendiente que todo lo que sus enemigos quer铆an era m谩s empleos, una econom铆a mejor, una muestra de los lujos del Occidente, m谩s una correcci贸n de los errores hist贸ricos para suavizar su sentido primitivo del honor. Los encuentros subsiguientes con el enemigo, cuya visi贸n del mundo separada pero internamente coherente que ellos nunca pod铆an admitir, por no hablar de entender, por lo tanto siempre parec铆an tomarlos por sorpresa.
¿Asesinatos de honor? Ese tipo de cosa no sucede aqu铆. O tal vez sol铆a suceder aqu铆, pero fue hace mucho tiempo. Luego suceder铆a una serie de asesinatos de honor en una ciudad europea occidental, y ser铆a informada en la prensa, y los pol铆ticos reaccionar铆an siempre con la misma sorpresa honesta. ¿Aqu铆? No ten铆a sentido. ¿C贸mo pod铆a saberlo alguien? Lo mismo ocurri贸 con las bandas de captaci贸n y abuso sexual en Gran Breta帽a y con las agresiones sistem谩ticas de hombres inmigrantes contra mujeres no musulmanas; hechos que, en un principio, se negaron rotundamente y ante los que luego se reaccion贸 con la misma sorpresa genuina. No lo sab铆amos. ¿C贸mo pudo ocurrir algo tan terrible? Lo sab铆an, pero no lo sab铆an, porque saberlo habr铆a hecho saltar por los aires su propia sensaci贸n de seguridad y de superioridad civilizatoria, una percepci贸n que se volv铆a m谩s fr谩gil a帽o tras a帽o.
Veinticinco a帽os despu茅s, la ignorancia ya no es una excusa sostenible. Sin embargo, incluso entre aquellos que reconocen que los extremistas musulmanes violentos no est谩n simplemente reaccionando a las heridas infligidas por Occidente, y que los propios musulmanes fueron algunos de los mayores colonizadores de la historia, sigue existiendo un importante punto ciego. En Occidente estamos tan obsesionados con el brazo militar del movimiento islamista que a menudo no prestamos atenci贸n a los m茅todos de captura institucional y transformaci贸n demogr谩fica que son igualmente parte de la estrategia islamista. Este h谩bito de negaci贸n es particularmente agudo entre los estadounidenses tanto de izquierda como de derecha, que se han convencido de que la inmigraci贸n musulmana y la infiltraci贸n deliberada de instituciones para difundir sus creencias y normalizar sus pr谩cticas, muchas de las cuales buscan limitar o destruir las libertades sobre las que se construyen las sociedades occidentales, es un problema estrictamente europeo. Lo que est谩 sucediendo en Estados Unidos, me dicen, no es lo suficientemente dram谩tico como para justificar ning煤n tipo de cambio serio. Las comunidades musulmanas tienen el derecho constitucional a crecer y expandirse, y si ganan elecciones, entonces ganan elecciones. Lo que escucho es la misma incapacidad que escuch茅 en Europa hace 25 a帽os para aceptar la magnitud de la amenaza que plantea un enemigo hostil, o incluso para admitir la realidad de las diferencias culturales.realidad de las diferencias culturales.
La realidad es que no tenemos otros 25 a帽os para hacerlo bien. Ni siquiera tenemos otros 10 a帽os. El entorno estrat茅gico que enfrentan las naciones occidentales ha cambiado dram谩ticamente. Occidente enfrenta ahora un espacio de batalla h铆brido m谩s amplio en el que los estados y movimientos hostiles dependen menos de la guerra cl谩sica y m谩s de las operaciones cibern茅ticas, la desinformaci贸n, la presi贸n migratoria, la subversi贸n institucional y la explotaci贸n de la polarizaci贸n interna, facilitada no s贸lo por las plataformas tecnol贸gicas, sino tambi茅n por el surgimiento de una vanguardia izquierdista secular que ha forjado una alianza con cuadros musulmanes politizados que han aprendido a hablar el lenguaje com煤n del sectarismo del tercer mundo para movilizar a las comunidades de inmigrantes. Cada lado de la llamada alianza rojo-verde que ahora participa en elecciones no s贸lo en Europa sino tambi茅n desde la ciudad de Nueva York hasta Michigan cree sin duda que est谩 utilizando al otro para ganar poder. Pero s贸lo es probable que gane la mitad de esa alianza. Personalmente, apostar铆a por el lado que tiene un ej茅rcito de 1.600 millones de creyentes que potencialmente puede movilizar, respaldado por la riqueza de los principales productores de petr贸leo del mundo, antes que por los estudiantes universitarios de hogares c贸modos para quienes la pol铆tica significa pancartas en los dormitorios de Karl Marx y el Che Guevara. Cuando descubran lo contrario, probablemente ser谩 demasiado tarde.
La cuesti贸n que se nos plantea como sociedad ya no es simplemente si Estados Unidos puede derrotar a las organizaciones terroristas. Se trata de si la rep煤blica estadounidense a煤n es capaz de percibir y responder a un desaf铆o civilizatorio interconectado, en el que la ambici贸n islamista, las potencias extranjeras hostiles, la presi贸n demogr谩fica, la captura cultural y el desorden epist茅mico se refuerzan mutuamente. Debemos contemplar la amenaza islamista en toda su profundidad civilizatoria y decidir entonces qu茅 medidas tomar para preservar el orden constitucional liberal, sin permitir que las libertades que tanto valoramos y celebramos se conviertan en instrumentos de nuestra propia destrucci贸n. El 11 de septiembre de 2026 debe entenderse como otro momento decisivo —una encrucijada— en la vida de la rep煤blica estadounidense, tan trascendental como lo fueron los ataques a las Torres Gemelas y al Pent谩gono.
La lecci贸n original del 11 de septiembre no fue simplemente que Estados Unidos ten铆a enemigos dispuestos a matar civiles a gran escala. Fue que las 茅lites occidentales, tras el fin de la Guerra Fr铆a, no hab铆an tomado en serio la idea de que el orden liberal que conoc铆an pod铆a verse seriamente desafiado. Al fin y al cabo, Occidente hab铆a derrotado al Imperio sovi茅tico —que contaba con un enorme arsenal nuclear y abarcaba quiz谩 un tercio de la superficie terrestre del planeta, adem谩s de poseer vastos recursos— sin disparar un solo tiro. El ensayo de Francis Fukuyama sobre «El fin de la historia», hoy objeto de burlas generalizadas, fue en realidad aceptado casi universalmente como una descripci贸n no solo de la realidad, sino tambi茅n del futuro. Una adopci贸n masiva del comunismo tras el colapso sovi茅tico parec铆a tan improbable como el resurgimiento masivo del nazismo, contra el cual a la izquierda le gustaba advertir en 茅poca de elecciones. La idea de que la religi贸n pudiera desplazar a las ideolog铆as seculares como principio organizador de masas —y mucho menos convertirse en la base sobre la que se organizaran los Estados— parec铆a un retroceso a煤n m谩s absurdo hacia fen贸menos que la historia ya hab铆a dejado atr谩s, como culpar a las brujas de las malas cosechas o acusar a los jud铆os de beber la sangre de ni帽os gentiles.
No es que los observadores occidentales fueran ajenos a las dimensiones l贸gicas, organizativas y civilizatorias de los movimientos islamistas. Lo que faltaba era la imaginaci贸n necesaria para creer que estos pudieran llegar a triunfar. Al fin y al cabo, el liberalismo occidental —respaldado por el surgimiento de tecnolog铆as digitales cada vez m谩s poderosas— hab铆a ganado de forma decisiva la pugna entre Oriente y Occidente, conocida como la Guerra Fr铆a. Por ello, los acad茅micos occidentales —en su inmensa mayor铆a de izquierdas, y muchos de los cuales hab铆an deseado la victoria final de la Uni贸n Sovi茅tica y de los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo afines a ella— interpretaban las dimensiones sociales, organizativas y pol铆ticas de los movimientos islamistas en t茅rminos positivos: como precursoras de una acci贸n pol铆tica democr谩tica. Organizaciones como Ham谩s, Hezbol谩 o el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Isl谩mica (CGRI) de Ir谩n se analizaban bajo un prisma estrictamente occidental, consider谩ndolas equivalentes a partidos socialdem贸cratas occidentales en evoluci贸n o a actores de corte izquierdista; se pensaba que sus rasgos culturalmente espec铆ficos pod铆an pasarse por alto sin riesgo, ya que la trayectoria de su evoluci贸n futura estaba predeterminada por la tendencia secular de la historia. Detenerse en tales rasgos culturales m谩s all谩 de lo estrictamente necesario habr铆a implicado atribuir a la cultura un car谩cter determinante, una postura que f谩cilmente podr铆a rozar el racismo.
La idea de que la historia avanzaba en una 煤nica direcci贸n —algo conocido y aceptado por todos los acad茅micos y responsables pol铆ticos occidentales ilustrados— hizo pr谩cticamente imposible que incluso los miembros m谩s obstinados de la 茅lite concibieran a los musulmanes llamados "comunes" como una amenaza interna. Adem谩s, de manera m谩s sutil, esto les llev贸 a pasar por alto el hecho de que los grupos musulmanes m谩s radicales siempre operan dentro del marco de una base pol铆tica musulmana, ya sea en sus propios pa铆ses o en Occidente.
En los a帽os posteriores al 11 de septiembre, Estados Unidos desarroll贸 una enorme infraestructura antiterrorista y mejor贸 considerablemente su capacidad para detectar complots, desmantelar redes y neutralizar a yihadistas violentos. Sin embargo, la respuesta a los atentados tambi茅n acostumbr贸 a Occidente a pensar en t茅rminos de terroristas, refugios seguros y operaciones de seguridad, restando atenci贸n sostenida a los cambios institucionales, demogr谩ficos y civilizatorios —de ritmo m谩s lento— que se estaban gestando.
La amenaza que las crecientes poblaciones de inmigrantes musulmanes supon铆an para Occidente no era simplemente una cuesti贸n de interpretaciones err贸neas del Cor谩n, como George W. Bush habr铆a deseado creer; era el resultado de lo que a estas poblaciones se les hab铆a ense帽ado en sus pa铆ses de origen y de su propia visi贸n del mundo. Los m茅dicos, enfermeros, psiquiatras y otros profesionales musulmanes que introducen valores antioccidentales en las instituciones occidentales —e incluso perpetran actos de violencia— no lo hacen en contra de las creencias musulmanas, sino convencidos de que as铆 act煤an como buenos musulmanes. Los enfermeros de hospitales australianos que se jactan de no atender a pacientes jud铆os lo hacen con la plena seguridad de que sus actitudes son ampliamente compartidas en sus comunidades, donde muy pocas voces —si es que hay alguna— les llevan la contraria. Estas mismas actitudes antioccidentales y esta propensi贸n a la violencia se observan tambi茅n en sectores demogr谩ficos con menor nivel educativo, cuyas normas y comportamientos culturales, sectarios y religiosos los hacen incompatibles con las sociedades occidentales. A menudo dependientes de las ayudas sociales (como ocurre con cerca del 81 % de los inmigrantes somal铆es en Minneapolis) y hostiles hacia sus sociedades de acogida, crean sus propias comunidades segregadas —en ciudades como Bruselas, Minneapolis y Malm枚—, las cuales sirven tanto de base de reclutamiento como de fuente de apoyo material para los radicales islamistas. Un serio balance de estos 25 a帽os debe recuperar el hecho de que no todas las culturas del mundo son compatibles con la nuestra.
En particular, cuando se trata de integrar a millones de personas en sociedades democr谩ticas moldeadas por valores occidentales —forjados a lo largo de milenios y culturalmente singulares—, nos enfrentamos a una tarea de dimensiones civilizatorias que parece exigir una enorme determinaci贸n y fortaleza. Cimentar tal esfuerzo sobre una ignorancia deliberada y mentiras bienintencionadas es una v铆a segura hacia el desastre.
Comencemos, entonces, por desmantelar algunas de esas mentiras bienintencionadas. El islam no es una "fe abrah谩mica" que funciona de manera an谩loga al cristianismo protestante o al juda铆smo rab铆nico. En la doctrina isl谩mica no existe equivalente alguno para conceptos occidentales fundamentales como la separaci贸n entre Iglesia y Estado, el derecho laico o la noci贸n de libertades y derechos individuales, incluida la libertad de culto. Por el contrario, el islam se nutre de la convicci贸n de que el mundo musulm谩n sufri贸 un despojo hist贸rico con la abolici贸n del califato y de que dicha p茅rdida debe revertirse finalmente, lo que implica recuperar todos los territorios que alguna vez estuvieron bajo dominio musulm谩n. En el 谩mbito terrenal, el islam se asemeja tanto a las ideolog铆as pol铆ticas totalizadoras e irredentistas como a una religi贸n.
En la visi贸n del mundo que comparten tanto los musulmanes de a pie como sus portavoces pol铆ticos autoproclamados, Estados Unidos y Occidente en general no son meros rivales geopol铆ticos. Representan obst谩culos civilizatorios: potencias que sostienen un orden secular, liberal y poscalifal que los islamistas pretenden superar. Los islamistas pueden mantener esta postura porque se basan —de manera sustancial y plausible— en el Cor谩n, los hadices, la Sira y siglos de jurisprudencia que conciben el Islam como un modo de vida integral que regula la pol铆tica, el derecho y la sociedad. Sin embargo, no tienen bajo su control a todos los musulmanes. Por ello, su proyecto consiste en transformar la convicci贸n doctrinaria en control social, confrontando a los musulmanes comunes con la discrepancia entre la fe que profesan y sus vidas modernas y compartimentadas. Existen, adem谩s, otros factores culturales, nacionales, sociopol铆ticos y sectarios —ajenos a la modernidad— que act煤an conjuntamente o en paralelo al proyecto islamista dentro de la umma musulmana. Cabe citar, por ejemplo, las actitudes hacia las mujeres, hacia las "ofensas" al Cor谩n o a Mahoma, hacia los jud铆os y hacia el apoyo a grupos terroristas por motivos sectarios o nacionales. ¿Depende la base de apoyo de Hezbola en Estados Unidos de la propia organizaci贸n, o es consecuencia de la migraci贸n chi铆 libanesa? ¿Son las bandas de violadores en el Reino Unido y otros lugares un fen贸meno "islamista" o uno de 铆ndole cultural?
Por consiguiente, el problema de la migraci贸n musulmana no puede reducirse tan f谩cilmente a los "islamistas", aun cuando estos sigan siendo los principales ide贸logos de un programa pol铆tico sumamente agresivo y peligroso que tiene a Occidente como objetivo directo. Si se aparta a los islamistas, persiste gran parte del problema: una cultura que, tal como existe hoy, es incompatible con valores occidentales fundamentales y se define en oposici贸n a ellos. Es precisamente ese trasfondo preexistente de simpat铆a y predisposici贸n cultural lo que hace que el proyecto islamista manifiesto resulte tan peligroso.
La transici贸n del control conceptual al control social se produce a trav茅s de las instituciones. Las mezquitas, escuelas, centros, organizaciones ben茅ficas, grupos de presi贸n y entidades culturales pueden servir como los principales espacios donde los musulmanes entran en contacto con la autoridad religiosa y son socializados en una concepci贸n integral y civilizatoria del islam. Documentos internos de planificaci贸n de la Hermandad Musulmana —como el Memorando Explicativo de 1991 y el texto de 1982 conocido como "El Proyecto"— describ铆an estrategias a largo plazo de asentamiento, arraigo organizativo y aprovechamiento de las libertades occidentales para promover el dominio isl谩mico y debilitar la civilizaci贸n occidental desde dentro. Informes posteriores elaborados en Francia, el Reino Unido, Alemania, Suiza y los Pa铆ses Bajos confirmaron, a nivel estatal europeo, que redes vinculadas al islamismo han impulsado t谩cticas de infiltraci贸n, separatismo o infraestructuras de da’wa (proselitismo) a largo plazo que poseen tanto una dimensi贸n pol铆tica como religiosa.
Definir la amenaza a la que nos enfrentamos 煤nicamente en t茅rminos de estructuras islamistas dif铆cilmente resolver谩 el problema m谩s amplio de la influencia musulmana sectaria. Tanto los palestinos partidarios de Ham谩s —o de cualquier otro movimiento pol铆tico o terrorista palestino no islamista— como los somal铆es que abandonaron EE. UU. para combatir junto a milicias en sus lugares de origen, que les env铆an fondos y para quienes el antisemitismo constituye la norma cultural, amenazan la cultura pol铆tica y la paz social de Occidente; y ello independientemente de si mantienen v铆nculos directos con organizaciones islamistas o si se definen a s铆 mismos seg煤n doctrinas islamistas. A medida que estos grupos se consolidan como bloques pol铆ticamente activos e influyentes, exigiendo que normalicemos y atendamos normas que amenazan con destruir nuestra civilizaci贸n, ¿consiste la respuesta en atribuir simplemente la culpa al "islamismo"? ¿O existe acaso una incompatibilidad m谩s profunda, arraigada en una divergencia de valores y normas que los Estados occidentales deben reconocer?
Desde hace tiempo, los movimientos islamistas utilizan la migraci贸n, la da’wa (proselitismo), la natalidad y la continuidad institucional como instrumentos para transformar las sociedades occidentales a largo plazo. Las ciudades europeas acogieron a estas poblaciones bajo la premisa de que la integraci贸n era una cuesti贸n de pol铆tica de vivienda, solo para descubrir —tras sucesos como los del Bataclan, el Manchester Arena, el mercado navide帽o de Berl铆n y el puente de Westminster— que algunos miembros de la segunda generaci贸n hallaban mayor sentido de pertenencia en el siglo VII que en las instituciones del estado de bienestar.
La literatura y el discurso islamistas presentan a Occidente no simplemente como un lugar de refugio u oportunidades, sino como un territorio de asentamiento donde las generaciones futuras —criadas en el seno de instituciones moldeadas por el islamismo— podr铆an llegar a exigir normas basadas en la sharia mediante v铆as democr谩ticas o cuasi-democr谩ticas. Este objetivo, que anta帽o parec铆a ciencia ficci贸n o fantas铆as propias de una fumada de narguile, se percibe ahora inquietantemente cercano. Europa experimenta esta presi贸n con mayor intensidad que Estados Unidos debido a que el volumen migratorio ha sido mayor, la proporci贸n de poblaci贸n musulmana m谩s elevada y el proceso de formaci贸n visible de sociedades paralelas est谩 m谩s avanzado. No obstante, Estados Unidos se est谩 equiparando r谩pidamente a esta situaci贸n y, al mismo tiempo, parece ajeno a una amenaza que los europeos ya reconocen ampliamente.
Lo que hace que el escenario de 2026 resulte m谩s inquietante que el de 2001 es que la amenaza islamista se inscribe ahora en un ecosistema h铆brido m谩s amplio. Potencias rivales u hostiles, como Rusia y China, recurren cada vez m谩s a la guerra cibern茅tica, a la desinformaci贸n, las operaciones de influencia, la presi贸n econ贸mica y la desestabilizaci贸n mediante la migraci贸n, en lugar de limitarse a la confrontaci贸n militar convencional. Estos actores explotan la polarizaci贸n, socavan la confianza y convierten la apertura de las sociedades liberales en una vulnerabilidad operativa. Si bien los islamistas no son id茅nticos a dichos Estados —y no siempre comparten los mismos objetivos—, se benefician de la misma erosi贸n de la cohesi贸n social, la confianza c铆vica y la legitimidad institucional, a la vez que contribuyen a ella. Las mayores fortalezas de las sociedades liberales —sistemas de informaci贸n abiertos, reg铆menes migratorios generosos y amplias garant铆as para el derecho de asociaci贸n— se han convertido precisamente en los canales que los adversarios h铆bridos y los movimientos de car谩cter civilizatorio utilizan para intentar desestabilizarlas.
En este contexto, la alianza entre los partidos pol铆ticos de izquierda occidentales y los votantes inmigrantes musulmanes —un fen贸meno ya muy avanzado en Europa— representa una amenaza de una naturaleza distinta a la que planteaban los grupos terroristas isl谩micos radicales hace 25 a帽os. Adem谩s de la posibilidad de que esta coalici贸n acceda al poder en ciudades con grandes poblaciones musulmanas, como Dearborn (Michigan) y ahora Nueva York, la uni贸n entre islamistas e izquierdistas abre una v铆a propicia para propagandistas extranjeros que buscan profundizar las fracturas de la sociedad estadounidense en beneficio propio. Estos actores externos abarcan desde pa铆ses musulmanes como Catar y Turqu铆a —abiertamente alineados con los Hermanos Musulmanes— hasta naciones como China y Rusia, que reprimen a los islamistas en su propio territorio al tiempo que apoyan sus actividades en el extranjero como agentes de desintegraci贸n social y caos.
La normalizaci贸n de la propaganda extremista propalestina y antiisrael铆 en los peri贸dicos controlados por la izquierda y en el 谩mbito acad茅mico se ha convertido en un rasgo distintivo de la alianza disgregadora entre los islamistas y la izquierda occidental. Presentar al Estado jud铆o como una entidad intr铆nsecamente malvada es un precio bajo que la izquierda laica est谩 dispuesta a pagar a cambio de un bloque electoral amplio y creciente. Los islamistas, por su parte, exigen ataques cada vez m谩s expl铆citamente antisemitas contra Israel y los jud铆os como precio por su lealtad y como se帽al de su ascenso pol铆tico. Una pol铆tica cuya punta de lanza es el antisemitismo crudo, que denigra la "influencia occidental" calific谩ndola de malvada y que exalta a los "oprimidos", dif铆cilmente puede considerarse "occidental"; y, de hecho, ese es precisamente el objetivo. El mensaje es: estamos ganando. Y resulta dif铆cil afirmar lo contrario.
En momentos anteriores de peligro existencial, por muy dividido que estuviera el pa铆s, alguna coalici贸n de l铆deres acab贸 por comprender la verdadera magnitud de la amenaza y actu贸 en consecuencia. As铆 ocurri贸 frente a las potencias del Eje en la d茅cada de 1940 y ante el comunismo sovi茅tico en la d茅cada de 1950. Hoy, en cambio, cada bando percibe s贸lo una parte del peligro. Los conservadores suelen estar m谩s alerta ante el islamismo, el trastorno demogr谩fico y la captura de instituciones, pero se muestran menos dispuestos a afrontar todas las implicaciones del colapso epist茅mico y de la guerra h铆brida extranjera. Los sectores liberales prestan mayor atenci贸n a la influencia del estado ruso y a los derechos de grupos identitarios occidentales —como el colectivo gay—, pero son menos proclives a reconocer las ambiciones civilizatorias de los movimientos islamistas y los efectos estructurales de las instituciones paralelas. El resultado es una 茅lite dividida y mediocre que utiliza verdades parciales como armas partidistas y que, por tanto, es incapaz de elaborar un diagn贸stico coherente de la amenaza global.
El hecho de que el 25潞 aniversario del 11 de septiembre vaya a ser presidido en Nueva York por un l铆der pol铆tico musulm谩n vinculado a extremistas isl谩micos constituye un s铆mbolo elocuente de hasta qu茅 punto la clase pol铆tica de la rep煤blica se ha alejado de la gravedad del desaf铆o civilizatorio: un cuarto de siglo despu茅s del ataque islamista m谩s espectacular de su historia, es capaz de encumbrar a figuras cuya ret贸rica y afiliaciones remiten a movimientos que buscan desmantelar el mismo orden que ahora ayudan a representar ceremonialmente.
Un liderazgo estadounidense serio y bipartidista, decidido a preservar las libertades y la singularidad del pa铆s, reconocer铆a que el islamismo no es solo un problema de seguridad violento, sino tambi茅n un proyecto civilizatorio; que los adversarios estatales h铆bridos explotan las mismas aperturas liberales que los islamistas; y que la polarizaci贸n interna y la migraci贸n masiva procedente de pa铆ses musulmanes amplifican todos estos riesgos. Evitar铆a los debates doctrinales est茅riles sobre la separaci贸n entre el islam y el islamismo y, en su lugar, distinguir铆a entre los diversos actores musulmanes seg煤n sus ambiciones pol铆ticas y sus efectos institucionales. Asimismo, aceptar铆a la paradoja que recogen los an谩lisis de seguridad alemanes: algunas organizaciones islamistas no violentas, aunque no recluten directamente para la yihad, pueden profundizar la desintegraci贸n y fomentar sociedades paralelas al intensificar la separaci贸n comunitaria y la distancia normativa respecto al orden constitucional. Se pondr铆a fin a la migraci贸n masiva procedente de pa铆ses musulmanes, del mismo modo que se acab贸 con la migraci贸n masiva desde Europa hacia Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial.
Un liderazgo unificado comenzar铆a por reajustar el orden liberal, aclarando que las protecciones constitucionales son l铆mites al poder arbitrario, no pactos suicidas que exijan tolerar indefinidamente la subversi贸n organizada. Identificar铆a y regular铆a, desmantelar铆a o prohibir铆a aquellas infraestructuras vinculadas al islamismo en las que existan pruebas documentales, financieras y organizativas que demuestren su alineaci贸n con proyectos civilizatorios a largo plazo. Asimismo, abordar铆a la financiaci贸n extranjera como una l铆nea de acci贸n prioritaria, y no como una cuesti贸n secundaria. Universidades, escuelas, centros de estudios, mezquitas, organizaciones ben茅ficas, medios de comunicaci贸n y otras instituciones que moldean las mentalidades han recibido enormes sumas de gobiernos extranjeros y entidades afines —con datos de divulgaci贸n en EE. UU. que reflejan miles de millones en donaciones y contratos extranjeros, incluidos m谩s de us$1.100 millones procedentes de Catar tan s贸lo en el 2025—, al tiempo que iniciativas recientes de transparencia y propuestas legislativas han puesto de relieve la preocupaci贸n por la financiaci贸n proveniente de China, Rusia, Ir谩n y otros pa铆ses que suscitan inquietud. Por consiguiente, una respuesta seria impondr铆a consecuencias reales tanto a los financiadores extranjeros como a los receptores nacionales: divulgaci贸n p煤blica obligatoria que detalle la fuente real y el prop贸sito de los fondos; notificaci贸n obligatoria sin umbral m铆nimo para estados hostiles o de alto riesgo; auditor铆as e investigaciones; sanciones civiles; p茅rdida de elegibilidad para recibir fondos p煤blicos; medidas relativas a visados, sanciones o congelaci贸n de activos para financiadores vinculados a estados extranjeros; y el cierre o la inhabilitaci贸n de aquellas instituciones nacionales que, a sabiendas, oculten, blanqueen o utilicen dichos fondos para fines de captaci贸n ideol贸gica.
Tanto los informes brit谩nicos sobre el extremismo islamista financiado desde el extranjero como las investigaciones estadounidenses sobre la financiaci贸n no declarada de universidades por parte de otros pa铆ses sugieren que el dinero puede conllevar condiciones estrat茅gicas ocultas, especialmente cuando se destina a mezquitas, instituciones educativas o programas universitarios que normalizan ideas extremistas o anticonstitucionales. El siguiente paso consistir铆a en rescatar a las instituciones formativas —escuelas, universidades, medios de comunicaci贸n, iglesias, industrias culturales y plataformas digitales— de su captura por fuerzas anticonstitucionales, restaurando as铆 su funci贸n como transmisoras de lealtad c铆vica, memoria hist贸rica y confianza en el orden constitucional.
Incluso tras haber reconstruido la resiliencia institucional, ser铆a prudente no reabrir los flujos migratorios procedentes de entornos donde los proyectos islamistas tienen gran arraigo. En cualquier caso, la inmigraci贸n de cualquier tipo solo deber铆a permitirse bajo condiciones mucho m谩s estrictas de selecci贸n, transparencia y asimilaci贸n.
Comenc茅 este ensayo refiri茅ndome a Mohamed Atta en un departamento de Hamburgo, redactando con calma las instrucciones para su propio entierro mientras viv铆a en el seno de una de las sociedades m谩s ricas y libres del mundo. Esa imagen es relevante porque desmantela la tranquilizadora explicaci贸n que Occidente prefer铆a adoptar: la idea de que, tras el lenguaje teol贸gico, siempre deb铆a esconderse alg煤n agravio material m谩s familiar, susceptible de ser negociado, subvencionado o abordado mediante terapias.
Veinticinco a帽os despu茅s, la verdad m谩s inc贸moda es que Occidente ha mejorado considerablemente a la hora de localizar, capturar o eliminar a hombres como Atta, pero sigue vacilando a la hora de enfrentarse al entorno del que este surgi贸: las instituciones, redes, doctrinas, fuentes de financiaci贸n y ambiciones civilizatorias que lo moldean mucho antes de que aparezca en una lista de vigilancia.
La resiliencia civilizatoria no consiste en una vaga confianza en que las democracias siempre logran salir adelante a duras penas. Es la capacidad s贸lida de un pueblo para percibir con claridad sus vulnerabilidades, subsanarlas a tiempo e impedir que sus enemigos utilicen sus virtudes como armas. Para ello, es importante reconocer que nuestras virtudes son reales y genuinamente nuestras; tanto es as铆, que millones de hombres han luchado y muerto a lo largo de los siglos para hacerlas realidad y lograr que sean ampliamente compartidas. No libramos esas batallas porque todas las culturas sean iguales o todos los valores tengan el mismo valor. M谩s bien, nuestros antepasados —reales e imaginarios— hicieron sacrificios a escala civilizatoria para que hombres y mujeres de todas las razas y or铆genes pudieran pensar y vivir libremente, conforme a los dictados de su propia conciencia. Quienes comparten nuestros valores fundamentales tienen su lugar entre nosotros; aquellos que niegan la primac铆a de tales valores tienen todo el derecho a buscar sus propias versiones de la felicidad en otros lugares.
Ya es hora de que nuestras 茅lites comprendan que la primac铆a de Occidente no es un regalo fortuito del destino, ni fue mayoritariamente injusta. La injusticia es una caracter铆stica de todas las sociedades y culturas. Occidente es 煤nico por el valor que otorga a la conciencia individual y por su capacidad para corregir sus propios errores. Resulta francamente descabellado exigir que Occidente reconozca a nuestros enemigos el derecho a destruir y reemplazar la civilizaci贸n que construimos —basada en los valores de la Reforma y la Ilustraci贸n— por los valores de otras culturas marcadas por siglos de estancamiento y decadencia. Tal derecho de sustituci贸n no existe en ninguna sociedad ni cultura.
Negar la importancia radical y positiva de la cultura occidental para el legado humano es m谩s que una forma de ceguera hist贸rica e individual; es un deseo de muerte que ya no podemos permitirnos ignorar. Tocqueville escribi贸 que la grandeza de Estados Unidos radica en su capacidad de reparar sus fallas, no en ser m谩s educado que otras naciones, y ese todav铆a es el criterio correcto en el cual se debe juzgar la rep煤blica a los 250 a帽os. La pregunta ahora ya no es m谩s si Estados Unidos puede matar a los terroristas m谩s r谩pido de lo que ellos se regeneran. Una civilizaci贸n resiliente redise帽ar铆a sus protecciones para que la libertad de informaci贸n, las leyes migratorias, y la libertad de asociaci贸n funcionen como es intencionado, para proteger a los ciudadanos en lugar de a los adversarios. Reconstruir铆a instituciones formativas, reparar铆a su clase dirigencial, y recuperar铆a suficiente confianza constitucional para resistir la subversi贸n civilizacional sin abandonar la libertad misma. Tambi茅n construir铆a un muro contra la gente que no comparte nuestra cultura y en verdad desea activamente destruirla.
Si Estados Unidos y Europa pueden todav铆a hacer eso, el 11 de septiembre del 2026 ser谩 recordado como el instante en que eligieron la supervivencia con claridad. Si no pueden, el testamento de Mohamed Atta y el cuarto de siglo que sigui贸 se situar谩n como prueba que una civilizaci贸n puede conocer a sus enemigos, matar a su ej茅rcito, enviar ej茅rcitos poderosos al otro lado del mundo, y todav铆a fallar en salvarse.
Ayaan Hirsi Ali es miembro de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford, miembro del Council on Foreign Relations, y ex miembro del parlamento holand茅s
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