UNA SEMANA QUE SACUDIO EL ANTIGUO ORDEN
La mayoría de los líderes occidentales se están agitando mientras los enemigos extranjeros capitalizan su oportunidad.
Por Walter Russell Mead
Una frase atribuida generalmente, pero erróneamente a Lenin dice que hay décadas en que nada sucede y semanas en que suceden décadas. La semana pasada fue una de esas semanas.
Israel atacó a los negociadores de Hamas en Catar y, a pesar de una queja global que se está intensificando, se movió hacia una invasión a gran escala y ocupación de Ciudad Gaza. En medio de una ola de ciberataques y sabotaje contra países europeos, un gran grupo de drones rusos invadieron el espacio aéreo de Polonia, un miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El Presidente Trump exigió que los aliados de la OTAN impongan sanciones secundarias masivas contra India y China como el primer paso en una campaña renovada para obligar a Rusia a poner fin a su ataque contra Ucrania.
El gobierno francés cayó tras perder un voto de confianza ante Asamblea Nacional, y el primer ministro de Japón anunció que se estaba bajando tras un mandato desastroso durante el cual el Partido Demócrata Liberal de Japón, que gobernó durante largo tiempo, perdió sus mayorías en ambas cámaras del Parlamento.
Los partidos de “Extrema Derecha” continuaron sus avances a lo largo de Europa. Reforma Reino Unido de Nigel Farage, Asamblea Nacional de Marine Le Pen (anteriormente el Frente Nacional) y Alternativa para Alemania de Alice Weidel, conocido como AfD, todos lideran las encuestas nacionales. El AfD triplicó su voto en el próspero estado de Renania del Norte-Westfalia, de la ex Alemania Oriental, mientras que las calles de Londres se llenaron de manifestantes contra el establishment y pro-Trump.
Sólo la intervención del ministro del exterior de Corea del Sur impidió que unos 316 obreros de Hyundai sean esposados en el largo vuelo de deportación desde Atlanta a Seúl. El ex presidente de Brasil fue sentenciado a 27 años en prisión después de ser condenado por tramar un golpe. El embajador de Gran Bretaña ante Estados Unidos fue despedido tras la publicación de emails bochornosos que él envió a su ex amigo Jeffrey Epstein.
Y el asesinato de Charlie Kirk agudizó las preguntas en casa y en el exterior acerca de la estabilidad social y política de Estados Unidos, el país del cual depende más que nunca lo que queda del orden mundial.
Cualquiera de estos acontecimientos dominaría las noticias de una semana en épocas más calmas. Lo que estamos viendo hoy es la disolución acelerada del orden mundial posterior a 1945. No es meramente que los opositores externos del antiguo orden se han combinado más efectivamente para arruinarlo. Los defensores del orden están agitando.
Hay muchas razones para la mala actuación del Occidente. El grupo actual de líderes en su mayor parte no pueden ni defender a sus países de enemigos foráneos ni defender el status quo político de los populistas en casa. El pensamiento confuso de una generación de élites políticas, que supusieron tontamente que el conflicto geopolítico había terminado para siempre, dejaron al Occidente radicalmente no preparado para los oponentes resurgentes. Los votantes en todas partes siguen estando poco dispuestos a apoyar la defensa vigorosa y las políticas exteriores que ofrecen esperanza de revertir la deriva global hacia el conflicto entre grandes potencias. Las universidades ya no proporcionan más la base en la historia intelectual, cultural, diplomática y militar que permite a los líderes planificar sabiamente y los inspira a liderar bien.
A medida que el antiguo orden se desvanece, sus límites se vuelven difusos, y sus enemigos los respetan menos. Eso está sucediendo en Europa, donde Rusia pone a prueba diariamente su creencia que la alianza transatlántica es más un engaño que una fuerza real y viva. Es lo que está sucediendo en el Pacífico occidental, donde China pone a prueba las defensas de sus vecinos marítimos con creciente confianza y agresión.
En este contexto, si el asesinato de Kirk exacerba la polarización estadounidense, las consecuencias serán globales. La competencia política brutal de Estados Unidos de América eleva la posibilidad que las promesas de un presidente serán repudiadas por su sucesor. También incrementa la probabilidad que un Estados Unidos de América consumido por las divisiones internas tendrá menos recursos y menos energía para dedicar a la política exterior—no importa quien sea presidente.
No todas son malas noticias. Aunque controvertido en muchos rincones, el ejemplo de Kirk de patriotismo, fe religiosa y compromiso con el diálogo abierto inspiró a la gente joven en todo el país. La capacidad de Estados Unidos de América para la innovación económica y tecnológica se está, en todo caso, renovando. Los absurdos y excesos de la política de la identidad han llevado a tales locuras intelectuales, antisemitismo y otras formas de odio que incluso muchos intelectuales fuertemente liberales están reconsiderando algunas presunciones sostenidas durante mucho tiempo. Y las crecientes amenazas extranjeras están concentrando lenta pero seguramente las mentes acerca de la necesidad de apuntalar nuestras defensas.
El tiempo dirá si los brotes verdes del resurgimiento pueden renovar al Occidente y si los populistas recientemente empoderados asumirán sus nuevas responsabilidades lo suficientemente rápido como para evitar el desastre. Por ahora, los defensores del orden mundial existente carecen de la convicción y claridad de visión requeridas para defenderlo. Xi Jinping, Vladimir Putin e incluso los mulahs de Irán conmocionados por la guerra buscarán inevitablemente capitalizar su oportunidad histórica. No hay ninguna razón para suponer que estas potencias perderán el interés sondear las debilidades del Occidente en cualquier momento cercano.
Manifestantes se reúnen en Londres, septiembre 13. Foto: Lab Ky Mo/Zuma Press
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