Cada sinagoga incendiada en Europa, cada estudiante judío acosado, cada familia atacada en la calle demuestra lo mismo: el odio contra los judíos no “ayuda” a Palestina. No trae dignidad, ni paz, ni futuro. Solo revive una vieja lección que los judíos conocen demasiado bien.
Cuando el mundo se vuelve hostil, cuando la identidad judía se convierte en un blanco, la promesa de “esta vez será distinto” se rompe otra vez. Israel existe porque los judíos aprendieron, a un costo
inmenso, que nadie llegará siempre a tiempo para protegerlos.
Se puede criticar a Israel. Se puede defender a los palestinos. Pero perseguir judíos en cualquier lugar del mundo no es activismo: es antisemitismo. Y eso explica por qué Israel sigue siendo necesario.
Atacar a judíos en todo el mundo no “libera a Palestina”. Nunca lo hizo y nunca lo hará. Quemar sinagogas, acosar estudiantes judíos o agredir familias a miles de
kilómetros de Oriente Medio no acerca la paz ni la autodeterminación a nadie. Lo único que demuestra es una verdad incómoda: el antisemitismo no depende de fronteras ni de conflictos, solo necesita permiso. Durante siglos se prometió a los judíos que, si eran silenciosos y obedientes, estarían a salvo. La historia demostró lo contrario. Israel existe porque los judíos aprendieron que su seguridad no puede depender de la buena voluntad ajena. Se puede apoyar a los palestinos sin odiar a los judíos. Cuando no ocurre, deja de ser política y pasa a ser supervivencia.
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