La preservación del judaísmo no fue casual
Escrito en 05 Junio 2016. Publicado en Judaismo
Hablemos de Identidad Judía
Entendemos como identidad, a las características particulares que tiene una persona, que lo diferencia de los demás. Como decía Martín Buber: “En este mundo cada persona representa algo nuevo, algo que nunca ha existido todavía, algo único y original. Es deber de cada uno el saber... que nunca ha existido en el mundo nadie semejante a él, porque si hubiese existido alguien semejante a él, ya no sería necesaria su existencia. Cada persona en el mundo, es una cosa nueva y está llamada a realizar su peculiaridad”. Cada ser humano es único en medio de semejantes que no son idénticos entre sí.
El fundamento de mi identidad es como me veo yo mismo y no como los demás me perciban, me amen, me acepten, me odien o me rechacen. Reconozco que los enemigos de mi identidad no tienen que ver con el mundo externo sino con mis demonios internos.
Maimónides nos dice en Mishne Torá: "Por lo tanto fue creado el hombre único, para que aprendas que quien causa la pérdida de una vida en el mundo, se lo considera como si hubiera destruido al mundo todo. Y todo el que salva una vida en el mundo, se lo considera como si hubiera fortalecido al mundo todo. Pues todos los que nacen, según la forma de Adam son creados y sus rostros no son parecidos a los de sus prójimos y así cada uno puede decir: para mí fue creado el mundo".
Nunca vivencié una amenaza real para mi identidad judía pues esta siempre fue clara, concisa y natural. Pero, ¿por donde pasa mi identidad judía?
Siempre me he visto como parte de ese pueblo Hebreo saliendo de Egipto ese 15 de Nisán del 2448 o año 1313 antes de la Era Común, que estaba en un gran dilema aguardando con gran temor a orillas del mar, sin saber qué hacer. Si entraban al mar podían ahogarse, si luchaban contra el ejército del Faraón podrían perecer en el combate y si volvían a Egipto deberían continuar en la esclavitud.
Martin Buber en su "Humanismo Hebreo" nos dice: "Israel no es un pueblo como los otros, no importa cuando hayan deseado que lo fueran sus representantes en ciertas épocas. No hay ningún otro pueblo como el de Israel, porque es el único en el mundo que desde sus comienzos más remotos ha sido a la vez una nación y una comunidad religiosa. En la hora histórica en la cual sus tribus se juntaron para formar un pueblo, se volvió portador de una revelación. El pacto que las tribus hicieron unas con otras y a través del cual se transformaron en Israel, toma la forma de un pacto como con el D's de Israel...la naturaleza de nuestra doctrina de elección difiere de la de otras naciones, aunque ellas dependen frecuentemente de la nuestra. Lo que ellas se llevaron no fue nunca la parte esencial. Nuestra teoría se distingue de las suyas en que nuestra elección es una sola exigencia. Esta no es la conformación mítica en sueños llenos de anhelos de un pueblo. Esta no es la promesa incondicional que da poder e imperio a un pueblo. Constituye una exigencia severa, y la total existencia futura del pueblo depende de si se la honra o no".
Me rechaza sobremanera la posibilidad de vivenciar mi identidad como un prisionero de extraños y sombríos conjuros que opaquen la verdadera alegría de vivenciarla como una bendición, como el orgullo de ser.
Mi identidad judía no se construyó desde la eterna y persistente existencia del antisemitismo pues me rechaza la idea de ser una eterna víctima histórica. Opino como Jean-Paul Sartre que el judío auténtico se auto elije a sí mismo judío y no se identifica en la caricatura grotesca que el antisemita pretende mostrarle ya que no se avergüenza ni tiene motivo alguno para avergonzarse de su propia esencia.
Mi identidad judía no se origina del trauma del Holocausto pues me impacta negativamente la posibilidad de quedar atrapado definitivamente en la inevitable maldad del ser humano.
Mi identidad judía no proviene del miedo a la asimilación porque no acepto la desagradable fantasía de ser irremediablemente una especie en extinción como lo fueron los Tyranosaurus rex o los mamuts.
Creo que ser un judío hoy, es una opción de vida, es ser un irremediable rebelde que nade eternamente contra la corriente del conformismo, de la mediocridad, de la corrupción y de la maldad de los hombres.
Es oponerme activamente a las injusticias que percibimos en nuestra rutina cotidiana, es trabajar incansablemente desde mis imperfecciones y debilidades para ser una luz entre las naciones, es atreverme desde mis humildes lugares a hacer de este mundo un lugar realmente digno de ser vivido.
En "Una historia de los judíos", Cecil Roth, en la Universidad de Oxford, Schoken 1961, pag. 423-424) opina: …"A través de nuestra historia hubo grupos más débiles, quienes han eludido los sacrificios vinculados con el judaísmo. Ellos han sido tragados, desde hace tiempo, en la gran mayoría; sólo los más fuertes han mantenido las tradiciones de sus antepasados, y ahora pueden mirar hacia atrás, con orgullo, la magnífica herencia. Cada página, una inmanencia más elevada. ¿Debemos ser contados entre la mayoría débil, o la minoría fuerte? Está en nosotros decidirlo.
Pero, a partir de una lectura de la historia judía, surge un factor que quizás nos pueda ayudar en nuestra decisión. La preservación del judío sin duda no fue casual. El ha perdurado a través de la fuerza de un cierto ideal, basado en el reconocimiento de la influencia de un Poder más elevado en los asuntos del hombre. Además, época tras época en su historia, ha sido salvado de la calamidad de una forma que no puede ser descripta, salvo como "providencial".
Hoy me siento orgulloso de ser un judío, de pertenecer al ancestral pueblo judío y de ser por mi propia elección, parte de ese pueblo judío.
Mi identidad pasa por esa plegaria fundamental del judaísmo, la esencia de la fe monoteísta, la piedra angular de la Torá: "Oye, Israel, el señor es nuestro Dios, el señor es Uno" (שְׁמַע יִשְׂרָאֵל, ה' אֱלֹהֵינוּ, ה' אֶחָד; Shemá Israel, Adonai Eloheinu, Adonai Ejad Deuteronomio 6:4).
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