EL ESPEJISMO DEL RECONOCIMIENTO PALESTINO: LA IMAGEN POR SOBRE EL RESULTADO
Por Igor Desyatnikov
Noviembre 4, 2025

El apresuramiento por parte de varios gobiernos europeos en septiembre para reconocer un "Estado de Palestina" puede parecer, para algunos, un paso hacia la paz. En realidad, es un teatro político enmascarado como progreso. Al conceder recompensas simbólicas tras la masacre del 7 de octubre, los líderes occidentales arriesgan reforzar la lección más peligrosas del conflicto moderno: que las atrocidades pueden devengar dividendos diplomáticos.
Esta liberación subsiguiente de los restantes rehenes israelíes vivos ofrece un momento de claridad moral. Sus familias fueron destrozadas por el peor asesinato en masa de judíos desde el Holocausto. Que sus seres amados estén finalmente regresando a casa es causa de alivio, pero también de reflexión. Este momento nos recuerda lo que requiere el progreso real: presión, negociación, y responsabilidad– no filas de aplausos desde parlamentos a miles de millas de distancia.
La condición de estado no puede ser traída a la existencia por medio de señales de virtud. Un estado viable requiere instituciones en funcionamiento, fronteras seguras, liderazgo unificado arraigado en la legitimidad, y la capacidad de mantener la ley y el orden. Ninguna de estas condiciones existe hoy para los palestinos. En Gaza, Hamas gobierna por medio del terror y rechaza cualquier coexistencia pacífica con Israel. En la Margen Occidental, la Autoridad Palestina está paralizada por la corrupción, la fragmentación, y una falta crónica de legitimidad. El reconocimiento de las capitales extranjeras no hace nada por unificar a estas facciones, desarmar a los extremistas, o crear el imperio de la ley. En cambio, confiere la ilusión de soberanía sin ninguna de su sustancia.
Algunos gobiernos occidentales justifican su reconocimiento como un acto de principios, invocando los derechos de los palestinos a la autodeterminación. Pero este encuadre ignora tanto la historia como los incentivos. Durante mucho del siglo XX, los árabes palestinos no se concibieron a sí mismos como una nación distinta. Más bien se veían a sí mismos como parte de la nación árabe más general y, más específicamente, como perteneciendo a la Gran Siria, cuyo centro cultural y político era Damasco. La idea de un pueblo palestino separado sólo se formó en la década de 1970, como una consecuencia de las realidades posteriores a 1967 y la política de la Guerra Fría que instrumentalizó la identidad palestina como una herramienta indirecta contra el Occidente e Israel.
Incluso la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), cuando fue fundada en 1964, negó explícitamente cualquier reclamo a la Margen Occidental o Gaza, territorios entonces controlados por Jordania y Egipto. Su propósito original no era establecer soberanía allí, sino retar la existencia de Israel dentro de sus fronteras posteriores a la independencia. Sólo después de la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días la OLP sí redefinió retroactivamente los límites de su lucha y empezó a encuadrarse como la representante de un "pueblo palestino" distinto. Este reencuadre, más tarde amplificado por la diplomacia soviética y de la Liga Arabe, dio lugar a la narrativa moderna de la nacionalidad palestina como distinta de la identidad panárabe que había definido las décadas anteriores.
La historia legal internacional cuenta una historia paralela. Mientras que los mandatos para Irak, Siria y Líbano fueron diseñados para establecer estados árabes, el Mandato para Palestina se proponía únicamente crear un hogar nacional judío, no un estado árabe al oeste del Río Jordán. Para abordar las aspiraciones árabes, Gran Bretaña extrajo el 77% del Mandato original para crear Transjordania. La idea de reconocer otro estado árabe en el territorio que quedaba siempre ha estado en polos opuestos con la intención original del sistema del Mandato.
No obstante, empezando en la década de 1970, la dinámica de la Guerra Fría volvió a dar forma al discurso internacional. El bloque soviético, la Liga Arabe, y el Movimiento de No Alineados, encabezaron una campaña dentro de las Naciones Unidas para volver a dar forma a la causa palestina como la de un "pueblo" distinto con derecho a la soberanía. Año tras año, la Asamblea General adoptó resoluciones no vinculantes consagrando esta narrativa. Con el tiempo, la repetición política creó la ilusión de consenso legal. Pero la repetición no es realidad; es como la propaganda intenta hacer que la ficción parezca un hecho.
Incluso después de este reencuadre, a los palestinos se les presentaron múltiples oportunidades de crear soberanía, y cada vez respondieron con violencia. Después de los Acuerdos de Oslo de la década de 1990, en lugar de crear instituciones, las facciones lanzaron olas de bombardeos suicidas. En el año 2000, cuando Israel ofreció casi toda la Margen Occidental y Gaza en Camp David, Yasser Arafat se retiró, provocando la Segunda Intifada. En el año 2005, Israel se retiró unilateralmente de Gaza, erradicando todo asentamiento. Hamas respondió no con paz, sino con cohetes y finalmente con la masacre del 7 de octubre.
El reconocimiento en este contexto envía el peor mensaje posible: que el terrorismo no es una falla moral, sino una inversión estratégica. Si los ataques suicidas, guerras de cohetes, y el asesinato de niños son seguidos por mejoras diplomáticas, ¿por qué los rechazadores cambiarían el rumbo? Para ellos, el reconocimiento no es la culminación de la paz—es una recompensa por su ausencia.
Ni el reconocimiento puede sustituir la soberanía. Un estado requiere territorio definido, población permanente, gobierno funcionando, y la capacidad de relaciones exteriores. Ninguno de estos existe en las manos palestinas hoy. Lo que existe, en cambio, es liderazgo dividido, gobernanza fracturada, e infraestructura terrorista activa. El reconocimiento simbólico no hace nada por abordar esto, excepto incentivar más la violencia.
Peor, endurece el escepticismo israelí. Cuando los gobiernos occidentales reconocen un estado palestino fuera de las negociaciones, eso dice a los israelíes que las concesiones no devengan paz, sino condena y presión. Hace imposible de reconstruir una confianza ya frágil.
Este no es sólo un problema israelí-palestino. Refleja una decadencia diplomática más amplia: la sustitución del simbolismo por la sustancia. Los gestos políticos han reemplazado a la diplomacia. Pero en el Medio Oriente, esta transformación carga consecuencias letales. Cuando la diplomacia se vuelve teatro, el escenario es poseído por los más habilidosos en la violencia.
Nada de esto es negar las aspiraciones palestinas. Pero si esas aspiraciones van a convertirse en realidad, deben estar arraigaas en el trabajo duro de crear instituciones, no en atajos discursivos. La soberanía no es una actuación—es una responsabilidad. No puede ser otorgada—debe ser ganada.
Al confundir teatro por diplomacia, garantizamos que otra generación herede este conflicto congelado en la ilusión, alimentado por el resentimiento, y carente de soluciones.
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