DEMONIZAR A NETANYAHU NO SALVARA A LA DEMOCRACIA, SOLO ESCUCHAR A LOS VOTANTES LO HARA
El público sigue apoyándolo porque cree que él es fuerte, experimentado, y capaz de dirigir el país.
PRIMER MINISTRO Benjamin Netanyahu sale de su oficina en la Knesset. (photo credit: YONATAN SINDEL/FLASH90)
Por Shmuel Legesse
Noviembre 23, 2025
La acusación que el Primer Ministro Benjamin Netanyahu es un criminal ha sido repetida tan a menudo como un arma política que muchos olvidan
hacer la pregunta democrática más simple: ¿Es verdad? Y, lo más importante: ¿Qué significa para una democracia cuando los rivales políticos
intentan remover a un líder electo a travé de guerra legal en lugar de a través de las urnas?
En una época donde el juicio es formado por los titulares más que por la evidencia, debemos retornar a la verdad con claridad moral.
La realidad es mucho más simple que las consignas: Benjamin Netanyahu no es un criminal. El es un líder complicado, ambicioso, implacable, como
todo líder en toda democracia, pero él ni ha traicionado a su país ni cometió el tipo de corrupción que mancha gobiernos a lo largo del mundo. Lo
que le está sucediendo pertenece a una tendencia global mucho más generalizada: cuando las fuerzas políticas no pueden derrotar a un líder
democráticamente, recurren a los tribunales y a los medios de comunicación para que hagan el trabajo que las elecciones no pudieron hacer.
La historia enseña que la perfección no es la medida del liderazgo. La Torá nunca oculta los defectos de nuestras figuras más grandes. Moshe
Rabeinu, el líder más grande en la historia de la humanidad, cometió errores. El Rey David, el eterno símbolo de la soberanía judía, luchó con los
desafíos morales. Nuestros profetas enfrentaron a reyes, jueces, y sociedades enteras.
La tradición judía enseña que el liderazgo es humano y los humanos son imperfectos. El liderazgo no trata sobre ser perfecto; trata sobre propósito,
valentía, lealtad al pueblo de uno, y responsabilidad moral.
COMPARADO CON los estándares políticos globales, Netanyahu sobresale como uno de los líderes más limpios en la vida pública hoy.
Las acusaciones en su contra por cigarros, champaña, e interacciones con propietarios de medios de comunicación no serían consideradas
crímenes en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, o cualquier democracia importante.
Ningún país occidental ha penalizado jamás tal comportamiento. Comparen esto con líderes del mundo: los presidentes franceses Sarkozy y Chirac
enfrentaron grandes escándalos de corrupción; Berlusconi de Italia pasó décadas en los tribunales; los presidentes estadounidenses enfrentaron
investigaciones de magnitud mucho mayor. Los líderes africanos y meso-orientales han enfrentado acusaciones en una escala inimaginable en
Israel.
Contra esta realidad global, llamar criminal a Netanyahu es simplemente inadecuado. Incluso el ex procurador general de Israel, Avichai Mandelblit,
quien inició las acusaciones, admitió que se encuentran "en los márgenes del derecho penal."
La mayoría de las democracias las tratarían como cuestiones éticas, no como acusaciones. Pero, la presión por deslegitimar a Netanyahu nunca ha
tenido que ver con cigarros. Se trataba de política.
Durante casi dos décadas, los partidos de izquierda de Israel han luchado para ganar elecciones. La demografía, preocupaciones por la seguridad,
e identidad cultural de Israel se han corrido hacia la Derecha. Muchos israelíes creen, correcta o erróneamente, que la Derecha está mejor
preparada para defender al país contra Irán, el terrorismo, el aislamiento diplomático, y el sesgo mundial.
Cuando un movimiento político no puede ganar en las urnas, es tentado a luchar en otros frentes: tribunales, campañas en medios de
comunicación, y protestas. Esto no es singularmente israelí; está sucediendo en democracias en todos lados. La política se vuelve guerra legal, no
persuasión.
Y todavía, a pesar de esta presión implacable, el público israelí continúa apoyando a Netanyahu, no porque crean que él es perfecto, sino porque
ellos creen que él es fuerte, experimentado, y capaz de pilotear a Israel a través de peligros sin precedentes.
La gente vota basada en la realidad en que vive, no en el discurso que escuchan. La realidad que enfrentan los israelíes es un mundo donde es rara
la claridad moral, las amenazas son reales, y el liderazgo no puede ser teórico.
Mi propia investigación pone de relieve este profundo sentimiento del público. En los últimos años, yo entrevisté personalmente a 2,800
ciudadanos israelíes etíopes en edad de votar. Cada uno expresó sin reservas su preferencia por Benjamin Netanyahu como el próximo primer
ministro de Israel.
Esta unanimidad no es lealtad ciega. Es el resultado de la experiencia vivida. Los judíos etíopes, como muchas comunidades mizrahíes, entienden
la vulnerabilidad, el peligro, y la importancia del liderazgo fuerte. Ellos escaparon de la persecución, caminaron a través de desiertos, y arriesgaron
sus vidas para regresar a casa a Sión.
Ellos saben cómo se ve la responsabilidad moral. Ellos ven en Netanyahu no a un hombre perfecto, sino a un protector del pueblo judío. Su apoyo
abrumador carga profundo peso moral.
EL RABINO JONATHAN SACKS, de bendita memoria, a quien yo considero uno de los más grandes pensadores morales de nuestra era, enseñó algo
esencial para este momento: “Cuando la política se vuelve una batalla entre el bien y el mal, no entre Derecha e Izquierda, la democracia muere.”
El advirtió repetidamente contra convertir las discrepancias políticas en cruzadas morales que demonizan a los oponentes. El insistió en que los
líderes sean juzgados no por su perfección sino por su servicio, valentía, y capacidad de ampliar el círculo de la dignidad humana.
El Rabino Sacks nos instó a resistir la política del odio, a elevar el debate público, y a tratar a los oponentes como personas, no como enemigos. Su sabiduría es necesitada de forma urgente ahora. Si aplicamos los principios del Rabino Sacks al clima de hoy, mucha de la rabia dirigida a Netanyahu se disolvería inmediatamente.
La presunción que discrepar con el primer ministro políticamente es equivalente a etiquetarlo como inmoral es exactamente el tipo de pensamiento destructivo contra el que advirtió el Rabino Sacks.
El nos recordó que la democracia depende de la humildad, la humildad de aceptar que otros pueden elegir de forma diferente, que la mayoría tiene el derecho de decidir, y que los líderes deben ser desafiados, pero nunca deshumanizados.
Opónganse al político, no a sus votantes
Los críticos de Netanyahu tienen todo el derecho de oponerse a sus políticas. Sin embargo, no tienen el derecho de tratar a sus votantes, millones de ellos, como si sus elecciones democráticas fueran ilegítimas. No tienen el derecho de convertir en arma al sistema judicial por venganza política.
Ellos también carecen del derecho de fracturar la unión del estado judío en un momento de peligro existencial. A los enemigos más peligrosos del mundo – Irán, Hamas, y Hezbola – no les importan los cigarros o regalos. A ellos sólo les importa destruir a Israel.
En este momento de profunda inestabilidad global, Israel necesita fuerza, estabilidad, y unidad, no guerra política interminable. Benjamin Netanyahu no es un criminal. El es un líder del pueblo judío electo democráticamente en una época crucial. Dejen que los votantes decidan su futuro, no los titulares, no el teatro de la sala del tribunal, y no aquellos que creen que las elecciones importan sólo cuando gana su lado.
Como enseñó el Rabino Sacks: “La prueba de un líder no es si él es perfecto, sino si él eleva más alto a su pueblo."
Netanyahu ha levantado a Israel a través de la guerra, a través de la diplomacia, a través de la hostilidad mundial, y a través de desafíos sin precedentes. Dejen que el hombre lidere. Dejen que la democracia respire. Y dejen que Israel permanezca unida por el bien de todo su pueblo.
El autor es el autor del inminente libro "Diplomacia Moral para un Mundo Roto: Inspirado por la Visión del Rabino Jonathan Sacks."
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