jueves, 19 de febrero de 2026

 Para el Capitán A., nieto de un sobreviviente del Holocausto, la memoria no es solo recuerdo, sino compromiso. Su historia familiar da sentido a una convicción: que el “nunca más” debe traducirse en acción.

La historia del Capitán A., subcomandante de la Compañía de Asuntos Médicos del Batallón 7475 de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), está profundamente entrelazada con la memoria del Holocausto y el legado de su abuelo, sobreviviente de esa tragedia. Para él, la frase “nunca más” no es un eslogan simbólico, sino un compromiso activo que guía su vida y su servicio.
Su abuelo nació en Kassel, Alemania. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, su padre logró escapar a Inglaterra, pero él, su madre y su hermano menor fueron enviados a campos de trabajo y guetos. En uno de esos campos, vivieron bajo una rutina brutal hasta que un día, al regresar del trabajo, descubrieron que el hermano menor había desaparecido. Nunca hubo registros ni explicaciones. El abuelo tenía siete años; su hermano, tres. Durante décadas, el silencio rodeó esa pérdida y el trauma vivido.
Tras la guerra, la familia logró reunirse en Inglaterra y reconstruir su vida. El abuelo eligió no definirse como sobreviviente. Formó una familia, construyó un negocio y se integró plenamente en su comunidad. Durante muchos años evitó hablar del Holocausto. Sin embargo, dos décadas atrás, decidió romper el silencio tras ser invitado a compartir su testimonio en una sinagoga. Desde entonces, dedicó su vida a narrar su experiencia ante escuelas, empresas e instituciones, convirtiéndose en un testigo activo de la historia. Se reunió en varias ocasiones con la realeza británica y acompañó visitas oficiales a antiguos campos de concentración, llevando su historia a miles de personas.
A pesar de su vida en Inglaterra, siempre soñó con mudarse a Israel, un deseo que nunca pudo concretar. Fue su nieto quien dio ese paso. Para el Capitán A., trasladarse a Israel y servir en el ejército fue una decisión que trascendió lo ideológico: representó una lección aprendida en casa. La historia familiar le enseñó que la seguridad del pueblo judío no puede darse por sentada. “Si no nos cuidamos nosotros, nadie más lo hará”, resume.
El 7 de octubre marcó un punto de inflexión. Mientras visitaba a sus abuelos en Israel junto a su esposa y su hijo recién nacido, fue llamado al servicio. En cuestión de horas, una visita familiar se transformó en despedida. Semanas después, su abuelo declaró en una entrevista que ese día se había sentido más seguro en Israel que en Inglaterra, debido al resurgimiento del antisemitismo. Para alguien que había sobrevivido al Holocausto y vivido toda su vida en Gran Bretaña, esa afirmación reflejaba una profunda inquietud ante los ecos del pasado.
El orgullo del abuelo por el servicio militar de su nieto fue constante. Viajó a Israel para asistir a su ceremonia de juramentación y hablaba con emoción de su labor. Ese orgullo contrastaba con la generación anterior: el padre del Capitán A. creció sin conocer plenamente los detalles del sufrimiento de su propio padre. Solo cuando el abuelo comenzó a hablar públicamente, la comunidad comprendió la magnitud de su historia.
Hoy, con la disminución acelerada de los sobrevivientes del Holocausto, el Capitán A. advierte sobre el riesgo de que la memoria se diluya o sea distorsionada. Considera que la negación y trivialización del Holocausto representan un desafío urgente, y que su generación tiene la responsabilidad de preservar el legado y transmitirlo con claridad.
Durante la guerra, su servicio incluyó trabajar con familias evacuadas del sur de Israel, alojadas en hoteles en Jerusalén. Más allá de la dimensión militar, su labor consistió en brindar presencia, apoyo y seguridad. Ver a personas desplazadas, dependientes de ayuda básica, le recordó imágenes históricas de vulnerabilidad. Al mismo tiempo, fue testigo de la solidaridad de la sociedad israelí, que se movilizó masivamente para asistirlas. Esa respuesta colectiva, cree, habría llenado de orgullo a su abuelo.
Ahora, como padre, el Capitán A. asume la responsabilidad de transmitir esta herencia a su hijo. Las grabaciones y testimonios de su abuelo formarán parte de su historia familiar. Para él, la memoria no debe quedarse en el recuerdo ritual, sino traducirse en acción cotidiana. En su vida, la cadena que une Kassel con Jerusalén sigue intacta: del silencio al testimonio, y del testimonio al compromiso activo. “Nunca más”, sostiene, solo cobra sentido cuando se vive.
Basado en un artículo publicado en The Jerusalem Post
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