El dilema político para los judíos hoy
Repelidos por el Partido Republicano, ellos son atacados en el Partido Demócrata.
Por Joseph Epstein
No es poca bendición que Donald Trump no sea judío, como lo han sido muchos magnates de bienes raíces de New York. Un Presidente Trump judío podría haber incrementado e intensificado el antisemitismo ahora rampante en Estados Unidos y Europa. Yo no habría estado interesado en tener al Sr. Trump entre mis correligionarios.
El Sr. Trump ha sido acusado de todo desde fascismo y monárquico a gustos simples y miserables. Lo único de lo que uno no puede acusarlo justamente es de antisemitismo. Como dice el dicho, uno no es realmente judío a menos que los nietos de uno sean judíos. El Sr. Trump tiene nietos judíos, a través de la conversión y boda de su hija Ivanka con Jared Kushner. El Sr. Trump ha hecho más que cualquier otro presidente estadounidense para beneficiar a los judíos, desde su localización de la Embajada de Estados Unidos en Jerusalén a defender a Benjamin Netanyahu durante el reciente conflicto en el Medio Oriente.
Los políticos nunca parecen más falsos que cuando invocan la religión para disfrazar su sed de poder. Un candidato que afirma que busca hacer el trabajo de Dios es espantoso. Proclamar la propia religiosidad profunda de uno es la máxima muestra de virtud.
El Sr. Trump nunca ha caído tan bajo, aunque cuando sí toca la nota religiosa—en el Desayuno Nacional de de Oración, o cuando lidia con el clero—es menos que convincente. Uno siente que lo único en lo que él cree realmente es en sí mismo.
Lo que tienen en común Stalin y Hitler, y los extremistas modernos de izquierda y derecha, es el antisemitismo. Sin los judíos, dice su suposición, el mundo sería un lugar mejor. ¿Por qué esto debería ser así? Que los judíos hayan combinado el aprendizaje tanto del Occidente como del Oriente, que los judíos hayan sobrevivido a milenios de persecución, que ellos hayan proporcionado algunas de las figuras intelectuales y artísticas más grandes que haya conocido el mundo—todo esto, para los antisemitas, no cuenta para nada. En cambio, cuanto más éxito tienen los judíos, más parecen ser despreciados. Esa vieja moneda trucada hace mucho que juega en su contra: si ganan, pierden.
Si el Sr. Trump fuera judío, ¿cuántos judíos abandonarían el Partido Demócrata, donde hace mucho tiempo han encontrado un hogar político, para votar por él? Parece dudoso. Esto no se debe sólo a su vanidad, su crudeza y su falta de modestia, sino debido a que los judíos tienen un problema con los republicanos generalmente. Ellos guardan un rencor histórico contra el partido. Hace años, cuando fueron establecidas cuotas para mantener a los judíos fuera de las universidades de la Ivy League y otros colegios de élite, los republicanos establecieron esas cuotas. Cuando los judíos no podían ser contratados por las grandes corporaciones, esas corporaciones eran dirigidas por republicanos. Cuando los judíos eran restringidos de los grandes vecindarios, en esos vecindarios vivían republicanos. Creciendo en un vecindario judío en Chicago, nunca he conocido un judío republicano hasta que fui a la universidad.
Mientras tanto, el Partido Demócrata, en su giro hacia la izquierda, uno de cuyos pilares fundamentales es su posición contra Israel, se ha vuelto menos hospitalario para los judíos. Repelidos por el Partido Republicano, atacados dentro del Partido Demócrata actual, los judíos, sin ningún lado al que acudir, se encuentran políticamente sin hogar. El de ellos es un dilema verdadero, del que no parece haber salida fácil.
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