Marco Rubio dio un discurso verdaderamente magistran en Atenas la semana pasada y ha ganado aclamación merecida y casi universal por ello. Su resonante afirmación de la civilización occidental—recordándonos cuanto debe el Occidente a los logros de los griegos de la Antigüedad—se siente como el inicio de un renacimiento civilizacional. Que así sea.
Pero aun con lo robusto y sin disculpas que fue, faltó algo importante en ese discurso. La civilización occidental es mucho más que la sombra alargada del Partenón.
De hecho, la civilización del Occidente es mejor entendida como una larga conversación cuyos elementos constitutivos más importantes son llamados por los nombres "Atenas" y "Jerusalén," como fue expresado por primera vez por el padre de la Iglesia, Tertuliano. Atenas representa el espíritu de la indagación racional libre emprendida en un mundo totalmente inteligible cuyos contornos y dimensiones son totalmente asequibles para nuestras facultades de comprensión. Jerusalén representa el espíritu de la piedad, que subraya la debilidad del entendimiento humano y la insuficiencia de la naturaleza humana.
Jerusalén insiste en que somos finalmente dependientes para orientarnos de las formas en la cuales Dios se ha revelado a Sí Mismo y ha manifestado Su voluntad ante nosotros. Sostiene que tal dependencia constituye una sabiduría superior a la razón, ya que los caminos de Dios no son los nuestros. Es por medio de la fe que somos salvados, en esta visión, y no por medio del conocimiento o los hechos. No hay "nada mejor que el temor al Señor...nada más dulce que prestar atención a los mandamientos del Señor."
¿Cómo reconciliar ambos? No lo hemos hecho. Probablemente nunca podamos, no completamente. Tampoco, quizás, deberíamos querer hacerlo. El antagonismo, como argumentó Leo Strauss, entre estas dos "raíces en conflicto" es el "núcleo, el nervio de la historia intelectual occidental," y el secreto de la vitalidad del Occidente—una vida vivida "entre dos códigos," en tensión fundamental y no resuelta.
El poeta y crítico cultural inglés Matthew Arnold asumió una visión similar. En su obra "Cultura y Anarquía" (1869), el observó que "el espíritu humano avanza mediante la alternancia entre el hebraísmo y el helenismo, y cada una de estas dos fuerzas tiene sus horas de culminación y temporadas de predominio." Ya no seríamos nosotros si nos inclináramos totalmente hacia uno o el otro.
Eso no significa que la relación vaya a ser alguna vez fácil o pacífica. Lejos de eso. “¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?” gritó un desdeñoso Tertuliano a principios del siglo III. Esa pregunta cáustica marcó la pauta de mucho de lo que ha seguido, con los escépticos y críticos ilustrados de la religión planteándole nuevamente ese interrogante en tiempos más recientes. De algún modo misterioso, la tensión dinámica de estos dos factores rivales lleva una verdad que ninguno de los competidores puede abarcar totalmente.
Pero es hacia Jerusalén, la cual no apareció en el discurso del Sr. Rubio, que debemos volver la mirada en busca muchos de los rasgos más esenciales de la civilización occidental. Debemos a la tradición bíblica la idea que cada vida humana es infinitamente preciosa porque se entiende que el hombre fue hecho a la imagen de Dios. Las imperecederas dignidad e igualdad del hombre, entonces, se derivan de esta fuente divina.
Esas cualidades, como los derechos “inalienables” de los que escribió Thomas Jefferson en la Declaración de Independencia, son intrínsecas a nosotros y no pueden ser arrebatadas legítimamente por ningún agente humano. Tales elementos profundamente religiosos permean nuestra vida moral. De hecho, incluso el famosamente irreverente Jefferson, al reflexionar sobre la institución de la esclavitud, declaró, “Tiemblo por mi país cuando reflexiono que Dios es justo, que su justicia no puede dormir por siempre.” Esas palabras, que aparecen en el muro nordeste del Monumento a Jefferson en Washington, vinieron de Jerusalén, no de Atenas.
El Sr. Rubio entiende todas estas cosas. Confío en que él lo hace, porque habló de ellas, brevemente pero de forma hermosa, cuando participó en la inauguración de la Ruta de Peregrinaje durante su visita en septiembre del 2025 a Israel. Pero mi humilde recomendación sería que considere otro discurso, tan enérgico y erudito como el que dio en Atenas, dando igual tiempo al número opuesto esencial de los griegos. El Occidente no sería lo que es sin él.
El año que viene en Jerusalén. ¿Por qué no?
El Sr. McClay es un profesor de historia en el Hillsdale College y autor de "Tierra de Esperanza: Una Invitación a la Gran Historia Estadounidense.”
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