En enero escribí que el rechazo persistente del vicepresidente estadounidense JD Vance a confrontar el antisemitismo en la derecha populista tenía que ser tratado como una preocupación primordial, no una cuestión secundaria.
Argumenté que ese silencio es una elección; que al negarse a nombrar lo que Megyn Kelly, Tucker Carlson, y Candace Owens estaban haciendo cuando rehabilitaron a Nick Fuentes y restaron importancia a las amenazas de Kanye West contra los judíos, Vance no estaba permaneciendo neutral. El estaba moviendo la línea.
La semana pasada, Vance dejó en claro que ya no necesita que nadie más la mueva por él.
Lo que él dijo realmente
En el episodio del miércoles de The Joe Rogan Experience – grabado para un público de más de 11 millones de personas – el vicepresidente de Estados Unidos dijo que sabe “sin lugar a dudas” que personas “dentro” del gobierno de Israel están manipulando secretamente la opinión pública estadounidense para mantener a Estados Unidos indefinidamente en guerra con Irán, “no con algún objetivo, sino sólo indefinidamente."
El describió una “campaña discreta y extremadamente bien financiada” para arruinar sus negociaciones con Irán, citando actividad anónima en redes sociales y filtraciones de periodistas no nombrados como su prueba.
Hagan a un lado el entorno geopolítico y miren la estructura de la afirmación: un actor secreto y bien financiado está dirigiendo de forma encubierta la opinión pública y política estadounidenses contra el interés público, con absoluta certeza afirmada, pero sin ofrecer ninguna evidencia identificada públicamente.
Vance encuadró su acusación como siendo sobre actores dentro el gobierno israelí. Pero las acusaciones que actores israelíes o judíos sombríos manipulan secretamente la política estadounidense inevitablemente se hacen eco de una de las narrativas antisemitas más antiguas: que los judíos ejercen control oculto sobre los gobiernos para sus propios fines.
Ya sea intencional o no, esa es la tradición discursiva peligrosa que invocan sus afirmaciones.
El no paró allí. Cuando se le preguntó por Jeffrey Epstein, Vance afirmó espontáneamente que Epstein “claramente tenía conexiones con los niveles más altos de la inteligencia israelí,” luego planteó una teoría completamente distinta: que Epstein puede haber estado realizando actividades extrajudiciales para el multimillonario judío Les Wexner, y que esto – en lugar de, o tal vez junto con, el bien documentado abuso y explotación sexual – era la fuente real de la influencia del chantaje de Epstein.
Vance no citó ninguna evidencia para esta afirmación, tampoco identificó alguna información que la apoye. El no obstante la presentó como una historia "poco difundida" en lugar de especulación ofrecida en vivo en uno de los podcasts más grandes del mundo.
Cuando Rogan planteó acusaciones que el propio Vance había tolerado el antisemitismo, la respuesta del vicepresidente no fue compromiso. Fue restar importancia. El dijo que tiene "una tonelada de respeto por la religión judía," que él nunca ha "escuchado un buen argumento convincente" por el cual alguien lo llamaría antisemita, y luego dijo a sus críticos "váyanse al infierno."
La evasión sobre la que advertí, ahora en exhibición
En enero, describí precisamente el patrón de Vance: las declaraciones personales de inocencia que sustituyen cualquier análisis real de los hechos. El defendió a Tucker Carlson. El menoscabó las preocupaciones por la creciente comodidad de la derecha populista con las teorías de conspiración antisemitas como habladurías exageradas sobre el "extremismo."
La única excepción notable llegó cuando Nick Fuentes apuntó a la esposa de Vance con ataques racistas. Entonces, repentinamente, Vance demostró que él es perfectamente capaz de trazar una clara línea moral cuando el blanco es alguien cercano a él.
La semana pasada suministró la actualización de esa tesis. Vance ya no está más tolerando meramente el discurso conspirativo que circula dentro de su coalición política. El mismo lo está empleando.
“Respeto a la religión judía” no es una refutación a las preocupaciones que uno ha promovido afirmaciones conspirativas sobre influencia judía nefasta o secreta. Las profesiones de respeto personal no responden a las preocupaciones sobre el contenido del discurso de uno.
El MDE era el problema. El buscó un villano, en su lugar
Lo que hace este episodio más que un lapso retórico es que la crítica sustancial del memorando de entendimiento con Irán de Vance demostró ser bien fundadamentadas. Desde el inicio, los críticos apuntaron a importantes concesiones respecto al rol de Irán en Líbano, preguntas no resueltas rodeando el Estrecho de Ormuz, y otras debilidades estructurales en el acuerdo.
El acuerdo colapsó efectivamente cuando el presidente estadounidense Donald Trump reanudó los ataques militares contra Irán a fin de la semana pasada.
Las críticas al MDE fueron sustanciales, públicas, y finalmente engendradas por los acontecimientos. Ellas no requerían plantear una campaña de influencia israelí para explicar por qué el acuerdo se deshizo.
En lugar de defender el acuerdo por sus méritos, Vance cambió la explicación por su fracaso de la crítica pública a la manipulación clandestina. Ese movimiento discursivo importa. La política democrática asume que las políticas a menudo tienen éxito o fracasan porque los ciudadanos, funcionarios, periodistas, e instituciones las debaten abiertamente.
La política conspirativa asume que actores no vistos determinan secretamente los resultados tras bambalinas. Cuando los actores ocultos que están siendo acusados son funcionarios israelíes y "aliados" bien financiados no nombrados que manipulan a Estados Unidos para que vaya a la guerra o permanezca en una guerra, los ecos de las narrativas antisemitas de largo tiempo se vuelven imposibles de ignorar.
La intención no contiene lo que pasa luego
No creo que Vance se sentara el miércoles con la intención de promover el antisemitismo. Ese nunca ha sido el estándar que le he exigido, ni es una que importe.
Una vez que estas palabras dejan la boca de un vicepresidente en ejercicio en una plataforma que llega a más de 11 millones de personas, ya no le pertenecen más únicamente a él. Los medios estatales iraníes pueden citarlas como confirmación que Israel manipula secretamente la política estadounidense.
Groypers y otros que ya han invertido en narrativas de control judío o israelí oculto ahora tienen los comentarios del vicepresidente que pueden citar en apoyo de esas narrativas.
Toda persona que ha pasado los últimos dos años insistiendo en que la preocupación por la seguridad de Israel es tan sólo el código para la doble lealtad ahora tiene al vicepresidente de Estados Unidos reforzando la premisa que actores judíos sombríos dirigen secretamente las decisiones estadounidenses.
Así es como se normalizan las teorías de conspiración – no porque todos concuerden con ellas, sino porque empiezan a sonar como análisis político común cuando son repetidas por personas en el más alto nivel del gobierno.
Lo que dije que sucedería
En enero argumenté que los líderes establecen límites a través de lo que condenan, lo que toleran, y lo que ignoran – y que negarse a trazar una línea es en sí una forma de moverla. Advertí que si el antisemitismo continuaba haciendo metástasis dentro de la coalición que Vance está ayudando a construir, él no habría simplemente fallado en detenerlo. El finalmente cargaría responsabilidad por legitimarlo.
Esa interpretación más caritativa ya no está más disponible.
Esto no fue silencio. Esto no fue un fracaso en condenar a otro.
Este fue Vance hablando con su propia voz – directamente – a millones de personas.
En enero, argumenté que rechazar confrontar el discurso antisemita finalmente lo normalizaría. La entrevista del miércoles marcó algo más preocupante. Vance ya no se estaba negando a vigilar el límite. El mismo lo cruzó.
El autor es un abogado, ex soldado de las FDI y ex oficial del Departamento de Policía de New York. El escribe generalmente sobre Israel, el Sionismo, antisemitismo, e historia judía. Se desempeña en la junta e Herut North America.
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