lunes, 2 de noviembre de 2026

 

19 de MarJeshvan de 5787

שבת וירא

 

Abraham y Sará estuvieron casados muchos años sin tener hijos. HaShem le había prometido a Abraham una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo, pero Sará no podía tener hijos, y los años pasaban. Abraham ya tenía 85 años. Sará tenía una sirvienta personal, una joven egipcia llamada Hagar. Sará decidió darle a Hagar a Abraham: “Tal vez tendré hijos a través de ella” (Bereshit 16:2). La idea era que Sará adoptara al hijo de Hagar como propio. Sería, salvando las distancias, como hoy alquilar un vientre. Abraham y Sará trataban muy bien a Hagar. Así como Abraham trataba a Eliezer, su sirviente, como a un familiar, con respeto, y le confiaba todos sus bienes, a Hagar le confiaban nada menos que su descendencia.

Pero algo sucedió. Apenas Hagar quedó embarazada, dice la Torá, “vatekal gevirtá be’eneha” (16:4): Hagar comenzó a mirar a Sará desde arriba y a faltarle el respeto. Según el Midrash, primero dejó de llamarla “mi señora” y empezó a llamarla por su nombre propio: “Sará”. Luego la humilló en público. A las amigas de Sará les decía: “Si Sará fuera realmente justa, Dios le habría dado hijos. Yo, en cambio, ¡quedé embarazada enseguida!”. Hagar no se conformó con tener todos los derechos y privilegios de ser la madre biológica del hijo de Sará: ahora quería ser “la patrona”.

De esa unión nació Yishmael, el primer hijo de Abraham. De acuerdo con nuestras fuentes, y también con la tradición islámica, Yishmael es el patriarca de los pueblos árabes. Tal como lo predijo la Torá, Yishmael se convirtió en una gran nación, en una civilización. Pero también, como lo anticipó la Torá, sus descendientes se destacan por su afán de conquistar otros pueblos y de transformarse en los “patrones” allí donde viven.

La Torá lo indica con mucha sutileza en estas palabras: “yadó bakol veyad kol bo”. Literalmente: “su mano (la de Yishmael) sobre todos”, es decir, Yishmael trata de tener a todos bajo su mando. Pero también dice: “la mano de todos sobre él”. Mi interpretación: Yishmael está dispuesto a estar bajo la mano de los demás. En otras palabras, Yishmael, como su madre, solo conoce dos maneras de relacionarse con los demás: o bajo la mano de los demás, o con su mano sobre los demás. Puede estar abajo o arriba, ser dominado o dominador. Lo que no sabe, o no puede, es estar a la par. No puede vivir en igualdad con los demás.


EUROPA, EUROPA

La gran tragedia de Europa, y si no se cuida, también de Estados Unidos, es no querer ver ni entender que los descendientes de Yishmael, particularmente los islamistas, no toleran la igualdad, la horizontalidad. Aceptan estar dominados, aceptan bajar la cabeza y vivir bajo la mano de otros. Pero, y este “pero” es absolutamente crítico, solo de manera temporaria. Es una paciencia estratégica. El ideal de los inmigrantes islamistas en Europa y en Estados Unidos no es integrarse. No se conforman con gozar de los mismos derechos que los ciudadanos del país que los recibió. No buscan poder político para ser iguales a los demás. Su aspiración final es religiosa: quieren, necesitan, estar arriba. Controlar, dominar, imponerse a los demás.

Es la historia fundacional del islam. Mahoma pasó trece años en La Meca como líder de una minoría débil, y en ese período fue estratégicamente paciente, muy conciliador y hasta pacifista. Pero cuando se trasladó a Medina y obtuvo número y poder militar, comenzó el período de la guerra y el dominio. Y los juristas musulmanes explican que “los versículos posteriores del Corán anulan a los anteriores”. Es decir: la tolerancia hacia el infiel (cualquiera que no sea musulmán) se practica mientras los islamistas son débiles, pero cuando son fuertes tienen que imponer su dominio. Así trataron los musulmanes, durante siglos, a los judíos y a los cristianos que vivían bajo el islam. La ley musulmana, la Sharía, fijaba hasta el último detalle de ese “estar abajo”: no podían construir casas más altas que las de los musulmanes, debían cederles el asiento y no podían montar a caballo. El ideal del islam no es la sumisión teológica: es, por definición, el sometimiento del infiel.

Los occidentales no pueden entender esto, porque no piensan con una mente religiosa. Y asumen que si reciben bien a los inmigrantes, si les dan todo lo que piden y más, los islamistas van a vivir en paz con ellos, en una relación de horizontalidad: ¡no tienen ninguna razón “lógica” para ser hostiles con sus anfitriones! Pensar así, con lógica, es un gravísimo error. El islamista no quiere someter al infiel a su ley porque le hizo algo malo, sino porque someterlo, cuando tiene el poder, es su obligación religiosa. "Si no estás abajo, tienes que estar arriba". No es un tema personal. Ni ético. Es devoción religiosa. Es el síndrome de Hagar.


Los inmigrantes musulmanes que llegaron a Europa al principio “bajaron la cabeza” y sacaron todas las ventajas y privilegios que pudieron del sistema de ayuda social de la Europa socialista. Fueron tratados con la misma amabilidad con la que Abraham y Sará trataron a Hagar. Pero poco a poco, en lugar de integrarse, los movimientos islamistas se hicieron más fuertes, numérica y políticamente. Y una vez fuertes, ya no buscan la integración sino el dominio.

Y lo peor es que ya no disimulan su objetivo: lo dicen abiertamente. El primer precedente tuvo lugar el 27 de abril de 2024, cuando más de mil islamistas se manifestaron en Hamburgo pidiendo el establecimiento de un califato, es decir, un Estado islámico. Llevaban carteles con la consigna “El califato es la solución” y reclamaban la introducción de la Sharía. Me explico mejor: no pedían que se les permitiera a ellos practicar la Sharía. ¡Exigían que Alemania se transformara en un califato!

El instituto MEMRI, que traduce y difunde lo que se dice en mezquitas y canales árabes, documentó, y sigue documentando, cientos de sermones pronunciados en árabe en el corazón de Europa, donde imanes y líderes político-religiosos anuncian abiertamente que "Roma", la cristiandad, será conquistada por el islam. En los Países Bajos, el jeque Abdelhamid Aynelhayat predicó que la democracia, el gobierno de los hombres por sí mismos, es la causa de la discordia, y que la solución es imponer la Sharía. En Copenhague, el imán Mundhir Abdallah dijo a sus seguidores que, después de establecer el califato y eliminar a Israel, la solución final pasaría por la conquista de Europa.

Y por la misma razón por la que la “integración” de los islamistas no es posible, tampoco es posible la paz con ellos en una situación de horizontalidad. A menos que sea en los términos de la Sharía: “Les ofrecemos vivir en paz con nosotros, con una condición: si no quieren convertirse, nosotros controlamos la sociedad y ustedes serán dhimmis, una minoría que, a cambio de un pequeño impuesto por cabeza, la yizia, gozará de nuestra ‘protección’. Y así viviremos en paz”. Es el mismo principio: o estás abajo, o estás arriba. No hay integración real. Solo simulada y temporaria, hasta que se adquiere más poder. Esa es la estrategia. La infinita ingenuidad de Europa, y su ignorancia deliberada, le van a costar su identidad.


LAS ELECCIONES EN ISRAEL

Como todos los judíos del mundo, estoy siguiendo muy de cerca las elecciones en Israel y el masivo incremento del voto árabe, que duplicó sus bancas en la Kenéset. En este momento se está investigando si se puede probar que hubo fraude en esa votación, ya que hay graves sospechas de influencia de países extranjeros que habrían usado dinero para comprar votos. No tengo la bola de cristal para saber cómo ni cuándo va a terminar el proceso de armado de coaliciones para formar gobierno. Pero hay una posibilidad que me aterra: una coalición con los partidos árabes de Israel.

Los árabes de Israel que votan por estos partidos, en su gran mayoría, no son “israelíes de otra religión”: son antisionistas. En cambio, los judíos argentinos, por ejemplo, quieren el bien y la prosperidad de la República Argentina, la patria que los recibió y que aman. Los judíos, dondequiera que vayamos, aspiramos a tener los mismos derechos, seguridad y libertad de culto, y nada más. No tenemos ninguna intención de conquistar el país que nos recibe ni de convertir a los demás. De los dos partidos árabes, la Meshutefet es nacionalista y antiisraelí, y Ra’am es islamista, de la Hermandad Musulmana. Y ahora que se sienten más fuertes, porque duplicaron su representación, ya empezaron a expresar más abiertamente sus aspiraciones de dominio: conquistar el Galil y que Israel deje de ser un Estado judío. Comenzó la yihad política de los árabes de Israel.


No creo que la oposición forme un gobierno con ellos. Eisenkot, Bennett y Liberman prometieron asociarse solo con partidos sionistas, que reconozcan a Israel como Estado judío y declaren a Hamás como organización terrorista, condiciones que la mayoría de los diputados árabes nunca aceptaría. Así que lo más seguro es que haya segundas elecciones. Pero hay una posibilidad maquiavélica e imperdonable, que sería una pesadilla y dañaría a Israel por muchos años: se habla de acuerdos temporarios de votación entre los partidos árabes y los partidos de la oposición para echar a Netanyahu de su cargo y, de alguna forma, junto con la Corte Suprema de Justicia, “inhabilitarlo” políticamente para que no pueda presentarse a las próximas elecciones. Espero y rezo para que esto no suceda.


Pero hay una cosa de la que estoy seguro de que sí va a ocurrir. Independientemente de los resultados de la investigación de fraude, los árabes de Israel van a empezar a mirar a “Sará” de arriba abajo. Van a ser más desafiantes. Van a disimular menos su hostilidad hacia Israel. Están en el punto de inflexión entre estar abajo y la sed de estar arriba.


Pero también habrá algo positivo en este cambio: los judíos de Israel, que ya aprendieron que no pueden confiar en los palestinos de Gaza, van a conocer mejor las verdaderas aspiraciones de sus vecinos árabes que viven y trabajan en Israel. Porque cuando levanten la cabeza, se verá su verdadero rostro. Puede ser un momento de despertar para muchos Yehudim y entender que, por cultura y por religión, a los islamistas no les alcanza la igualdad ni los derechos. No pueden vivir por mucho tiempo en un estado de horizontalidad. O están abajo, o están arriba. Es más fuerte que ellos. Es el síndrome de Hagar.



Rab Yosef Bitton

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