¿DURMIENDO CON EL ENEMIGO?
Por Jorge Eliaschev
Cuando nació el Estado de Israel, en 1948, aproximadamente 150.000 árabes permanecieron dentro de sus fronteras y pasaron a formar parte de la población del nuevo Estado judío.
Aquella comunidad, que con el transcurso de las décadas fue creciendo, supera hoy los dos millones de habitantes y constituye aproximadamente una quinta parte de la población israelí.
Israel les reconoció la ciudadanía y, con el tiempo, la plenitud de los derechos políticos propios de una democracia: votar, elegir representantes, integrar el Parlamento y participar de las decisiones que determinan el destino del país.
Pero esa misma fortaleza democrática plantea hoy una paradoja que merece una reflexión profunda.
Dentro de la Knéset, el Parlamento israelí, existen fuerzas políticas árabes que cuestionan abiertamente el carácter sionista del Estado. Y, en un sistema parlamentario donde las mayorías suelen depender de equilibrios extremadamente ajustados, sus votos pueden resultar decisivos para determinar quién gobierna.
He aquí la paradoja: la democracia israelí permite que quienes rechazan su definición como Estado judío participen legítimamente en las decisiones que pueden modificar su propia identidad nacional.
A esta realidad política se suma una cuestión demográfica que, aunque no permite pronósticos simplistas, obliga a pensar en el largo plazo.
El crecimiento planificado de su población podría lograr en algunas décadas una mayoría musulmana, tal como estaría ocurriendo en Europa.
Israel enfrenta así un dilema singular: ¿cómo garantizar la igualdad de derechos de todos sus ciudadanos y, simultáneamente, preservar su razón histórica de existencia como hogar nacional del pueblo judío?
¿Es antidemocrático que una nación aspire a conservar su identidad?
¿Existe una contradicción inevitable entre la igualdad ciudadana y el derecho de un pueblo a preservar su autodeterminación nacional?
¿O es posible encontrar instrumentos constitucionales y democráticos que permitan conciliar ambos principios sin sacrificar ninguno?
La cuestión no es menor. Porque Israel no nació simplemente para convertirse en otro Estado más dentro del concierto de las naciones. Nació como respuesta a siglos de persecuciones, expulsiones y exterminio, y como expresión del derecho del pueblo judío a disponer de un hogar nacional soberano.
Preservar ese carácter histórico, sin renunciar a los principios democráticos que distinguen a Israel, constituye uno de sus mayores desafíos.
El objetivo parece claro.

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