viernes, 10 de abril de 2026

 La ofensiva contra Irán no cumplió todos los objetivos, pero debilitó a su principal enemigo y reconfiguró el equilibrio regional en favor de Israel.

Israel no logró una victoria total en su confrontación con Irán, pero sí alteró de forma significativa el equilibrio estratégico regional. Ese es el balance central que deja la denominada Operación León Rugiente: un resultado intermedio, lejos tanto del triunfo absoluto como del fracaso, pero claramente favorable para Israel.
La comparación histórica ayuda a situar el resultado. Entre la rendición total de Japón en 1945 y la derrota estadounidense en Vietnam en 1975 existe un amplio espectro de desenlaces posibles en una guerra. En ese espacio intermedio se ubica también el reciente alto el fuego impulsado por Estados Unidos, que evitó una escalada mayor sin llegar a resolver completamente el conflicto.
Desde la perspectiva israelí, la conclusión es clara: el país enfrenta hoy muchas menos amenazas que antes del inicio de la guerra el 7 de octubre de 2023. Irán, su principal adversario, ha salido considerablemente debilitado. Si bien ese balance está lejos de ser unánime y se encuentra profundamente condicionado por lecturas políticas.
Mientras el primer ministro Benjamin Netanyahu y sus aliados, junto al presidente estadounidense Donald Trump, presentan la operación como un logro histórico, la oposición israelí la describe como un fracaso estratégico. Este choque de narrativas refleja tanto el contexto preelectoral en Israel como la polarización interna tras meses de conflicto.
Más allá del debate político, la realidad se sitúa en un punto intermedio. Israel no alcanzó todos sus objetivos, especialmente en lo relativo a la eliminación completa del programa nuclear iraní. Se estima que unos 460 kilogramos de uranio enriquecido permanecen ocultos, y el conocimiento tecnológico del régimen sigue intacto. Tampoco se produjo un colapso del sistema político iraní.
No obstante, los avances militares han sido relevantes. Para entenderlos, el análisis plantea que el conflicto con Irán no debe considerarse una guerra aislada, sino parte de un enfrentamiento más amplio iniciado el 7 de octubre de 2023. Desde entonces, Israel ha combatido en múltiples frentes: contra Hamás en Gaza, contra Hezbolá en Líbano, contra los hutíes en Yemen y directamente contra Irán.
Este enfoque recuerda a otros conflictos prolongados en la historia israelí, como la Guerra de Independencia de 1948, que si bien no concluyó con todos los objetivos cumplidos, transformó de forma irreversible la realidad del país. Antes de ese conflicto no existía un Estado judío; después, sí, pese a las pérdidas humanas, la inestabilidad económica y la ausencia de una paz definitiva.
Un paralelismo similar se plantea en la actualidad. Antes del 7 de octubre, Irán avanzaba hacia la capacidad nuclear, desarrollaba misiles balísticos y fortalecía una red de aliados armados en la región. Hezbolá dominaba el sur de Líbano con un arsenal estimado en 150.000 cohetes, mientras Hamás controlaba Gaza con una infraestructura militar consolidada.
La guerra ha alterado ese escenario. Aunque las amenazas no han desaparecido, su intensidad y capacidad operativa se han visto reducidas. Al punto de redefinir el entorno estratégico de Israel, incluso sin una victoria definitiva.
El análisis también destaca el precedente histórico de la Guerra de Yom Kipur de 1973. Egipto no logró una victoria militar clara a pesar de reivindicat la victoria, pero su percepción de éxito tuvo consecuencias duraderas: fue la última vez que un ejército árabe convencional se enfrentó a Israel en una guerra a gran escala. La interpretación del resultado, por tanto, puede ser tan relevante como los hechos en sí.
En el caso actual, Irán también ha proclamado su victoria pese a las pérdidas sufridas. Paralelamente, en Israel, sectores de la oposición insisten en presentar el conflicto como un fracaso, en parte por la cercanía de las elecciones y la necesidad de erosionar al Gobierno.
Frente a estas narrativas opuestas, conviene evitar las interpretaciones absolutas. Ni el triunfalismo ni el derrotismo reflejan con precisión la realidad. El escepticismo, señala, debe aplicarse tanto a quienes hablan de éxito total como a quienes denuncian un fracaso completo.
Para ilustrar esta idea, se recurre a la metáfora del “Dayenu”, la canción tradicional judía que celebra cada avance como significativo por sí mismo, aunque no suponga el final del camino. Bajo esta lógica, los logros parciales —como debilitar la cúpula militar iraní o dañar su infraestructura— tienen valor, aunque no eliminen por completo la amenaza.
No obstante, esta visión no es compartida por todos. Para algunos analistas y actores políticos, cualquier resultado que no implique la destrucción total del adversario es insuficiente. Este enfoque resulta problemático, ya que ignora los avances conseguidos y simplifica en exceso la complejidad del conflicto.
En última instancia, la guerra no ha concluido con una resolución definitiva, pero sí ha modificado de manera sustancial la posición de Israel en la región. No se han eliminado todas las amenazas, pero se ha reducido significativamente su alcance.
El desafío ahora es reconocer esa doble realidad: los logros alcanzados y las limitaciones persistentes. Ignorar cualquiera de los dos elementos conduce a una lectura incompleta.
Por tanto, ni victoria total ni tampoco un fracaso. Fue, sobre todo, la consolidación de una nueva realidad estratégica en Oriente Próximo.
Basado en un texto de Herb Keinon en The Jerusalem Post
Reproducción autorizada con la mención siguiente: ©EnlaceJudío

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.