viernes, 7 de agosto de 2026

Del WSJ

 

El hombre de Ohio que demostró que Hitler estaba equivocado

Hace noventa años en Berlín, Jesse Owens ganó una medalla de oro tras otra.


Por Bob Greene
Agosto 5, 2026

Hace noventa años esta semana—en los primeros días de agosto de 1936—un estadounidense de 22 años de edad logró algo extraordinario, que será recordado en tanto la gente celebre la idea que ninguna raza o religión es inherentemente superior o inferior a otra.

Un hombre joven de hablar suave, Jesse Owens era el hijo de aparceros negros de Alabama. Enfermizo de niño, él empezó a trabajar en los campos cuando tenía 7 años, donde se esperaba que recogiera bolsas de 45 kilos de algodón diarias. Cuando tenía 9 años, su familia se mudó a Ohio, donde en la escuela secundaria se evidenció su talento para correr.

Y lo tenía. En Ber­lín en ese verano de 1936, Adolfo Hitler era anfitrión de los Juegos Olímpicos. El objetivo de Hitler era establecer de una vez por todas que había una raza aria superior, simbolizada por los atletas olímpicos de Alemania. Owens, por entonces atleta campeón de pistas en la Universidad Estatal de Ohio, estaba en el equipo estadounidense.

En un estadio olímpico recientemente construido de 100,000 asientos, el nieto de esclavos mostró a Hiter cuan errado estaba. Owens ganó la medalla de oro en los 100 metros llanos. Ganó otra en salto en largo. Ganó el tercer oro en los 200 metros llanos. Ganó un cuarto en el relevo de 400 metros. Cada vez que subía al podio de premiación con sus medallas de oro mientras sonaba el himno nacional en el estadio de Hitler, el mundo recibía el mensaje alto y claro.

Pocas personas vivas hoy tienen recuerdos de primera mano del triunfo de Owens en Berlín. Muchos de nosotros nacidos en el centro de Ohio tras la Segunda Guerra Mundial no sabíamos, porque éramos demasiado jóvenes, las indignidades que había enfrentado cuando regresó de las Olimpíadas a un Estados Unidos segregado, después que los vítores habían desaparecido—el problema de encontrar un trabajo digno, las giras caóticas y frenéticas en las cuales corría contra caballos, motocicletas y perros para sostener a su familia.

A finales de la década de 1950 y principios de la década de 1960, sin embargo, Estados Unidos estaba empezando a cambiar, y con ese cambio Owens recibió el respeto que merecía. Ustedes podían ver ese respeto en los residentes del centro de Ohio que llegaban para verlo hablar cada vez que él, en su mediana edad, regresaba a su antigua ciudad universitaria de visita; ustedes podían oír el respeto en sus voces mientras hablaban sobre él. Este era el gran Jesse Owens. Y caminaba entre nosotros.

En los días de verano, no era difícil colarse en un Estadio de Ohio vacío y pararse en la pista que rodeaba el campo de fútbol. Mis amigos y yo estábamos entre los que lo hacíamos a veces, y que, por diversión, corríamos entre nosotros en esa pista de ceniza. Nosotros podríamos haber corrido en cualquier lado, pero lo hacíamos en ese estadio por una razón: Esta fue la pista donde otrora había corrido Jesse.

Lo que él hizo en esos Juegos Olímpicos hace 90 agostos— y lo que significó para un mundo al borde de una guerra global que cancelaría las Olimpíadas hasta 1948—resuena todavía. El destino es el destino, y pudo haber sido cualquiera el que le mostrara a Hitler, en su cara, que su visión de la vida era una mentira. Pudo haber sido cualquiera, pero fue Jesse. Siempre y para siempre, fue Jesse.

Copyright ©2026 Dow Jones & Company, Inc. All Rights Reserved. 87990cbe856818d5eddac44c7b1cdeb8

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.