El Dragón no hizo ruido. Y justamente ahí está el mensaje.
Por Daniel Grinspon
Hay países que cuando incorporan un arma nueva organizan un desfile, invitan periodistas y muestran hasta el último tornillo. Israel hizo exactamente lo contrario.
Recibió en Alemania un nuevo submarino, el INS Drakon, levantó la bandera israelí y se fue. Sin discursos, sin fuegos artificiales y, sobre todo, sin explicar demasiado.
En Medio Oriente, eso suele preocupar más que cualquier conferencia de prensa.
Del Drakon se sabe muy poco. Lo oficial alcanza para decir que es una evolución de la flota de submarinos que Israel opera desde hace años y que fue construido por el astillero alemán TKMS. Todo lo demás son especulaciones de analistas militares. Que si es más largo, que si la torre es distinta, que si podría incorporar nuevas capacidades. Israel, como de costumbre, no confirmó ni desmintió nada.
Y hace bien.
En materia de defensa, el secreto también forma parte del armamento. Si el enemigo sabe exactamente con qué contás, ya le resolviste parte del trabajo.
Irán eligió otro camino. Cada tanto muestra un misil nuevo, organiza desfiles militares, anuncia desarrollos "revolucionarios" y promete que esta vez sí cambiará el equilibrio regional. Después aparecen las dudas sobre cuánto de todo eso funciona realmente.
Israel, en cambio, rara vez entra en ese juego. Prefiere que hablen los hechos y no los comunicados.
No es casualidad que, mientras algunos gobiernos necesitan demostrar fuerza frente a las cámaras, otros inviertan miles de millones en tecnología que casi nadie llega a conocer. La verdadera disuasión no pasa por exhibir todo lo que uno tiene, sino por dejar al adversario preguntándose qué más habrá debajo del agua.
Y ese es el punto.
No sabemos todo lo que puede hacer el Drakon. Probablemente esa sea la idea. Porque si los servicios de inteligencia de varios países todavía siguen tratando de descifrar sus capacidades, es señal de que el objetivo ya empezó a cumplirse.
En una región donde abundan los discursos encendidos, Israel volvió a elegir el perfil bajo. Y la historia demuestra que, cuando Israel baja la voz, conviene prestar atención.

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