viernes, 7 de agosto de 2026

del WSJ

 

La intolerancia desviada de El-Sayed

Los demócratas enfrentan una opción: denunciarlo por antisemitismo o permanecer callados.


Por Barton Swaim
Agosto 5, 2026
Las primarias demócratas al Senado en Michigan resultaron tan bien como podían para el candidato republicano Mike Rogers, y tan mal como podían para el país. Una victoria fácil de Abdul El-Sayed, el izquierdista antiisraelí apoyado por Bernie Sanders, podría haber forzado a los así llamados demócratas del establishment—particularmente a los electos—a admitir su problema.
Ese problema es por supuesto el antisemitismo. La victoria del Sr. El-Sayed por un punto sobre la Representante Haley Stevens tras liderar en las encuestas por un promedio de 10 puntos permitirá a los políticos demócratas moderados asumir que la manía antisemita que está infectando su partido ha empezado a disiparse. El probablemente perderá en noviembre, y los liberales moderadamente pro-Israel del partido pueden permanecer en su placidez callada.
Un breve recordatorio de la chifladura del Sr. El-Sayed. El ha rechazado admitir el derecho del estado judío a existir. El ha criticado repetidamente, ustedes podrían decir casi obsesivamente, a la Sra. Stevens por aceptar contribuciones de campaña del Amer­ican Israel Pub­lic Affairs Com­mit­tee, o AIPAC. El condena a los terroristas con elogios tibios, como cuando condenó el ataque contra una escuela judía en West Bloom­field, Mich., antes de excusar al perpetrador con las palabras “la gente herida hiere a otra gente.” Y, por supuesto, el Sr. El-Sayed hace cam­paña con Hasan Piker, quien, como presentador de un pod­cast en lugar de como un candidato político, tiene el lujo de hacer explícito su odio a Israel.
La Sra. Stevens, quien pasó la campaña evitando el tema de la animosidad no muy expresada del Sr. El-Sayed, la semana pasada se aventuró a hacer una alusión indirecta a ella. “Ustedes quieren culpar a los judíos estadounidenses por todos sus problemas,” dijo ella en una publicación online. Pero ella también prometió apoyarlo en la elección gen­eral—una para­doja que captura amablemente la pusilanimidad de su partido respecto a la cuestión judía.
Olviden el margen estrecho de la contienda en Michigan. Unos 750,000 votantes del medio oeste votaron por el Sr. El-Sayed y lo hizo en un momento en que los ataques violentos contra los judíos y las sinagogas acaparan los titulares: otro dato, para los que necesitan uno, que la intolerancia antigua se expande rápidamente. El alcalde de New York ha pasado sus primeros meses en el cargo difamando al estado judío. La sucesión de progresistas que han ganado las primarias demócratas en New York, New Jer­sey y Col­or­ado alcanzaron la victoria gracias a sus diatribas contra Israel.
No he olvidado a la derecha—podcasters muy populares que atormentan a sus oyentes con mentiras sobre Israel, el vicepresidente de Estados Unidos se rehúsa a distanciarse de uno de ellos, y por todas partes os reaccionarios jóvenes, en su mayoría hombres se dedican a teorías que atribuyen los problemas de Estados Unidos al estado judío. Pero los funcionarios republicanos y escritores conservadores han tenido en su mayor parte el valor de pronunciarse. 
¿Qué explica el afán de los demócratas por restarle importancia o ignorarlo todo? Dejen a un lado la cobardía y el interés propio. Una percepción caricaturesca y ahistórica de antisemitismo tiene un rol fundamental.
Entre los cultos y elocuentes la intolerancia casi siempre se disfraza. Leyendo la historia de la Europa medieval y la temprana Europa moderna, yo me estremezco, como cristiano, ante los pogromos intermitentes y estallidos de odio al judío. El éxito económico de los judíos, junto con su no alineamiento cultural y religioso, provocaron resentimiento entre las masas y hostilidad entre el clero. La idea que los judíos merecían la expulsión debido a que sus antepasados habían matado a Jesús tenía poco sentido ya que (a) su muerte, de acuerdo con la doctrina cristiana, hizo posible la salvación, y (b) Jesús y todos sus discípulos eran ellos mismos judíos. Argumentos débiles dieron permiso al comportamiento atroz. Ese era su objetivo.
Muchos líderes políticos y oficiales militares nazis no se pensaban a sí mismos como antisemitas o intolerantes en lo absoluto. Ellos se sentían obligados a perpetrar horrores contra los judíos—mientras los alemanes y austríacos los aprobaban, calladamente, aunque a regañadientes—porque un conjunto de teorías supuestamente científicas acerca de la corrupción racial hacía todo necesario. El mismo Adolfo Hitler pensaba que algunos judíos eran buenas personas, pero creía que las realidades duras de la raza hacían irrelevante este hecho.
Durante mucho tiempo occidentales de buenos modales y educados asumieron que los valores liberales reinantes en sus democracias frenarían cualquier intento por revivir el antisemitismo. Desechen esa idea. Los antisemitas de hoy se entregan a la intolerancia más antigua precisamente porque los valores liberales lo demandan—así se lo dicen a sí mismos y entre sí. De ahí la necesidad de inventar historias sobre el ejército israelí hambreando a los palestinos y del primer ministro de Israel ordenando el ataque de niños. Estas y mil mentiras similares no cubren al 100% de la judería en la forma en que lo hicieron las teorías raciales alemanas, pero recorren un largo camino. Desviar la atención hacia Israel, Ben­jamin Net­an­yahu y el AIPAC permite al progresista moderno deplorar a la mayoría abrumadora de los judíos—los que no renuncian al Sionismo—mientras retiene los valores progresistas. ¿Por qué despreciar a Israel? ¡Los principios del humanitarismo! El odio al judío siempre encuentra una manera.
El antisemita educado del siglo XXI se absuelve destacando la exist­encia de judíos antisionistas—muy como los clérigos de finales de la Edad Media podían permanecer complacientes en su odio anticristiano porque, después de todo, Paul de Bur­gos (1351-1435) y Johannes Pfef­ferkorn (1469-1521), judíos español y alemán respectivamente, se habían convertido al catolicismo y defendieron fanáticamente la persecución de los judíos.
Los demócratas electos harían un servicio a su partido y a su país concluyendo que el Sr. El-Sayed perderá en noviembre y denunciándolo como el antisemita que es. O pueden seguir callados.
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