jueves, 22 de octubre de 2026

  

En noviembre de 1938, mientras la Gestapo obligaba a los judíos de Linz, Austria, a abandonar la ciudad, un médico judío de 66 años recibió un trato completamente diferente.
Cuando el propietario de su vivienda preguntó a las autoridades si también debían expulsarlo, los agentes respondieron que su caso sería resuelto directamente desde Berlín.
El médico se llamaba Eduard Bloch.
Treinta años antes había atendido a la madre de Adolf Hitler durante sus últimos meses de vida.
Y el joven Hitler, que entonces tenía dieciocho años, le había prometido que siempre le estaría agradecido.
La historia comenzó en enero de 1907, cuando Klara Hitler acudió a la consulta de Bloch, situada en el número 12 de la Landstrasse, en Linz.
Tenía fuertes dolores en el pecho.
El médico descubrió un tumor en una de sus mamas y sospechó inmediatamente que se trataba de un cáncer.
Después de examinarla, reunió a sus hijos para comunicarles la gravedad de la enfermedad.
Adolf Hitler, que había regresado de Viena, se mostró profundamente afectado. Según recordaría Bloch décadas después, preguntó entre lágrimas si todavía existía alguna posibilidad de salvar a su madre.
Klara fue operada en el hospital de las Hermanas de la Misericordia, pero el cáncer ya estaba demasiado avanzado.
Durante los meses siguientes, Bloch acudió regularmente a su vivienda para atenderla.
Utilizaba los tratamientos disponibles en aquella época, incluidas aplicaciones de yodoformo sobre las lesiones y morfina para aliviar el dolor.
Adolf ayudaba a cuidar a su madre y permanecía pendiente de su evolución.
Bloch sabía que las posibilidades de recuperación eran prácticamente inexistentes. Aun así, continuó visitándola y redujo considerablemente sus honorarios, renunciando a cobrar numerosos desplazamientos.
El 21 de diciembre de 1907, Klara Hitler murió.
Tenía 47 años.
El médico recordaría que, durante toda su carrera profesional, nunca había visto a una persona tan abatida por la muerte de un familiar como al joven Adolf.
Pocos días después del funeral, Hitler acudió a su consulta acompañado por sus hermanas Paula y Angela.
Querían agradecerle los cuidados que había proporcionado a su madre.
Las dos mujeres hablaron primero.
Adolf permaneció en silencio hasta que llegó su turno. Entonces se acercó al médico, le estrechó la mano y, según el testimonio que Bloch publicaría años después, pronunció unas palabras:
«Le estaré eternamente agradecido».
Después hizo una reverencia.
La relación continuó brevemente por correspondencia.
En 1908, mientras vivía en Viena e intentaba abrirse camino como artista, Hitler envió al médico tarjetas de agradecimiento. Una estaba decorada con un dibujo realizado por él mismo.
Bloch conservó aquellos recuerdos durante décadas.
En marzo de 1938, Alemania anexionó Austria.
Hitler regresó triunfalmente a Linz, donde miles de personas lo recibieron en las calles.
Eduard Bloch observó el desfile desde una ventana de su consulta.
El médico tenía entonces 66 años y llevaba casi cuatro décadas ejerciendo en la ciudad.
Poco después comenzaron a aplicarse las medidas antisemitas del régimen nazi.
Los comercios judíos fueron señalados, numerosos profesionales perdieron sus empleos y las familias comenzaron a sufrir confiscaciones, detenciones y expulsiones.
Bloch también perdió el derecho a ejercer libremente la medicina.
Pero descubrió que las autoridades lo trataban de manera excepcional.
Su vivienda no fue marcada como las de otros judíos y la Gestapo recibió instrucciones de no molestarlo.
Según sus recuerdos, Hitler había preguntado por él y se había referido al antiguo médico de su madre como un «Edeljude», expresión alemana que significa «judío noble».
Los agentes de la Gestapo visitaron su domicilio, pero no para detenerlo.
Querían las tarjetas de agradecimiento que Hitler le había enviado años atrás.
Su esposa se las entregó y recibió un comprobante de confiscación. La policía política explicó que serían conservadas bajo custodia.
El médico nunca consiguió recuperarlas.
Mientras miles de familias judías perdían sus viviendas y eran expulsadas, Bloch obtuvo autorización para permanecer temporalmente en Linz y realizar los trámites necesarios para emigrar.
En noviembre de 1940 abandonó Austria junto con su esposa, Emilie.
La protección especial no significó que pudiera conservar toda su vida anterior.
Bloch explicó que tuvo que dejar atrás sus ahorros y que únicamente le permitieron sacar dieciséis marcos del país, cuando la cantidad habitual autorizada a los emigrantes judíos era de diez.
En enero de 1941 llegó a Nueva York y se instaló con su familia en el Bronx.
Ya no pudo continuar ejerciendo su profesión.
Ese mismo año publicó en la revista estadounidense Collier's un extenso testimonio titulado My Patient, Hitler, en el que relató cómo había conocido al futuro dictador y las circunstancias de su salida de Austria.
Eduard Bloch murió de cáncer de estómago el 1 de junio de 1945, a los 73 años.
Había sobrevivido al régimen nazi y a su antiguo paciente, Adolf Hitler, que se había suicidado en Berlín apenas un mes antes.

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