Francia debe salvar a Europa
Por Holman W. Jenkins, Jr.
21 de octubre del 2026
Obtuve miradas de desaprobación de colegas panelistas de televisión cuando dije en el 2019 que fue negligencia de los franceses permitir que Notre-Dame se incendiara. Pero mi planteo fue uno serio. Tras el hecho, se señaló ampliamente como los monumentos franceses ya habían llegado a depender de la filantropía extranjera e interna para el mantenimiento. Luego llegaron las sumas millonarias ofrecidas desde el extranjero para restaurar la catedral. Si ustedes no lo han advertido, los últimos meses han estado repletos de historias de objetos de valor siendo sacados de los museos franceses con mala seguridad.
La primera tarea del gobierno es proporcionar un ambiente ordenado y legal para que los ciudadanos persigan sus objetivos. Un gobierno dedicado a cumplir cada deseo y anhelo de los suyos está destinado a fracasar, porue sus deseos y anhelos son ilimitados. Cuando un gobierno pierde la capacidad de priorizar, pierde la capacidad de gobernar. El de Francia lo ha hecho.
El momento francés actual ha sido previsible desde hace años, más aun cuando la moneda euro se volvió un instrumento para permitir a Francia endeudarse más y hundirse más en la disfuncionalidad. Yo pronuncié lo inevitable en un titular hace dos décadas, “¿Nos comeremos a nuestros jóvenes?”, por el parasitismo intergeneracional que se ha vuelto el estado moderno de bienestar. En un titular en el año 2018 sobre el presidente recientemente electo de Francia yo dije "Macron es la Ultima Esperanza de los Contribuyentes Alemanes"—o sea, para aquellos que cargarán con el rescate futuro, sin el cual la moneda común no sobrevivirá.
Pero ahora el euro debe sobrevivir. Vladimir Putin lo salvó. Cualquier sentimiento que existiera en las élites para llamarlo un proyecto fallido, ese sentimiento de las élites se ha ido gracias a la amenaza rusa. Incluso el partido alemán AfD —una formación política que rompe con todas las convenciones— ha terminado por admitir que el euro es permanente. Desde hace tiempo, este partido de extrema derecha se ha normalizado de otra manera: coincide con algunas formaciones centristas y conservadoras del norte de Europa en que es necesario un mecanismo de quiebra para evitar a los contribuyentes de la Unión Europea la carga política —imposible de asumir— de tener que rescatar a sus vecinos del sur, sumidos en la precariedad financiera.
Quizá resulte sorprendente saber que ya existe, en cierto modo, un procedimiento que permite a los Estados miembros solicitar una renegociación con sus acreedores. Sin embargo, carece de mecanismos automáticos que obliguen a realizar cambios desde afuera. ¿Por qué? Porque todos comprendieron que, a esas alturas, ya era demasiado tarde. Si la falta de pago fuera una opción, se volvería inevitable: el mercado de bonos dejaría de comprar deuda de Francia, España e Italia, haciendo saltar por los aires la estrategia del Banco Central Europeo de "prorrogar y fingir" (extend-and-pretend).
Tal vez, después de todo, hubiera algo de sensatez en la negación. Francia es demasiado grande para caer, pero también demasiado grande para ser rescatada. Solo queda una opción realista: o Francia endereza el rumbo, o arrastra a Europa consigo.
En realidad, no existe otra alternativa, independientemente de quién gane las elecciones presidenciales del próximo año —posiblemente la derechista Marine Le Pen—, en un momento en que los franceses se muestran fascinados por una biografía cinematográfica en dos partes sobre Charles de Gaulle; como si intuyeran la necesidad de reavivar una llama nacionalista que apenas parpadea.
Probablemente no haya otra alternativa a tomar las riendas de su propio destino que no sea la salida de Francia de la eurozona, lo que conllevaría un desplome de su nivel de vida y ver cómo todos esos hermosos castillos y obras de arte son adquiridos por chinos y estadounidenses ricos.
O bien, Francia podría convertirse en una especie de "Corea del Norte" en la Costa Azul, aislándose del mundo en pos de una autosuficiencia económica precaria y empobrecida.
Si el año que viene la señora Le Pen llega a una segunda vuelta contra Jean-Luc Mélenchon —figura de la izquierda que alienta los disturbios— es probable que ella gane con un mandato claro: en primer lugar, aplicar represión si fuera necesario (aunque imagino que los anarquistas de fin de semana de hoy en día se lo pensarían dos veces si vieran venir por ellos a una representante de rostro severo de la Francia conservadora y de clase media).
En segundo lugar, cabe suponer que se tomarían medidas realistas para hacer frente a la crisis fiscal. Decisiones que hasta ahora han resultado inalcanzables para Francia y que, para los votantes franceses, parecían el fin del mundo, en estas circunstancias, no parecerían algo tan grave. Por ejemplo, elevar la edad de jubilación de los 62 a los 67 años, tal como han hecho otros países europeos; o imponer copagos y franquicias más elevados para las consultas médicas y la atención sanitaria. Francia ha logrado avances modestos al eliminar regulaciones laborales que desincentivan la contratación —normas que, en la práctica, convierten a cada trabajador en un dependiente vitalicio del Estado— pero hace falta mucho más.
Otros pueblos de naciones desarrolladas han tenido que pasar por estas situaciones. ¿De verdad vale la pena hacer saltar por los aires Francia y Europa para evitarlas?
Vuelvo a pensar en Notre-Dame. En aquel entonces me sorprendió que los franceses no observaran la catástrofe y se preguntaran: ¿En qué nos hemos convertido? Es evidente que existe una Francia dotada de espíritu y aspiraciones, una Francia que no querría verse retratada —por usar la detestable expresión de un personaje de dibujos animados estadounidense— como una nación de "monos rendidos comedores de queso".
Es cierto que han pasado diez años desde mi última visita, pero resulta difícil imaginar que un pueblo que cuenta con los recursos, la historia y el buen gusto de los franceses fracase de forma tan ignominiosa ante el problema de la «gerontocracia codiciosa» —ese desafío al que, tarde o temprano, se enfrentarán casi todos los Estados occidentales, incluido Estados Unidos.
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