En los años 50, cuando el joven Estado de Israel aún luchaba por su legitimidad internacional, David Ben-Gurion utilizó una anécdota tan simple como poderosa.
Durante conversaciones diplomáticas con dirigentes estadounidenses —entre ellos el secretario de Estado John Foster Dulles— Israel era visto por algunos como un proyecto reciente, sin raíces profundas.
Ben-Gurion respondió con una comparación memorable:
Hace unos 300 años, el barco Mayflower voyage llegó a América.Pregunten hoy a niños estadounidenses:¿Quién era el capitán? ¿Qué comían? ¿Cuánto duró el viaje?Probablemente no lo sepan.
Pero hace más de 3.000 años, el pueblo judío salió de Egipto.Pregunten a cualquier niño judío:¿Quién los sacó? ¿Qué comieron? ¿Cuándo ocurrió?Y lo sabrá.
La clave de su argumento no era histórica, sino identitaria:
Mientras que muchas naciones modernas recuerdan su pasado como historia, el pueblo judío lo vive como experiencia viva, transmitida generación tras generación —cada año, en Pésaj.
Con esa simple imagen, Ben-Gurion dejó claro que Israel no era solo un Estado nuevo, sino la expresión política de una memoria nacional milenaria.
A veces, una anécdota explica más que mil discursos.
Gracias Ruben Fleischer

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