Israel debe profundizar su alianza con Estados Unidos mientras deja en claro que la responsabilidad por la seguridad israelí depende de Jerusalén solamente.
La relación entre EE.UU. e Israel es una de las alianzas estratégicas más importantes en la historia moderna. El apoyo estadounidense ha ayudado a Israel militarmente, diplomáticamente, tecnológicamente, y económicamente. Ha fortalecido la disuasión, mejoró las defensas, y dio al estado judío respaldo en foros hostiles.
Esa alianza debería ser protegida.
Al mismo tiempo, Israel no puede confundir amista con una garantía de seguridad. Estados Unidos es el aliado más cercano de Israel, pero los presidentes estadounidenses son electos para servir a los intereses estadounidenses. Los primeros ministros israelíes son electos para servir a los intereses israelíes. A menudo, esos intereses se superponen. A veces divergen.
Esto importa ahora porque Washington busca diplomacia regional que afecta a la seguridad de Israel. Israel debería escuchar, coordinar, discutir cuando es necesario, y preservar la alianza. Debería también recordar que no se puede esperar que ninguna capital extranjera, sin importar cuan amistosa, lleve la carga de la supervivencia de Israel.
Israeli security and rescue forces at the scene where a missile fired from Iran toward Israel caused damage in Tel Aviv, April 1, 2026. (credit: AVSHALOM SASSONI/FLASH90)La política israelí desde 1948
La generación fundadora de Israel entendió esto.
David Ben-Gurion pasó años confrontando los límites de la simpatía internacional. El sabía que las declaraciones de apoyo podían desaparecer cuando llegaban las decisiones duras. El creía que la suerte de Israel dependería de su propia fuerza, claridad moral, y voluntad de actuar. Su visión fue formada por la historia judía y por la amarga lección que los judíos que dependen de otros para su protección pueden ser abandonados en la hora decisiva.
Ese pensamiento se volvió parte de la doctrina de seguridad nacional de Israel.
Israel buscaría aliados, daría la bienvenida al apoyo, y construiría amistades. También preservaría la capacidad de actuar sola cuando la supervivencia estaba en juego.
Menachem Begin dio a esa doctrina su expresión más clara en 1981, cuando ordenó la destrucción del reactor nuclear Osirak de Irak a pesar de la oposición internacional. El principio que siguió se volvió conocido como la Doctrina Begin: Israel no permitiría que un enemigo conjurado en su destrucción adquiera los medios para llevarla a cabo.
La misma lógica guió el ataque del 2007 de Israel contra la planta al-Kibar de Siria, el cual Israel admitió luego y que la Agencia Internacional de Energía Atómica evaluó era muy probablemente un reactor nuclear.
En ambos casos, los líderes israelíes entendieron que la aprobación extranjera era valiosa, pero que la supervivencia nacional no podía esperar el consenso.
Esa lección es urgente nuevamente.
El reto que enfrenta Israel es más grande que cualquier acuerdo o camino diplomático. Irán sigue siendo la amenaza regional central. Sus satélites continúan rodeando Israel. Hezbola, Hamas, los hutíes, y otras fuerzas apoyadas por Irán han mostrado que las declaraciones, entendimientos, y ceses del fuego no borran la intención hostil.
Busca la diplomacia cuando sirve a los intereses nacionales
La diplomacia puede ganar tiempo. Puede reducir la presión. Puede crear oportunidades. No puede reemplazar a la fuerza israelí.
Israel debería buscar la diplomacia donde sirve a los intereses nacionales. La paz con Egipto y Jordania cambió el entorno estratégico de Israel. Los Acuerdos de Abraham abrieron nuevas posibilidades regionales. La coordinación estrecha con Washington ha servido a ambos países.
La pregunta es cómo entra Israel en esa coordinación.
Israel es más fuerte en lo que respecta a Washington como un socio capaz con opciones independientes. Es más débil cuando parece incapaz actuar sin aprobación, reabastecimiento o cobertura política estadounidenses.
Israel debería ser honesta acerca de su dependencia actual. Su fuerza aérea depende fuertemente de las plataformas estadounidenses. Sus sistemas de defensa contra misiles se beneficia de la financiación y cooperación estadounidense. Sus municiones y cadenas de suministro en tiempos de guerra siguen atadas a las decisiones estadounidenses. Esa dependencia tiene consecuencias reales.
Reducirla debería convertirse en una prioridad nacional.
Israel necesita mayor producción local de municiones, reservas más fuertes, capacidad de defensa aérea más profunda, capacidades cibernéticas y de inteligencia más amplias, e industria de defensa capaz de sostener largas guerras. También necesita resiliencia económica y alcance diplomático, porque la independencia militar no puede existir sin resiliencia nacional.
Este es un argumento para la seriedad dentro de Israel.
Todo gobierno israelí debería preguntar qué sucede cuando Washington está distraído, vacilante, dividido, o buscando un acuerdo que Jerusalén ve peligroso. Todo presupuesto de defensa debe ser contrastado con esa pregunta. Toda decisión de compra debería considerar si incrementa la libertad de acción israelí o la estrecha.
Estados Unidos seguirá siendo el aliado más importante de Israel. Esa relación debe seguir prosperando. Israel debería trabajar con Washington, consultar con Washington, y fortalecer todo canal de cooperación.
Pero la lección, desde Ben-Gurion a Begin, sigue siendo clara: Los aliados son esenciales, y la responsabilidad por la seguridad de Israel pertenece a Israel solamente.
Ese principio debería guiar la doctrina, presupuestos, adquisición, diplomacia y debate nacional. Es el precio de la soberanía.
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