UN CUENTO BELLISIMO PARA SHABAT U OTRO DIA ESPECIAL (Leanlo hasta el final).
EL VERDADERO BRILLO
Cierta vez hubo una pareja que iba a casarse. Como es normal, la emoción y el júbilo llenaban sus corazones.
La familia del novio le hizo llegar a la prometida un sinnúmero de regalos, entre ellos, un anillo de compromiso muy valioso.
Se trataba de una sortija con un solitario de más de tres quilates. El color de la piedra embellecía la calidad del brillante. Ante todo esto, la novia quedó fascinada y muy emocionada por tantos halagos.
El día de la boda, después del enlace matrimonial, surgió un suceso que empañó la festiva atmósfera familiar: a la novia se le perdio la sortija.
Se cerraron las puertas del lugar, se pidió a la gente que si alguien la veía la devolviera a la kalá(novia), los meseros fueron revisados y todo indicaba que aquella piedra se había esfumado de la faz de la tierra.
Durante las semanas subsecuentes, la familia comenzó a comentar lo distraída que era la ahora esposa del novio y se preguntaban cómo pudo haber perdido un regalo tan importante.
Y todos estos comentarios crearon alrededor de la muchacha la imagen de una mujer poco responsable y descuidada. Al correr de los años, esta etiqueta definió su personalidad, lo que pos supuesto siempre la incomodó y le hizo sentirse mal.
Cuando cumplieron diez años de casados, la pareja decidió volver a representar su unión matrimonial a pequeña escala.
Él se vistió con aquel traje que usó en la ceremonia nupcial y ella hizo lo mismo con su vestido de novia.
Invitaron solo a la familia más cercana y a algunos amigos muy queridos. De repente, el novio introdujo su mano en el bolsillo y se percató de que allí estaba aquel anillo que se había extraviado diez años antes!
El lo sacó y se lo entregó a su esposa delante de todos. Tan grande fue la sorpresa pública que todos dijeron:
—¡Ella se lo dio a guardar aquella noche y a él se le olvidó!
Después de aquel evento, se cambiaron los papeles.
Todos comentaban lo buena mujer que ella había sido siempre y cómo había podido callar la vergüenza de todos aquellos comentarios durante tantos años. Y a él no lo bajaban de irresponsable.
Una década después, ambos esposos se vieron a los ojos y se dijeron:
"Ahora no vamos a poder celebrar nuestros veinte años de casados" —le dijo él a ella—.
"Nuestra situación económica se ha deteriorado mucho (que nadie sepa) y con nuestros trabajos apenas nos alcanza para los gastos diarios. En esta ocasión, celebraremos tú y yo solos, aquí en nuestro hogar, con una cena modesta".
Al escuchar ella estas palabras, tomó aquella sortija y recordó los comentarios de la noche de bodas, y aquel en el que decían donde la había adquirido el novio y lo costosa que era. Fue hasta la joyería y pidió hablar con el propietario.
Salió aquel hombre elegante y fino, y le dijo:
"Sí. ¿En qué puedo ayudarle?"
"Mire usted —dijo ella—. Este anillo me lo regalaron en mi boda y lo compraron aquí. Ahora nuestra situación aprieta y quiero venderlo.
El hombre observó aquel solitario y le dijo:
"Perdóneme, señora, pero este anillo yo no lo vendi. Por el tipo de montadura, presumo que fue comprado en una joyería de la competencia que está a unas calles de aquí".
Ella se despidió amablemente y se dirigió hasta el negocio que le habían referido. Se presentó ante el dueño, le comentó que le gustaría venderle el anillo y éste le comentó:
"Sí, en efecto. Este es un trabajo nuestro y recuerdo perfectamente a su esposo. Él estuvo viniendo aquí por diez años y cada semana nos abonaba una cantidad para pagar la sortija. Cuando termino de pagarla, recuerdo la felicidad con que se la llevó. Incluso comentó que en esa fecha cumplía diez años de casado".
"Gracias –dijo ella—. Siendo asi, no voy a vender el anillo".
Salió caminando rumbo a su casa y entendió que el verdadero brillante del hogar era su esposo, y que el brillo que él poseía opacaba a cualquier piedra preciosa.
En este Shabat pidámosle a Dios que no nos quite el brillo de nuestros corazones ni siquiera en los peores momentos o circunstancias.
Ese brillo es la luz eterna que llevaremos el resto de nuestras vidas para iluminar cada acto que hagamos no solo a nosotros mismos y nuestros seres queridos, sino también a aquellos que esperan de nosotros una palabra, una mirada, una caricia y mucha comprensión.
Este cuento nos hace reflexionar que nada es más brillante y más hermoso que nuestros sentimientos, porque a diferencia de una joya, que si bien puede haber muchas, variadas y costosas, jamás será como nuestro sentimiento que es único, genuino y no hay precio que lo pueda pagar ya que nos fue dado por Dios como una piedra preciosa y moldeada por nuestros padres y maestros para formar a nuestros hijos y ellos a nuestros nietos.
Esa será siempre nuestra alianza; no la que llevamos en el dedo, sino la que tenemos eternamente en nuestro corazón.
Shabat Shalom para todos
Diego Weinstein
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