domingo, 25 de octubre de 2026

Del WSJ

 

Un disturbio de resentimiento en Francia

El revolucionario moderno no es impulsado por el hambre y la pobreza, sino por la amargura y el desprecio.


Por Louise Perry
Octubre 21, 2026
Lyon, France, on Oct. 19.Lyon, France, on Oct. 19. Photo: Olivier Chassignole/Agence France-Presse/Getty Images
Es de la Francia revolucionaria que derivamos los términos "izquierda" y "derecha," nombrados para la disposición de las bancas en la Asamblea Nacional. Todos estos años después, tu visión de la Revolución Francesa es todavía un indicador decente de tu posición respecto al eje izquierda-derecha. Para los progresistas, fue el instante en que la humanidad salió a la luz. Para los reaccionarios, fue el inicio del fin.

Muchos tanto en la izquierda como en la derecha ven un claro hilo conductor desde esa revolución a la agitación actual en Francia. De hecho, una posición simplista que ustedes oirán a menudo de la gente ligeramente francofóbica de la angloesfera es que los franceses simplemente adoran los disturbios. Después de todo, su día nacional conmemora un disturbio, y su himno nacional y bandera nacional encuentran sus orígenes en la revolución. Algunos observan las imágenes de la semana pasada de la Plaza de la Bastilla en París, con la Columna de Julio cubierta de graffitis y gente joven exultante, y lo consideran apropiado. ¿Tu idealizas el triunfo de tus citoyens sobre tu gobierno? Bueno, entonces, bon appétit.

Fiel a mi tradición de conservadurismo británico, generalmente pienso que la Revolución Francesa fue algo malo. Hubo atrocidades cometidas durante esa época acerca de las que realmente desearía no haber leído nunca, ya que las imágenes mentales ha demostrado ser difíciles de olvidar. Los asesinatos en masa de civiles en la región Vendée, por ejemplo, podrían equivaler a un genocidio.
En un punto seré justo con los revolucionarios del siglo XVIII: Ellos tenían quejas legítimas. Las personas que atacaron la Bastilla eran pobres. No relativamente pobres, sino absolutamente pobres—el tipo de pobreza que significa que podrías tener que ver morir a tus hijos debido a que no puedes permitirte alimentarlos. Durante el verano de 1789, la escasez catastrófica de alimento significaba que el único pan disponible para la venta en París era amargo y negro. La gente se comporta de manera diferente cuando vive así.
No podemos decir lo mismo de la gente saliendo a las calles de la Francia urbana este mes. La gente que pinta los monumentos públicos con frases importadas de EE.UU. como ACAB—que significa "todos los policías son bastardos”—no está hambrienta. El estado francés es uno de los más generosos en el mundo en lo que concierne a gasto en ayuda social, con gastos en protección social equivalentes a más del 30% del PBI, una de las cifras más altas en Europa, representando un nivel de abundancia inimaginable para un campesino de siglos anteriores. A pesar de las quejas que la infraestructura escolar francesa está en mal estado, han habido esfuerzos activos durante los últimos 40 años para asignar más financiación a las escuelas en las regiones más pobres. Vean por ejemplo las instalaciones espléndidas del Lycée International Nelson Mandela en Nantes, que costó €75 millones construir en el 2014, y sin embargo acaba de ser destruido por los incendiarios. Los saqueadores en París este fin de semana no eran como Jean Valjean de Víctor Hugo, robando pan para alimentar a los niños hambrientos. Ellos estuvieron destrozando las vidrieras de Louis Vuitton para robar ropas de diseñador.
Sin dudas, la generosidad del estado francés está cayendo con el tiempo a medida que se agota la fuente del dinero público. "Francia está en bancarrota, lamento informarlo" como lo dijo mi colega Joe Sternberg la semana pasada, y los temores a una contracción en la generosidad estatal son lo que motivó las protestas masivas pacíficas que atrajeron a sindicatos de comercio y estudiantes preocupados por la financiación educativa y el creciente costo de vida. Los ciudadanos franceses jóvenes tienen razón en temer que no se beneficiarán del tipo de esquemas de pensión que gozaron sus padres y abuelos, y también para advertir que la inflación se está comiendo sus finanzas. 
Pero estos manifestantes pacíficos son sólo uno de los grupos en juego. Junto a ellos hay también activistas de extrema izquierdda que han lanzado un ataque bien organizado contra las autoridades francesas.  Estos activistas es mucho más probable que a diferencia del público en general tengan educación universitaria, y de hecho tienen títulos de posgrado. Si algún grupo es heredero de los revolucionarios franceses, puede ser este, pero no se parecen a los campesinos empobrecidos del pasado tanto como los intelectuales de la clase medida que formaron la dirigencia de la revolución. Son activistas de este perfil quienes se sospecha incendiaron el exquisito ayuntamiento en la pequeña ciudad de Limoges, un acto de patricidio simbólico que sugiere un resentimiento profundo con la antigua Francia.
Luego hay un grupo adicional que es demográficamente e ideológicamente distinto. “Estas son la cuarta o quinta generación de inmigrantes," como ha señalado el historiador Andrew Hussey, describiendo a los jóvenes residentes de los disfuncionales banlieues que se encuentran en las afueras de las ciudades francesas. “Se sienten en guerra con el estado que sienten los desprecia, y al que ellos a su vez desprecian." Esta gente joven desciende de los que vivieron bajo el régimen colonial francés, más que nada en Africa, y sienten intensamente sus identidades poscoloniales. Ese es el motivo por el cual en las multitudes fueron visibles banderas argelinas, junto a numerosas  banderas palestinas—la bandera que ha sido adoptada mundialmente para representar la solidaridad musulmana, tanto como la omnicausa izquierdista. Nuevamente, en términos absolutos, estas personas no son pobres. Están bien alimentadas y son los receptores de gran cantidad de gasto estatal. Pero recibir pagos de bienestar social de la ex potencia colonial que conquistó a tus ancestros es más probable que inspire una mezcla dolorosa de humillación y desdén en lugar de un sentimiento de gratitud. 
El politólogo Ronald Inglehart discutió que una vez que se satisfacen las necesidades materiales de las personas, éstas se empiezan a preocupar por temas de identidad, respeto y representación. Con competencias de estatus de suma cero, en otras palabras. Eso es exactamente lo que está sucediendo en Francia. No son disturbios por el pan, aun cuando los alborotadores insisten en que necesitan más dinero del estado. En verdad, el dinero es sólo una forma de llevar la cuenta en los distintos conflictos sociales que plagan al país: entre clases, etnias y generaciones.
Nadie involucrado en algo de esta violencia callejera es realmente pobre en un sentido material, lo que significa que las motivaciones de los alborotadores de hoy deben ser entendidas de forma muy diferente de las de 1789. El revolucionario moderno es impulsado no por el hambre sino por emociones difusas como el resentimiento, envidia, amargura y desprecio. Si tan sólo este fuera simplemente un conflicto por el pan. Las insatisfacciones psicológicas en el núcleo de esta agitación son, al final, mucho más difíciles de resolver.

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