Benjamin Netanyahu greeting supporters and surrounded by security personnel during a campaign tour in Ashdod on September 29, 2026. (Liron Moldovan/Flash90)
Es viernes 23 de octubre, y una frase de Benjamin Netanyahu esta semana debería haber hecho aguzar los oídos: “Nos quedan dos años de la presidencia de mi gran amigo Donald Trump, dos años para terminar la tarea.” En esa frase, por primera vez en 12 postulaciones para primer ministro, ¿Netanyahu está marcando una fecha final?
Desde el 2015 la campaña del Likud ha jugado con tal declaración, puesta a prueba en las urnas y siempre se retractó a último momento. El vínculo entre las palabras "primer ministro" y "Benjamin Netanyahu" es llamado "hierro." El argumento original es que muchos votantes indecisos encontrarán más fácil apoyarlo para que lleve a cabo un última tarea (derrocar al régimen en Irán, hacer la paz con Arabia Saudita y Líbano) si saben que después termina. Pero en la mayoría de las encuestas el resultado es que disuade a los votantes más de lo que los atrae. Si resulta, por casualidad, que Netanyahu es un mortal de carne y hueso, y no alguien con la oficina del primer ministro registrada en su nombre en el registro de la propiedad, entonces ¿por qué no votar por alguien más?
Esta vez puede ser diferente. Primero, porque Netanyahu, quien cumplió 77 años esta semana, ya no es más un muchacho. En segundo lugar, porque el próximo presidente estadounidense en cualquier caso será mucho más duro que el actual. Algunas personas están preparadas para jurar que escucharon del primer ministro durante el año pasado que él tiene intenciones de irse alrededor del 2028 o 2029, alrededor del fin del mandato del 47º presidente. Como es bien sabido, la elección para presidente del estado será celebrada aquí en un año y medio, aparentemente una limpieza perfecta del escritorio: cerrar los extremos abiertos en el Medio Oriente, un rol estatal durante siete años y un final a los procesos penales. Es todo perfecto, excepto que la última vez él no estaba interesado. Su respuesta a una propuesta similar en la ronda previa, en el 2021, fue cortante: “Si va a ser una prisión, prefiero la original."
Esta elección ofrece la galería más antigua que enfrentan los votantes en muchos años. Netanyahu está en su octava década; Avigdor Liberman, líder de Yisrael Beytenu, y Aryeh Deri, líder de Shas, se están aproximando a los 70; y el ex Jefe del Estado Mayor de las FDI, Gadi Eisenkot y el líder de los demócratas, Yair Golan están en la mitad de sus 60s. No es sorprendente que Naftali Bennett, que está pronto a cumplir 55 años, se jacte de su conexión con los que votan por primera vez. Como en el viejo chiste: joven de espíritu busca alguien joven para su edad. Para Liberman esta puede ser la última Knesset si realiza su sueño de dirigir el gobierno. Quien sabe cuanto tiempo más Deri tendrá la fuerza, y cuantos intentos obtendrán Eisenkot y Golan.
Personalmente, pienso que este es el último mandato de Netanyahu. Y confíen en mí, porque eso es exactamente lo que pensé durante sus últimos tres mandatos.
Election campaign billboards featuring Yashar party chairman Gadi Eisenkot, right, and Likud party chairman Prime Minister Benjamin Netanyahu alongside opposition leaders are displayed along a roadside in the northern Israeli city of Haifa, ahead of Israel’s upcoming general elections, October 17, 2026. (Sharon Leibel/Flash90)
Las elecciones de 2026 constituyen un caso inusual en el que la resaca llegó incluso antes de que empezara la fiesta. Es probable que la participación sea la más alta en años, tal vez la mayor de este siglo. Y, aun así, el escenario más optimista para la oposición es un gobierno en minoría, mientras que gran parte de las esperanzas de la coalición se reducen, sencillamente, a evitar que el bando contrario gane.
Desde que comenzó la campaña han ocurrido varios sucesos que, en su momento, parecieron dramáticos; pero, ¿quién los recuerda ahora? Un avión secuestrado que estuvo a punto de estrellarse contra el aeropuerto Ben Gurión, una huelga masiva en ese mismo aeropuerto, una maratón legislativa en la Knesset a favor de los jaredim, drones de fibra óptica en el Líbano... Todo ello quedó atrás como si nada hubiera pasado.
¿Qué es lo que realmente importará? Sin dudas, el movimiento estratégico más decisivo de estos comicios es la decisión de Netanyahu de ir tras Ofer Winter, el general retirado convertido en líder de un partido. En las encuestas que recibe cada mañana sobre su escritorio, el partido Amja Yisrael aparece clasificado dentro del "bloque izquierdista". Netanyahu ha decidido hundirlo, convencido que, a la larga, terminará alineándose con Lieberman y sus socios. Tras el 7 de octubre, el bloque de derecha no tiene la fuerza suficiente para permitirse una pérdida de votos de tal magnitud —ni siquiera según los sondeos más favorables. Winter, junto con tres nuevos partidos jaredim y la formación sionista religiosa ultraortodoxa Noam, podría marcar la diferencia entre un empate y una derrota, o entre una victoria y un empate, dependiendo de qué encuestas se consulten.
La semana pasada estuvo marcada por un intento, a todas luces inútil, de convencer al obstinado militar para que se retirara. Lali Deri, candidata en la lista de Winter, se encontraba esta semana en la entrada de su casa en Eli, relajándose con una bebida tras otra jornada de campaña, cuando una figura desconocida se acercó de repente a la vivienda. Se trataba de Orit Strock, ministra del Likud, quien había acudido para intentar persuadirla de que abandonara la lista y provocara, así, una especie de efecto dominó.
Por otro lado, el problema no reside en el recuento de los votos, sino en lo que vendrá después. Un político de alto nivel resumió esta semana el dilema de Eisenkot: "Si forma un gobierno con votos árabes, está acabado; si no lo hace, ellos acabarán con él."
Sin dudas, una elección al estilo Sansón. Los veteranos jefes del Estado Mayor nunca mueren; simplemente se desvanecen. Cualquiera con sentido común en ese bando entiende que lo que le ocurrió a Benny Gantz —otro ex jefe del Estado Mayor— con sus 35 escaños, podría sucederle a Eisenkot con los 24 que le otorgan las encuestas. Liberman explicó esta semana, con bastante lógica, que formar un gobierno con votos árabes (provenientes de partidos "que definen a Hamas como una organización benéfica", según sus palabras) provocaría, más pronto que tarde, el regreso de Netanyahu con 70 escaños. Si las encuestas se mantienen, tras las elecciones cabe esperar una doble pugna: por un lado, entre Eisenkot y Golan; por otro, entre Liberman y Bennett. El primer dúo buscará formar un gobierno en minoría. El segundo propondrá la "Ley del Acusado" (detalles más adelante) como sucedáneo de la esperanza. Eisenkot preferirá actuar con discreción para no pagar un precio electoral en caso de fracasar. Liberman, por su parte, no querrá quedar ante la opinión pública como el hombre que frustró la oportunidad de reemplazar a Netanyahu.
Resulta imposible conciliar la brecha entre los sondeos de los distintos canales de televisión y las encuestas internas de los partidos. No se trata de un error de muestreo ni de una manipulación deliberada. A los políticos les gusta engañar a los demás, pero no a sí mismos. Esta semana, en la oposición han detectado un giro a su favor en los sondeos, lo que los sitúa de nuevo en una posición que permitiría formar gobierno. La participación electoral, en ese sector, batirá sin duda récords no vistos en años. En la coalición, por su parte, han percibido un despertar y un aumento de la participación según sus propios sondeos. Informan de una acogida entusiasta allí donde aparecen Netanyahu, Itamar Ben Gvir —líder de Otzma Yehudit— y Bezalel Smotrich, líder del Sionismo Religioso. Un bando presiente que se acerca un escenario similar al de 1977: un cambio de gobierno tras una guerra traumática. El otro bando vislumbra una repetición de 1981: una victoria contra todo pronóstico y contra todas las encuestas. La opinión pública se prepara para los ciclos A y B de 2019: una dinámica de estancamiento y parálisis propia de una pesadilla.
Footage from this morning’s terror attack near Hebron.
En un trágico desenlace para una semana marcada por un creciente debate sobre la violencia de los colonos, los israelíes despertaron con la noticia de otro ataque terrorista en Judea y Samaria. Esta madrugada, dos hombres armados llegaron cerca del cruce de Judea, en la Ruta 35, en las afueras de Hebrón, y abrieron fuego contra un puesto de control de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI).
Durante más de 20 minutos, el cruce se convirtió en un escenario de intercambio de disparos. Un paramédico se grabó a sí mismo gritando que el tiroteo no cesaba y que era imposible llegar hasta los heridos. Otras personas buscaron refugio tras una ambulancia blindada. Cinco personas resultaron heridas, dos de ellas de gravedad crítica.
Ambos atacantes fueron abatidos mientras intentaban escapar; en su vehículo, las tropas hallaron una gran cantidad de munición. Según el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, se evitó un ataque de consecuencias mucho más graves.
Las familias, cuyos preparativos para el Shabat se transformaron en vigilias en hospitales, ya saben cómo termina esta historia: en silencio. El político neoyorquino Brad Lander no cruzará medio mundo para escoltar a los israelíes en sus trayectos diarios al trabajo. Ninguna delegación de diplomáticos visitará el lugar ni expresará su indignación ante la constante violencia palestina. Estas familias también conocen demasiado bien lo que el propio Lander señaló esta semana: "la violencia, lamentablemente, nunca está lejos".
La razón de esta ceguera es sencilla, aunque moralmente reprobable. La presencia israelí en la zona se considera ilegítima; por tanto, la violencia contra los israelíes se percibe como justificada —algo que, si bien no se dice explícitamente en los círculos "respetables", queda implícito. Poco importa que los individuos que pretendían eludir el puesto de control probablemente no se preocupen mucho por dónde decida la comunidad internacional trazar sus fronteras. Irónicamente, esa justificación se basa en la misma lógica que impulsa la violencia nacionalista que esas mismas voces tanto se apresuran a condenar.
Si no resultaba ya lo suficientemente evidente, lo diré con claridad: no se desalienta la violencia decidiendo qué vidas son prescindibles.