lunes, 18 de mayo de 2026

 *Cuando una bandera no es solo una bandera*

Por Bernardo Abramovici Levin
Comunidades Plus
Hay pueblos que construyen un Estado para vivir mejor.
Y hay pueblos que necesitan un Estado para volver a respirar.
El pueblo judío no encontró los símbolos de Israel en una mesa de diseño. No nacieron de una estrategia de marketing, ni de una discusión estética entre funcionarios. Nacieron del desgarro, del exilio, de las lágrimas dichas en voz baja durante siglos. Cada símbolo del Estado de Israel es, en realidad, una cicatriz convertida en esperanza.
La bandera de Israel no flamea solamente sobre edificios públicos. Flamea sobre generaciones enteras que alguna vez no tuvieron dónde esconderse cuando golpeaban la puerta de madrugada. Sus franjas azules recuerdan el talit que acompañó al judío incluso cuando ya no le quedaba patria, idioma ni seguridad. Y la Estrella de David en el centro no es un dibujo geométrico: es el corazón visible de un pueblo que se negó a desaparecer aunque el mundo, demasiadas veces, lo hubiese preferido ausente.
Hay algo profundamente conmovedor en pensar que el mismo símbolo que alguna vez fue impuesto sobre nuestros abuelos para humillarlos, hoy está bordado sobre uniformes de soldados judíos que protegen vidas judías. La historia dio una vuelta tan inmensa que parece imposible. El pueblo que caminó hacia cámaras de gas marcado con una estrella, hoy mira al cielo y ve esa misma estrella sobre los aviones que custodian Jerusalém.
Y entonces uno entiende que los símbolos de Israel no representan solamente poder o soberanía. Representan reversión histórica. Representan la derrota del miedo eterno.
La Menorá del escudo nacional quizás sea el símbolo más estremecedor de todos. Porque no habla solamente de independencia política. Habla de continuidad. La misma luz que ardía en el Beit HaMikdash sigue encendida, siglos después, en la conciencia de un pueblo entero. Imperios desaparecieron. Civilizaciones completas fueron tragadas por el tiempo. Pero nuestra Menorá siguió viva en la memoria de madres, rabinos, niños y ancianos que jamás dejaron de pronunciar una palabra: Jerusalém.
No existe otro pueblo que haya repetido durante dos mil años “el próximo año en Jerusalém” y haya vivido para verlo cumplirse.
El himno nacional, Hatikvah —“La Esperanza”—, quizás sea el milagro emocional más grande del mundo moderno. Porque ningún pueblo escribe un himno sobre la esperanza, si antes no conoció el abismo. Cada vez que un judío escucha esas palabras, algo ancestral se despierta por dentro. No importa si nació en Buenos Aires, Casablanca, Kiev, París o Teherán. Hay un instante invisible en el que el alma entiende que volvió a casa, incluso antes de llegar físicamente a Israel.
Y tal vez ahí reside la verdadera fuerza de los símbolos israelíes: logran unir a judíos completamente distintos bajo una emoción común. Religiosos y seculares. Orientales y ashkenazíes. Pobres y ricos. Soldados y sobrevivientes. Todos reconocen en esos símbolos algo propio, algo íntimo, algo imposible de explicar del todo con lógica.
Porque Israel no es solamente un país.
Israel es memoria organizada.
Es identidad defendida.
Es el derecho del pueblo judío a dejar de pedir permiso para existir.
Por eso resulta tan doloroso, ver a ciertos judíos quemando la bandera de Israel. Porque esa bandera no representa únicamente a un gobierno ni a una corriente política determinada. Representa siglos de plegarias, de persecuciones superadas, de exilios interminables y de generaciones enteras que soñaron con volver a ver un pueblo judío de pie, y protegido en su propia tierra. Ver a un judío prender fuego a nuestra bandera, produce una herida emocional difícil de explicar, porque pareciera romperse, aunque sea por un instante, un hilo sagrado de memoria colectiva que sobrevivió a todo.
Y aun así, lo más admirable no es la fuerza militar de Israel, ni su tecnología, ni sus logros económicos. Lo más admirable es que después de todo lo vivido, el pueblo judío todavía haya elegido símbolos de luz. Una Menorá. Una esperanza. Un talit transformado en bandera. No eligió símbolos de odio ni de destrucción. Eligió memoria, continuidad y vida.
Quizás porque el alma judía entendió algo hace mucho tiempo:
un pueblo sobrevive verdaderamente cuando logra convertir su dolor en identidad y su identidad en futuro.
Y cada vez que la bandera azul y blanca se eleva sobre Jerusalém, sobre una escuela judía en la diáspora, sobre una sinagoga o sobre la tumba de un soldado caído, el mundo presencia algo infinitamente más grande que un acto patriótico.
Presencia el regreso de un pueblo a sí mismo.

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