«En la Ciudad de Oro, donde el tiempo besa la eternidad.
De los muros milenarios de la Ciudad Vieja, que aún palpitan con los pasos de Abraham, David y los profetas, hasta los latidos jóvenes de la Jerusalem Nueva, que se levanta como un himno de redención.
Aquí, cada piedra canta el Shemá.
Cada atardecer en las colinas es una promesa cumplida.
Cada corazón que late entre sus muros es parte del milagro:
«Si te olvido, Jerusalem, que se me paralice la diestra» (Salmos 137).

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