TRUMP DEBE ACEPTAR QUE ISRAEL TIENE EL DERECHO A DEFENDERSE
Por Bernardo Abramovici Levin
Comunidades Plus
Existe una realidad que muchos líderes mundiales parecen olvidar cuando hablan de Israel desde la comodidad de despachos ubicados a miles de kilómetros del frente: Israel no enfrenta amenazas teóricas. Enfrenta enemigos reales, armados y decididos a destruirlo.
Por eso resulta inaceptable que cualquier presidente de los Estados Unidos, incluido Donald Trump, pretenda imponer límites, condicionamientos o presiones cuando el Estado judío debe actuar para garantizar la seguridad de sus ciudadanos. La amistad entre naciones no puede transformarse en una relación de tutela. Israel no es un protectorado de nadie. Es una nación soberana.
Durante décadas, los enemigos de Israel han perfeccionado sus arsenales, financiado organizaciones terroristas y construido redes militares destinadas a rodear al único Estado judío del planeta. Mientras tanto, gran parte de la comunidad internacional ha preferido emitir comunicados, declaraciones y advertencias diplomáticas. Los israelíes, en cambio, han debido correr a refugios, enviar a sus hijos al ejército y vivir bajo amenazas permanentes.
Quienes exigen moderación a Israel rara vez exigen moderación a quienes buscan destruirlo. Quienes hablan de proporcionalidad rara vez explican qué nación aceptaría pasivamente que miles de misiles apuntaran a sus ciudades. Y quienes reclaman contención desde la distancia nunca parecen comprender que la primera obligación de cualquier gobierno es proteger a su pueblo.
Donald Trump debe comprender una verdad elemental: la seguridad de Israel no puede estar subordinada a intereses electorales estadounidenses, cálculos diplomáticos temporales ni estrategias de política exterior diseñadas en Washington. Cuando la supervivencia de Israel está en juego, la decisión corresponde únicamente a Israel.
Ningún aliado tiene derecho a exigir que los ciudadanos israelíes asuman riesgos que él mismo jamás aceptaría para los suyos. Ningún presidente extranjero tiene autoridad moral para pedir paciencia mientras familias israelíes viven bajo la amenaza constante del terrorismo, los misiles o las agresiones de regímenes que proclaman abiertamente su deseo de borrar a Israel del mapa.
La historia ha enseñado al pueblo judío una lección dolorosa: cuando la existencia misma está amenazada, depender de las garantías de otros puede resultar fatal. Esa experiencia histórica explica por qué Israel debe conservar siempre la libertad de actuar cuando considere que su seguridad está comprometida.
Los verdaderos amigos de Israel no son aquellos que intentan sujetarle las manos en los momentos decisivos. Son aquellos que comprenden que ninguna nación soberana puede delegar su derecho a la legítima defensa. La alianza con Estados Unidos es valiosa. La amistad entre ambos pueblos es profunda. Pero ninguna alianza puede reemplazar la responsabilidad que Israel tiene hacia sus propios ciudadanos.
Israel no necesita permiso para existir. No necesita autorización para defenderse. No necesita certificados de legitimidad emitidos desde capitales extranjeras.
Si el mundo realmente cree en el derecho de las naciones a proteger a sus habitantes, entonces debe reconocer que ese derecho pertenece también a Israel, plenamente, sin excepciones, sin cortapisas y sin presiones.
Porque la seguridad de Israel no es negociable. Y su derecho a defenderse tampoco.

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