Durante años, muchas ONG internacionales han sido tratadas como si fueran tribunales morales infalibles. Basta que una organización de derechos humanos publique un informe para que influencers, académicos, periodistas y activistas lo citen como verdad revelada. “Lo dice tal ONG”, repiten, como si eso cerrara toda discusión.
Pero no la cierra. Al contrario: debería abrirla.
Un reciente informe de la organización EiGHT, presentado en el contexto de la Comisión Real sobre antisemitismo y cohesión social en Australia, recoge testimonios de decenas de empleados y exempleados de organizaciones humanitarias y de derechos humanos. Según el informe, dentro de algunas de estas instituciones existirían problemas graves de sesgo ideológico, falta de control interno, hostilidad hacia voces judías y una tendencia a construir narrativas antiisraelíes antes que investigar los hechos con neutralidad.
La acusación es seria. No significa que toda ONG sea falsa, ni que todo informe de derechos humanos deba ser descartado. Significa algo más básico y más razonable: ninguna organización debe estar por encima del escrutinio.
El problema no es que se critique a Israel. Israel, como cualquier democracia, puede y debe ser criticado. El problema aparece cuando los estándares cambian según el país investigado; cuando se exige a Israel una precisión moral que jamás se exige a Hamas, Hezbollah, Irán, Siria, Sudán, Rusia, China o Venezuela; cuando los sufrimientos palestinos son amplificados, pero las víctimas israelíes, los rehenes, las violaciones del 7 de octubre o los niños asesinados por grupos terroristas desaparecen del relato.
Eso no es derechos humanos. Eso es activismo selectivo.
Y el activismo selectivo, cuando se disfraza de investigación objetiva, se vuelve peligroso.
Muchas de estas ONG tienen una influencia enorme. Sus reportes llegan a universidades, medios de comunicación, organismos internacionales, embajadas y cortes. Sus palabras pueden moldear percepciones, justificar sanciones, alimentar campañas de boicot y construir una imagen mundial de buenos y malos. Por eso, precisamente, deberían tener mecanismos de auditoría, transparencia metodológica y rendición de cuentas Sin embargo, demasiadas veces ocurre lo contrario. Se les cree porque son ONG. Se les cita porque “suenan” nobles. Se les usa como escudo retórico: “No lo digo yo, lo dice Human Rights Watch”, “lo dice Amnesty”, “lo dice tal organización humanitaria”. Y así muchos se ahorran el trabajo de pensar, contrastar, comparar o preguntarse quién investigó, bajo qué condiciones, con qué fuentes, con qué sesgos y con qué silencios.
Porque los silencios también son parte del informe.
Cuando una organización denuncia una operación militar israelí, pero omite que esa operación buscaba liberar rehenes, no está simplemente informando: está editando la realidad. Cuando se habla de Gaza sin explicar que Hamas controla el territorio, intimida fuentes, manipula cifras y utiliza infraestructura civil para fines militares, se está contando media verdad. Y media verdad, en temas de guerra, puede convertirse en una mentira completa.
Lo más grave es que muchos académicos e influencers repiten esos informes sin hacer una sola pregunta crítica. Les basta que el logo sea reconocido. Pero una institución prestigiosa también puede equivocarse. También puede ser capturada por ideología. También puede tener incentivos financieros, políticos o reputacionales. También puede preferir una narrativa rentable a una verdad incómoda.
La defensa de los derechos humanos es demasiado importante para dejarla en manos de organizaciones que no aceptan ser cuestionadas.
Quienes realmente creemos en los derechos humanos debemos exigir estándares universales, no selectivos. Si una ONG denuncia crímenes de guerra, que los denuncie todos. Si exige transparencia, que sea transparente. Si pide rendición de cuentas a gobiernos, que también rinda cuentas ella. Si invoca la dignidad humana, que no jerarquice víctimas según su nacionalidad, religión o utilidad política.
El mundo no necesita menos derechos humanos. Necesita menos hipocresía en nombre de los derechos humanos.
Por eso, la próxima vez que alguien cite un informe de una ONG como si fuera palabra sagrada, hagamos una pausa. Preguntemos. Leamos. Contrastemos. Revisemos metodología, fuentes, omisiones y contexto.
Porque la verdad no se determina por el logo al pie de la página.
Y la objetividad no se presume. Se demuestra.

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