En el año 70 d. C., Roma destruyó Jerusalén y el Segundo Templo, pensando que acabaría con el pueblo judío.
Sin embargo, no pudieron destruir su fe, su historia ni su identidad.
Dos mil años después, el pueblo de Israel sigue de pie, recordándonos que las piedras pueden caer, pero un legado cimentado en la fe permanece para siempre.
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