Con Irán en la mira, Israel espera en calma, un agudo contraste con el pánico de 1967
Opinión: En 1967, tres semanas de incertidumbre llevaron al colapso de un jefe militar y al temor del público; en el 2026, tras meses de espera por un posible ataque iraní, los israelíes proyectan una Israelis project an unexpected composure
Al momento de escribir esto, ustedes todavía están esperando. Y han estado esperando por bastante tiempo. A fin del año pasado, cientos de miles de manifestantes salieron a las calles en Irán. Dos semanas después, el presidente de Estados Unidos les prometió que la ayuda estaba en camino, y estuvo claro para todos nosotros que sus palabras sugerían una guerra que también impactaría el frente interno de Israel. Desde entonces, hemos estado esperando.
Los psicólogos argumentan que esperar es a menudo la fase más estresante. Numerosos estudios han mostrado que la ansiedad es más alta en el período previo a un gran acontecimiento y que se intensifica a medida que se prolonga el período de anticipación. La historia de Israel está marcada por tales extensiones de incertidumbre, la primera y más famosa conocida simplemente como el "período de espera."
Para los que vivieron durante ella, los días antes de la Guerra de los Seis Días se sintieron probablemente eternos. En realidad, el famoso período de espera duró menos de tres semanas.
El 15 de mayo de 1967, las fuerzas egipcias cruzaron el Canal de Suez, violando el acuerdo de cese del fuego de 1956. El gobierno israelí, junto con los titulares de los diarios en Israel y en el extranjero, describieron incialmente el movimiento como “manifestaciones.” Como precaución, el ejército inició una movilización gradual de fuerzas de la reserva.
Dos días después, el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser demandó que las fuerzas de la O.N.U. evacuaran sus posiciones junto a la frontera, en Sinaí y la Franja de Gaza. En ese punto, los funcionarios israelíes empezaron a entender que la situación era seria e iniciaron una movilización total de las reservas. Naciones Unidas retiró rápidamente sus fuerzas, y las tropas egipcias tomaron su lugar. El 21 de mayo, Nasser anunció el cierre del Estrecho de Tirán para la navegación israelí.
El ejército presionó al gobierno para lanzar un ataque preventivo tan pronto como fuera posible. El gobierno pasó las siguientes dos semanas buscando una solución diplomática.
La Unión Soviética respaldó los movimientos de Nasser sin reservas y acusó a Israel de belicosidad. Francia, un proveedor de armas clave para Israel en la época, impuso un embargo de armas regional.
Estados Unidos, que ya había instruido a sus ciudadanos que abandonen el Medio Oriente, envió señales confusas. El Presidente Lyndon Johnson condenó la violación de la libertad de navegación en vías fluviales internacionales, pero también advirtió a Israel que no inicie una guerra. Fuentes reveladas años más tarde sugieren una advertencia más directa, que Estados Unidos atacaría a cualquier país que disparara el primer tiro, incluso si era Israel. No queda claro si fue utilizada explícitamente la palabra “No.”
Algunos diplomáticos estadounidenses insinuaron que Washington podía trabajar para reabrir el estrecho si Israel ejercía paciencia. Otros propusieron fórmulas de compromiso bajo las cuales Egipto permitiría el paso a barcos que no llevaran la bandera israelí.
El 31 de mayo, el Consejo de Seguridad de la O.N.U. debatió si llamar a todas las partes a "renunciar a la beligerancia" o a "actuar con restricción." El debate no produjo ninguna resolución.
La creciente tensión se cobró una cuenta sobre el liderazgo de Israel. El 24 de mayo, abrumado por el agotamiento, la culpa y la creciente ansiedad, el Jefe del Estado Mayor, Yitzhak Rabin, sufrió un quiebre y estuvo ausente durante 36 horas, durante las cuales el Mayor General Ezer Weizman comandó efectivamente el ejército. Dos días después, Weizman fue descripto gritando al Primer Ministro Levi Eshkol entre lágrimas y exigiendo un ataque anticipado.
Eshkol buscó calmar al público en un discurso radial. Debido a ediciones de último minuto de su discurso, él se trabó e incluso recurrió al aire a un asesor para aclarar lo que tenía escrito ante él. La incertidumbre que proyectó durante el horario central alimentó la ansiedad del público.
La prensa, trabajando estrechamente con los censores militares, trató de proyectar fuerza y resiliencia. Describió el apoyo del público a los soldados de las reservas en el frente. "¡Larga vida al gobierno popular combatiente!" escribió Herzl Rosenblum, editor de Yedioth Ahronoth. “¡Larga vida a las Fuerzas de Defensa de Israel y a sus comandantes invictos! No habrá ningún Treblinka aquí.”
Pero entrelíneas era claro que no todo estaba bien. Miles de civiles aprovecharon la oportunidad para abandonar el país. Eilat, vista como un potencial objetivo egipcio, fue vaciada en gran parte de los residentes. Fueron distribuidas bolsas de arena por toda la nación, y a los adolescentes se les dio la tarea de llenarlas y colocarlas en posiciones defensivas en pueblos y ciudades.
En la época, la televisión israelí todavía no había empezado con transmisiones regulares. En las pocas casas con aparatos de televisión, eran recibidas transmisiones egipcias, prometiendo la destrucción de Israel. En vista de la vacilación de la dirigencia israelí, la propaganda egipcia era percibida por algunos como creíble. Las autoridades civiles se prepararon para lo peor. Enfrentando las proyecciones de decenas de miles de víctimas, la municipalidad de Tel Aviv, en coordinación con el Gran Rabinato, prepararon áreas abiertas en Parque Yaron para entierros masivos.
Cincuenta y ocho años más tarde, el contraste con el público israelí de hoy, los nietos de aquellos ciudadanos ansiosos, difícilmente podría ser más agudo.
Los medios de comunicación modernos son más diversos y descentralizados, presentando tanto advertencias como complejos escenarios de la peor situación. Nadie niega que un ataque iraní contra Israel tendría serias consecuencias, incluida la destrucción y pérdida de vidas. La espera de tal ataque ya ha durado muchas veces más tiempo que el famoso período de espera de 1967.
Y todavía, la sociedad israelí en general parece, a falta de una palabra mejor, calma.
Los que trabajan estrechamente con colegas en el extranjero la sienten aún más claramente. Muchos encuentran extraño que la mayoría de los israelíes con los que hablan parecen absolutamente indiferentes a lo que puede presentarse adelante, y algunos incluso esperan que suceda.
“Estas agendando una reunión conmigo para la semana próxima,” me dijo un ex colega, “y bromeando que podrías tenerla desde el refugio, que yo no debería entrar en pánico si hay explosiones de fondo. ¿Eres normal?”
Este pensamiento abarca generaciones. Jóvenes y viejos por igual siguen sus rutinas en una forma que confunde a los de afuera.
Algunos pueden ver esto como entumecimiento o locura colectiva. Ellos se están perdiendo de algo. En una cultura de discrepancias feroces, y a menudo tóxicas, que se han vuelto parte de la experiencia israelí en los últimos años, es fácil perderse en los detalles complejos y pasar por alto el cuadro más general.
Comparada con el público israelí en la víspera de la Guerra de los Seis Días, la sociedad israelí de hoy refleja, por sobre todo, una resiliencia extraordinaria. El gobierno actual es más controvertido que el que precedió a esa guerra. El público está más dividido en cuestiones centrales que continuan preocupándolo incluso ahora.
Pero es difícil no mirar con una medida de asombro la confianza de la sociedad israelí en su capacidad de defenderse, y en la capacidad de sus líderes actuales, sin importar cuan discutidos en partes del público, para tomar las decisiones correctas sobre este tema.
A pesar del temor y el miedo, la guerra terminó como terminó.
Uno sólo puede esperar que la guerra actual, si llega, termine de forma similar, y que nos encontremos nuevamente a las seis en punto tras la victoria.
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