Los musulmanes ganan si el régimen de Irán pierde
Una derrota de los mulahs devengaría beneficios que repercutirían en el mundo.
Por Sadanand Dhume
Marzo 25, 2026
El fin del régimen revolucionario islámico en Irán no serían buenas noticias sólo para EE.UU. e Israel. Una derrota de los ayatolas sería también beneficiosa para los dos mil millones de musulmanes del mundo. Extinguiría un experimento radical con una sombra espantosa que se extiende desde Líbano a Indonesia.
En 1979 los estadounidenses sintieron los efectos malignos de la revolución islámica de ese año, la cual reemplazó al autocrático pero modernizador Shah Mohammad Reza Pahlavi por el Ayatola Ruhollah Khomeini. Los estudiantes iraníes alineados con el ayatola atacaron la Embajada de Estados Unidos en Teherán y mantuvieron como rehenes a 52 estadounidenses durante 444 días.
El régimen clerical estaba intencionado en expandir violentamente su influencia fuera de Irán. En 1983 el Hezbola respaldado por Irán asesinó a 241 marines de EE.UU. en Beirut. Al año siguiente, Hezbola secuestró el jefe de la estación Beirut de la CIA, William Buckley. El murió en cautiverio tras más de un año de tortura.
En 1989 Khomeini condenó al autor británico-indio Salman Rushdie a muerte por escribir una novela que ofendía las sensibilidades islámicas ortodoxas. El mensaje: Clérigos musulmanes a miles de millas de distancia decidirían los límites de la libertad de expresión en el Occidente. En el año 2022 un fanático religioso libanés-estadounidense apuñaló al Sr. Rushdie 15 veces en la parte septentrional de New York. El Sr. Rushdie perdió la visión en su ojo derecho.
En el camino, el régimen de los mulahs hizo una rutina de los cánticos de "Muerte a Estados Unidos" y "Muerte a Israel" en las calles iraníes; estableció una red de aliados terroristas que abarcaba Irak, Yemen, Siria y Líbano; y se convirtió en el principal patrocinante de los grupos terroristas Hamas y Hezbola enfocados en Israel. Los grupos aliados satélites iraníes asesinaron o mutilaron a miles de soldados estadounidenses en Irak con bombas en los costados de las rutas. El régimen patrocinó ataques terroristas en Argentina, Bulgaria y Alemania, entre otros lugares.
Muchos en el Occidente están al tanto del historial empapado en sangre del régimen islámico y su opresión a las mujeres, artistas e intelectuales. Pero la revolución de 1979 también hizo retroceder a los musulmanes en todo el mundo. Señaló a los islamistas en todos lados—chiíes y suníes—que la búsqueda de imponer "la ley de Dios", o Sharia, en la tierra no era una fantasía sino un objetivo realista.
Antes de Khomenei, los clérigos respetados habían evitado la idea del gobierno clerical. La innovación política del ayatola, conocida como Velayat-e faqih, o Tutela de Jurista Islámico, desechó una tradición de quietismo o deferencia clerical a la autoridad real. A partir de aquí, los clérigos iraníes no presionarían meramente por un estado y una sociedad gobernados por la Sharia. Ellos implementarían su visión capturando al estado mismo.
El experimento iraní tenía un sabor distintivamente chií, pero los islamistas suníes reconocieron al instante su importancia. Khomeini siempre se vió a sí mismo como un enemigo del nacionalismo iraní, dice Armin Navabi, un escritor y activista iraní-canadiense, en una entrevista telefónica desde Vancouver. El objetivo del régimen era trascender la nación y fomentar la revolución islámica donde fuera posible.
No es coincidencia que el sucesor de Khomeini, el ayatola Ali Khamenei, tradujera las obras del influyente Sayyid Qutb de la Hermandad Musulmana egipcia del árabe al persa. Los islámicos chiíes y suníes pueden diferir en los detalles de cómo se debe ver una sociedad islámica. Pero ambos grupos saben que está fundamentalmente en polos opuestos con los libres mercados y la democracia liberal.
La revolución iraní terminó provocando una carrera de armas ideológica con Arabia Saudita. Ambos países arrojaron miles de millones de dólares en propagar sus respectivas versiones de la ortodoxia islámica en todo el mundo. En muchas comunidades suníes, los saudíes hicieron más que cualquier otro país por catalizar el extremismo.
Pero hay una gran diferencia. Durante las últimas dos décadas, y especialmente con el ascenso al poder del Príncipe de la Corona Mohammed bin Salman desde el 2015, Arabia Saudita ha revertido el rumbo. Si visitan Yedah o Riad, ustedes verán mujeres trabajando en oficinas, centros comerciales y aeropuertos. El reino ha levantado sus restricciones sobre las mujeres manejando. El ritmo del cambio puede ser más lento que en la puerta de al lado en los Emiratos Arabes Unidos, pero en ambos casos la dirección es clara. Los saudíes y emiratíes están apostando que su pueblo quiere vivir vidas prósperas del siglo XXI.
Los mayores beneficirios del fin del gobierno clerical serían los iraníes. "El recurso más grande de Irán no es el petróleo y el gas, es el pueblo iraní,” dice el Sr. Navabi. Desde la revolución, los exiliados iraníes han prosperado en el Occidente, dejando su marca en negocios, ciencia y artes. Si se les da una oportunidad bajo un gobierno decente, no hay razón por la cual ellos no sobresaldrían en Irán también. Es fácil imaginar un Irán democrático uniéndose a las primeras filas del mundo, una versión del Golfo Pérsico de Corea del Sur.
Los beneficios de tal transformación repercutirán a lo largo del mundo islámico. Los estados del golfo ya dinámicos se beneficiarían de la estabilidad, una inyección nueva de capital para la región, y un florecimiento de la creatividad persa. Pakistán probablemente ganaría una medida de alivio de las tensiones menguantes entre suníes y chiíes.
No está claro si el régimen de los mulahs colapsará pronto o sobrevivirá más allá de su 50º aniversario en el 2029. Pero no hay dudas que el mundo será un lugar mejor si el cruel experimento iniciado por el ayatola Khomeini es enterrado para siempre.
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