domingo, 29 de marzo de 2026

 

Terminen el trabajo en Irán

Lo peor que podría hacer ahora el Presidente Trump es cancelar prematuramente la campaña militar.


Por Matthew Continetti
Marzo 27, 2026
President Trump at the White House on March 26.President Trump at the White House on March 26. Photo: Will Oliver/EPA/Bloomberg News


Escuchando al Presidente Trump, Operación Furia Epica está casi finalizada. "Ustedes saben, no me gusta decir esto—hemos ganado esto,” dijo el Sr. Trump el martes en la Casa Blanca. “Porque esta guerra ha sido ganada, a los únicos que les gusta que siga son a las noticias falsas."

No del todo. Lo peor que el Presidente Trump podría hacer ahora es detener prematuramente la campaña militar conjunta de Estados Unidos e Israel. El comando y control, defensas aéreas, armada, misiles, drones, programa nuclear y base industrial de defensa de Irán pueden estar dañados gravemente, si no destruidos. Pero quedan gran cantidad de objetivos. Y el régimen tiene poderío, especialmente sobre la energía que fluye a través del Estrecho de Ormuz.

Si Operación Furia Epica concluye con el régimen iraní en el poder, además, el trabajo del Sr. Trump estará sólo empezando. Sus opciones determinarán la forma del Medio Oriente y los retos que él deje a sus sucesores. El bombardeo puede detenerse, pero las decisiones difíciles no lo harán. Y el historial es claro: La brillantez táctica de 10,000 ataques no iguala a la victoria estratégica.
Los críticos de Operación Furia Epica trazan analogías con Operación Libertad Duradera en Afganistán en el 2001 y con Operación Libertad Iraquí en el 2003. Ellos vinculan la demolición de la maquinaria bélica de Irán con contrainsurgencias de décadas de duración y creación de nación. Ellos enumeran diariamente los riesgos de la "guerra eterna", aun cando la guerra misma tiene apenas cuatro semanas. Pero ellos deberían también estudiar Operación Tormenta del Desierto del año 1991. Fue una campaña destacable que dejó irresuelto su problema central—qué hacer respecto a Saddam una vez que se silenciaran las armas.
Consideren la cuestión del colapso del régimen. Al momento de escribir esto, el pueblo iraní todavía no se ha movilizado contra su gobierno. El aparato de represión de la República Islámica—que mató a más de 30,000 disidentes anteriormente este año—continúa instilando temor. Tampoco es fácil protestar bajo bombardeos. El Almte. Brad Cooper, jefe del Comando Central, destaca que las condiciones son demasiado peligrosas para una revuelta generalizada.
¿Por qué? Porque el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica utiliza a los civiles como escudos. "Ellos están lanzando misiles y drones desde áreas pobladas, y ustedes tienen que permanecer dentro por ahora," dijo hace poco el Almte. Cooper. "Habrá una señal clara en algún punto, como ha indicado el presidente, para que puedan salir." 
Supongan que llega una señal clara. Supongan que los iraníes salen a las calles y el CGRI responde con fuerza letal. ¿Ayudará el Presidente Trump a los manifestantes—incluso al costo de un cese del fuego? ¿O se mantendrá a un costado, dejando a los civiles iraníes indefensos ante el CGRI? Si Washington alienta el cambio de régimen sin seguir hasta el final, perderá su credibilidad, su disuasión y su honor.
Lo hemos visto antes. Antes de lanzar la guerra terrestre estadounidense para expulsar a las fuerzas de Saddam Hussein de Kuwait en 1991, el Presidente George H.W. Bush expresó su deseo que "el ejército y el pueblo iraquí tomen las cosas en sus propias manos y obliguen a Saddam Hussein, el dictador, a hacerse a un lado.”
El ataque terrestre fue extraordinario. En 100 horas, la coalición liderada por EE.UU. completó sus objetivos. La Guardia Republicana de élite de Saddam estaba en huída. Pero Bush terminó la guerra antes de aniquilarlas. El régimen de Saddam estaba herido pero intacto.
Las consecuencias fueron trágicas. Al cabo de días del cese del fuego, rebeldes kurdos en el norte de Irak tomaron las armas contra Saddam. Los chiíes se levantaron en el sur. Saddam usó sus helicópteros restantes para aplastar la rebelión. Y Estados Unidos permaneció a un lado. Murieron decenas de miles. Apresuradamente, la administración Bush impuso zonas de exclusión aérea en el norte y sur. Los pilotos estadounidenses patrullarían los cielos iraquíes durante más de una década.
“Nuestra falla en hacer más para proteger a los chiíes de Saddam contribuyó a una sensación de traición y sospecha que afectó nuestras relaciones doce años más tarde cuando Estados Unidos estaba enfrentando a Saddam una vez más," escribió Dick Cheney en su biografía. Peor, la inacción estadounidense envalentonó a Saddam. Sus capacidades fueron disminuidas. Su letalidad no.
Cuando Bush visitó Kuwait tras dejar el cargo en 1993, Saddam intentó asesinarlo. Los funcionarios kuwaitíes descubrieron la conspiración y desarmaron un coche bomba que estaba dirigido a Bush. El nuevo presidente estadounidense, Bill Clinton, respondió con misiles crucero. “Combatiremos el terrorismo,” dijo el Sr. Clinton al anunciar el ataque. “Disuadiremos la agresión. Protegeremos a nuestra gente.”
No fue suficiente. Saddam siguió conspirando. El evadió las inspecciones de armas de la ONU. El convirtió el programa Petróleo por Alimento de la ONU en una estafa descomunal. Irak se hundió en la pobreza y el abandono. En diciembre de 1998, la ONU retiró a sus inspectores de Irak después que Saddam anunció que ya no cooperaría más con ellos. El Sr. Clinton autorizó Operación Zorro del Desierto, atacando presuntas instalaciones químicas y centros de mando y control.
La amenaza persistió. “En el 2001,” escribe el historiador Melyvn P. Leffler en “Confrontar a Saddam Hussein,” los "objetivos del líder iraquí no habían cambiado mucho desde 1979: El buscaba ‘grandeza personal’ y un ‘Irak poderoso que pudiera dominar el Medio Oriente y proyectar influencia en la escena mundial.'"
Poco a poco, Saddam estaba escapando a su jaula. Los líderes estadounidenses actuaron como si pudieran manejar su conducta desordenada—hasta que los ataques terroristas del 11/S convencieron al Presidente George W. Bush de lo contrario.
El Sr. Trump podría evitar esta suerte. Mientras la Casa Blanca busca negociaciones para poner fin a la guerra con Irán, las fuerzas terrestres estadounidenses se están moviendo hacia posiciones cercanas al Golfo Pérsico. Los marines, las fuerzas especiales y paracaidistas darán opciones al presidente. Ellos pueden ser utilizados para asegurar las reservas de uranio enriquecido de Irán, abrir el estrecho, garantizar la libertad de navegación y cumplir su objetivo de terminar la amenaza de la República Islámica.
La Casa Blanca dice que el Sr. Trump "descargará el infierno" si Irán no acepta un acuerdo. A veces el infierno no es suficiente. El presidente debe llevar a buen término la Operación Furia Epica--y terminar lo que inició.
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