El Presidente Trump puede estar al borde de un logro que ha eludido a los presidentes estadounidenses durante siete décadas: liberar a la Cuba comunista.
El presidente cubano Miguel Díaz-Canel dijo en marzo que su gobierno ha estado manteniendo conversaciones con Estados Unidos "dirigidas a buscar soluciones, a través del diálogo, a las diferencias que existen entre las dos naciones." Desde enero, cuando Estados Unidos derrocó al Presidente Nicolás Maduro de Venezuela, el principal abastecedor de energía de Cuba, la isla gobernada por los comunistas ha estado en caída libre.
La desaparición potencial de la dictadura cubana es el resultado directo de la política de la administración Trump, la cual reconoce que el camino a La Habana libre pasa a través de Caracas.
Tras asumir el control de la industria petrolera de Venezuela, el Sr. Trump amenazó con sanciones contra cualquier país que suministrara petróleo a la isla. México, el segundo proveedor más grande de Cuba, cortó los envíos, y el resto de la región se alineó rápidamente. Ecuador expulsó a los diplomáticos cubanos; Guatemala, Honduras y Jamaica dejaron de pagar por los servicios de los doctores cubanos (una de las principales fuentes de ingresos del régimen). Incluso el autoritario colega izquierdista del Sr. Díaz-Canel, el presidente nicaragüense Daniel Ortega, cortó las exenciones de visa de viaje para los cubanos. Ahora Washington está en el control.
Este acontecimiento bienvenido pudo haber llegado antes si los presidentes estadounidenses previos hubiesen demostrado la resolución del Sr. Trump. Gracias a sus esfuerzos, Estados Unidos tiene más influencia sobre la dinámica interna de Cuba que en cualquier momento desde que Fidel Castro llegó al poder en 1959.
La inminente caída del comunismo cubano es también un repudio al Presidente Barack Obama, cuya "normalización" poco recordada con el régimen se ve aún más temeraria en retrospectiva de lo que se veía en la época.
El 17 de diciembre del 2014, el Sr. Obama anunció un gran cambio en la política exterior estadounidense: Estados Unidos se "liberaría de las cadenas del pasado" para "normalizar" las relaciones con Cuba. Aunque el tapiz de regulaciones promulgadas durante las administraciones Eisenhower y Kennedy conocido colectivamente como el embargo había sido codificado en ley y por lo tanto sólo podía ser revertido por el Congreso, el Sr. Obama prometió sortear este obstáculo flexibilizando unilateralmente las restricciones de comercio y viaje y restableciendo las relaciones diplomáticas.
El siguiente mes de abril, el Departamento de Estado anunció que quitaría a Cuba de su lista de estados patrocinantes de terrorismo. Cuba estaba albergando entre 100 a 130 estadounidenses fugitivos de la justicia, incluida la asesina de policías condenada y en la lista de Más Buscados del FBI, JoAnne Chesimard, alias Assata Shakur. El régimen estaba también refugiando a terroristas de la ETA vasca, de las FARC colombianas y de las FALN portorriqueñas. En mayo del 2014 el Departamento de Estado había determinado que Cuba “no estaba cooperando totalmente con las campañas antiterroristas de Estados Unidos,” pero la designación tenía que ser revocada para que prosiga la iniciativa diplomática del Sr. Obama. “La Guerra Fría ha terminado hace largo tiempo," dijo él en la Cumbre de las Américas en Panamá en abril del 2015, “y no estoy interesado en tener batallas que, francamente, empezaron antes que yo naciera."
¿Qué obtuvo a cambio Estados Unidos por iniciar lo que se volvió conocido como el deshielo cubano? Increíblemente, como informó el New York Times en el 2024, "nunca hubo un quid pro quo oficial.” El régimen hizo promesas vagas sobre incrementar el acceso a Internet, permitiendo formas limitadas de empresa privada, y cooperar en protección marina. Al mes siguiente del anuncio del Sr. Obama, liberó a 53 prisioneros políticos. Pero dos meses después hizo 610 arrestos motivados políticamente. Cuando Estados Unidos llevó a cabo una ceremonia en agosto del 2015 para conmemorar la reapertura de su embajada en La Habana, ningún disidente fue invitado.
La normalización fue completada en marzo del 2016, cuando el Sr. Obama se volvió el primer presidente estadounidense en ejercicio en visitar Cuba en 88 años. En un discurso ante funcionarios del régimen en el Gran Teatro de La Habana, él dijo que 'en un mundo que se reinventó una y otra vez, una constante era el conflicto entre Estados Unidos y Cuba." Habiendo eliminado por sí solo "la sombra de la historia de nuestra relación," él decretó que era hora de "dejar atrás las batallas ideológicas del pasado" y avanzar juntos hacia una "nueva era."
La lucha entre libertad y tiranía, desafortunadamente, es eterna, a pesar de los esfuerzos del Sr. Obama por trascenderla por medio de la fuerza de su personalidad. Sin importar lo mucho que él estuviera dispuesto a proporcionar el reconocimiento que anhelaba, el régimen cubano no ofreció nada a cambio. Ningún progreso hacia elecciones libres, libertad de prensa, libertad de reunión, práctica religiosa libre, o una sociedad civil independiente. Ninguna enmienda a una constitución designando al Partido Comunista "la fuerza motora superior de la sociedad y del estado." Ninguna reforma a la economía planificada, un sistema que ilegaliza la propiedad privada y roba a los granjeros.
Cuando visité la isla en el 2015, lo que más escuché entre los disidentes fue desconcierto ante la naturaleza unilateral de la normalización del Sr. Obama. “Todo acuerdo debería estar condicionado,” me dijo Berta Soler, líder heroica de las Damas de Blanco, una organización de mujeres parientes de prisioneros políticos. "Estados Unidos tiene que poner condiciones. Si vas a dar, tienes que recibir, y por el momento el gobierno estadounidense no está recibiendo nada."
El Sr. Obama sí recibió veneración global. Pero sin ningún incentivo para reformar, el régimen endureció su represión, duplicó sus políticas económicas de mando disfuncionales, y presidió un incremento en la emigración. La primera administración Trump rescindió las medidas del Sr. Obama, y la administración Biden no las volvió a imponer, una admisión bipartidista de su fracaso.
Para el Sr. Obama, “normalizar” las relaciones con un enemigo de largo tiempo de EE.UU. era bueno en sí mismo. Su regalo cubano no promovió los intereses estadounidenses. Tampoco ayudó al pueblo cubano, que enfrentó represión aun más dura bajo un gobierno que sintió impunidad tras ser recompensado por el país más poderoso del mundo por nada.
El Sr. Obama tenía razón en que la política hacia Cuba de Estados Unidos tenía que cambiar. Los últimos tres meses han mostrado que en lugar de ser muy punitivo, no fue lo suficientemente punitivo.
El Sr. Kirchick es autor de “El Fin de Europa: Dictadores, Demagogos y la Inminente Edad Oscura” y “Ciudad Secreta: La Historia Oculta de la Washington Gay.”
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