El festival Twisted Frequency, en Nueva Zelanda, canceló al DJ israelí Dekel porque no había publicado una condena contra lo que sus organizadores llaman la «ocupación y el genocidio», según el comunicado recogido por Psymedia.
Lo más descarado: reconocieron que su investigación no encontró nada verificado y sustancial sobre sus creencias personales. Pero lo sacaron igual. No bastaba con ser músico: había que pronunciar la consigna exigida para conservar el escenario.
¡Qué hermosa inclusión! Te aceptamos siempre que pienses como nosotros y lo declares públicamente.
Esto es una bajeza. Convertir la nacionalidad de un artista en motivo para exigirle declaraciones políticas es imponer un peaje ideológico al arte.
Mucho discurso de diversidad y libertad, pero al que no repita el libreto, le cierran el micrófono.
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