domingo, 15 de marzo de 2026

DEL WSJ

 

¿Un Trump apocado? Los antisemitas creerán cualquier cosa

La noción que Benjamin Netanyahu está manejando las cuerdas del presidente es particularmente absurda.


Por Bernard-Henri Levy
Marzo 10, 2026



Entre los clichés de mesas de café que los expertos y geopolíticos encadenan con asombrosa seguridad, uno es particularmente llamativo. La guerra con Irán, dicen ellos, habría sido deseada por Israel, inspirada por Israel, e impuesta por Israel.
Estados Unidos, se nos dice con el tono cómplice de los que revelan valientemente "secretos a voces," es meramente el ejecutor—¿por qué no el auxiliar, ya que estamos?—de la “guerra de Israel.”
No niego que los dos países tienen intereses convergentes, o que sus agencias militares y de inteligencia están operando en estrecha coordinación. Pero eso se llama alianza.
¿Alguien habría dicho que Franklin D. Roosevelt estaba siendo manipulado por Charles de Gaulle? ¿O que Winston Churchill—quien en 1919 dijo que el bolchevismo debía ser estrangulado en su cuna—se volvió el títere de Stalin 22 años después? ¿De Alejandro el Grande que actuaba en nombre de las ciudades griegas de Asia a las que había liberado del control persa? ¿O de la República Romana, durante la Tercera Guerra Púnica, que estaba actuando bajo las órdenes de Massinissa, rey de Numidia? La idea es absurda.
En este caso—y por mucho que pueda disgustar a los teóricos de la conspiración—no hay misterio. Israel tiene una preocupación: neutralizar una amenaza que considera correctamente existencial. Estados Unidos tiene sus propias preocupaciones: defender a sus aliados (países árabes tanto como Israel), debilitar a un eje estratégico que va desde Teherán a Moscú y Beijing, y borrar la humillación que ha permanecido, por 47 años, como una herida abierta en el costado de toda administración desde la de Jimmy Carter—la invasión de la Embajada de Estados Unidos en 1979 y la retención de rehenes estadounidenses durante más de un año.
Todo esto sigue una lógica de intereses que tienen su propia consistencia, pero podrían diverger en las semanas o días por venir.
¿Cómo entender esto? ¿Creer que un país del tamaño de New Jersey podría torcer el brazo de un país de 350 millones, equipado con el ejército más poderoso y la red más sofisticada de bases en la historia, y gobernado por un presidente de egocentrismo sin igual? ¿Imaginar que Donald Trump—quien todos saben nunca decide nada que no sirva primero a sus propios intereses y a los de Estados Unidos—habría dado a algún primer ministro extranjero el regalo de una guerra de esta magnitud? Es simplemente grotesco.
Imaginen la escena en la Oficina Oval: Un Sr. Trump apocado se debate, vacila, reflexiona—luego se decide sólo cuando su amigo Bibi le dice qué hacer.
Llevó dos años preparar los desembarcos en Normandía, Seis meses preparar la Guerra del Golfo en 1991. Un año preparar la invasión de Irak en el 2003. ¿Quién puede imaginar que el Pentágono improvisara en unos pocos días el despliegue de dos grupos de ataque de portaaviones, el reposicionamiento de cientos de aviones de combate, el establecimiento de una red de reabastecimiento de combustible a 6,000 millas de sus costas? ¿Y la acumulación de cantidades colosales de combustible y municiones requeridos, por no mencionar las capacidades de inteligencia indispensables para tal operación?
¿Quién puede creer que el presidente estadounidense, sin importar cuan impulsivo puede ser el Sr. Trump, habría comprometido tal armada sin ver más que la punta de su nariz, y que Benjamin Netanyahu habría tenido que explicarle, mientras comían una hamburguesa, la estrategia y significado de todo ello? El razonamiento es infantil.
Pero el problema más serio radica en otro lado. Esta fábula revive una mentira muy vieja y tóxica.
Así es como la gente pensaba en la década de 1930—los que veían en “los judíos” una comunidad de conspiradores empujando a las naciones hacia la guerra, manejando las cuerdas de la catástrofe, y planificando provocar conflictos de los cuales esperaban beneficiarse.
En Francia, este fue el tema del infame panfleto en 1942 de Lucien Rebatet, “Las Ruinas.” De acuerdo con él, fueron los "belicistas judíos" quienes empujaron a Francia dentro de la guerra con Alemania y fueron por lo tanto los arquitectos reales de la ruina descripta en las escenas de éxodo, incendio y apocalipsis del libro.
Fue el hilo central de tres panfletos por parte de Louis-Ferdinand Céline: “Basuras para una Masacre” (1937), acerca de la “conspiración judía”; “Escuela para Cadáveres” (1938), denunciando la maquinaria de "adoctrinamiento" que prepara a los pueblos a luchar y morir "por Israel"; y "El Gran Lío” (1941), afirmando que los judíos habían arrastrado a Francia dentro de "su guerra."
En Estados Unidos, fue la obsesión del Padre Charles Coughlin, quien denunció en sus transmisiones radiales las "finanzas judías" empujando supuestamente a Estados Unidos hacia la confrontación con Hitler, y de Charles Lindbergh, quien en su discurso de septiembre de 1941 en Des Moines, Iowa, opuso el primer movimiento de "Estados Unidos Primero" a los "intereses judíos" que él afirmaba estaban fomentando una conflagración mundial.
El judío como belicista es un viejo cliché de la propaganda antisemita. Sería sabio sacar de circulación ese veneno terrible hoy.

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