EXCELENTE
La lección de Israel al régimen iraní y a Occidente
El 7 de octubre de 2023 no fue solo la peor masacre contra el pueblo judío desde la creación del Estado de Israel.
Fue un punto de quiebre histórico.
Un parteaguas moral y geopolítico.
Fue el inicio de una nueva guerra por la subsistencia del Estado judío y, más profundamente aún, por la identidad misma del pueblo judío en el siglo XXI.
Aquel día no se atacó únicamente territorio.
Se atacó memoria, historia y existencia.
Israel fue agredido de manera simultánea por Hamás y la Jihad Islámica Palestina desde Gaza y Cisjordania; por Hezbolláh desde el Líbano; por los Hutíes desde Yemen; por milicias proiraníes desde Irak; y, en última instancia, por el propio régimen de la Irán, que durante años financió, armó y dirigió este cerco estratégico.
Pero el 7 de octubre también marcó el comienzo de otra guerra: la guerra cultural y moral que se desplegó en universidades, calles y parlamentos de Occidente.
Una ola de antisemitismo feroz, coordinada y desacomplejada, que mostró hasta qué punto el mundo libre había bajado la guardia.
Muchos celebraron aquella masacre. Muchos relativizaron. Muchos justificaron.
Hoy, esos mismos observan atónitos las cenizas de Ham@s, el deterioro operativo de Hezboll@, el debilitamiento del eje iraní, la reconfiguración de todo el tablero regional, la caída del régimen de Bashar al-Assad en Siria, la eliminación del ayatolá Jamenei y de su cúpula militar y, próximamente, la caída de su régimen terrorist@: todo como parte del terremoto geopolítico que desató la respuesta israelí.
Israel no respondió con comunicados.
Respondió con estrategia.
Le dio una lección al terrorismo.
Le dio una lección al régimen iraní.
Pero, sobre todo, le dio una lección a los cobardes líderes del llamado “mundo libre”.
A esos dirigentes que hablan de proporcionalidad mientras miran para otro lado ante la barbarie.
A esos que invocan el derecho internacional solo cuando el Estado judío ejerce su derecho a defenderse.
A esos que, en nombre de una paz abstracta, toleraron durante años la acumulación de misiles, drones y odio alrededor de un país del tamaño de una provincia.
La lección es clara: cuando la amenaza es existencial, la ambigüedad es suicida.
Israel entendió algo que muchos en Europa y en América aún se niegan a aceptar: no se puede coexistir con quienes tienen como objetivo declarado tu desaparición. La contención infinita no disuade al fanatismo; lo envalentona.
Y lo que más incomoda a quienes anhelaban su aislamiento es que Israel saldrá fortalecido. Geopolíticamente, militarmente y estratégicamente.
La normalización con Arabia Saudita ya no es una fantasía lejana sino una consecuencia lógica de una región que empieza a cansarse del chantaje iraní.
Más temprano que tarde veremos un nuevo Medio Oriente.
También hay un símbolo que no puede pasar inadvertido.
Durante años, el ayatolá Ali Jamenei pregonó la destrucción de Israel como objetivo histórico, como mandato religioso y político.
Hizo de esa consigna una bandera, un eje doctrinario, una obsesión estratégica.
Sin embargo, el tiempo, ese juez implacable, demuestra algo elemental: los regímenes pasan, los líderes envejecen, las amenazas mutan… pero Israel sigue en pie.
Jamenei se fue de este mundo sin ver cumplido su sueño.
Sin ver desaparecer al Estado judío.
Sin ver rendido al pueblo que juró borrar del mapa.
Paradójicamente se fue eliminado por el Estado judío.
Y esa, también, es una lección.
Nunca podrán con Israel. Nunca podrán con el alma judía.
Am Israel Jai.
Dani Lerer

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