En Camp David en el año 2000, Yasser Arafat dijo a Dennis Ross, negociador principal del Presidente Bill Clinton en Medio Oriente, que nunca hubo un templo judío en la Tierra de Israel. Ross, tomado por sorpresa, advirtió a Arafat que no dijera tonterías al presidente los Estados Unidos. En la época, afirmaciones como esta—que los judíos podrían ser colonialistas en su propia patria ancestral—vivían sólo en los márgenes más locos del discurso occidental y eran descartados normalmente como absurdas. Pero apenas dos décadas después, tras el ataque de Hamas el 7 de octubre, estas afirmaciones otrora marginales han pasado a ser generalizadas, dando forma a las protestas en los campus, impulsando las narrativas de los medios de comunicación, y animando nuestro discurso público con falsedades divisivas.
Vemos esta transición más prominentemente en un conjunto de afirmaciones cada vez más influyentes sobre los orígenes y legitimidad de Israel—afirmaciones que, debido a cuan fuerte son afirmadas y cuan a menudo son repetidas, ahora encuadran la forma en que muchos estadounidenses entienden la historia del estado judío. Antes que podamos tomar seriamente estas afirmaciones, sin embargo, debemos ponerlas a prueba contra los mismos criterios legales e históricos que aplicamos a otras cuestiones discutidas en nuestra sociedad. Y es cuando aplicamos este nivel de escrutinio—basado en la razón y el sentido común, no en el sesgo o prejuicio o la emoción—que estas afirmaciones comienzan a desmoronarse. El hecho es que, a pesar de la intensidad del debate en torno a ello, el estátus de Israel como un estado no es ni inusual ni legalmente ambiguo en el sistema internacional moderno.
Hablando relativamente, el moderno Estado de Israel es un país bastante antiguo. Cuando la ONU lo aceptó como un estado miembro el 11 de mayo de 1949, Israel se convirtió simplemente en el quincuagésimo noveno país en el mundo. Hoy, la ONU cuenta con 193 estados miembros, lo que significa que Israel es más antiguo que dos tercios (134 de 193) de los países del mundo. Aun así, Israel es el único país cuya existencia está siendo constantemente cuestionada y debatida.
Desde el líder supremo de Irán a la Asociación de Maestros de Massachusetts y el predicador bautista Alex Awad, la afirmación que Israel es “un estado ilegítimo” es una de las afirmaciones más ampliamente aceptadas que he escuchado en los más de dos años desde la invasión de Hamas el 7 de octubre del sur de Israel. Pero se desmorona inmediatamente cuando aplicamos los factores legales relevantes a los hecho históricos indiscutidos.
Empecemos con el marco. Al evaluar la pretensión de un pueblo a la condición de estado, el derecho internacional plantea cuatro preguntas: ¿El estado naciente tiene una población permanente? ¿Tiene un territorio definido? ¿Es gobernado por un único gobierno efectivo? ¿Y tiene la capacidad de conducir relaciones exteriores?
Esta prueba proviene de un tratado firmado en 1933 en Montevideo, la capital de Uruguay. Aunque la resultante Convención de Montevideo fue ratificada apenas por diecinueve estados, sus disposiciones han sido aceptadas ampliamente como derecho internacional y son pensadas generalmente para aplicarse incluso a países que no la firmaron. El resumen es que una nación no se convierte en un estado simplemente declarando su condición de estado. Los antropólogos y lingüistas han identificado más de siete mil grupos étnicos diferentes en todo el mundo hoy. Pero hay tan sólo 193 naciones-estado representadas en la ONU, lo que significa que más del 98% de los grupos étnicos del mundo no tienen su propio estado.
Esto surge todo el tiempo en mis discusiones con jóvenes estudiantes universitarios que se preguntan si no es un poco injusto que los palestinos no tengan un estado propio. Por supuesto, eso no es exactamente correcto. Ellos sí tienen su propio estado: Se llama Jordania, al cual los británicos dividieron del resto de la Palestina del Mandato como lo que se suponía ser un nuevo estado árabe palestino en la década de 1920. Pero aquí está el tema: Aún si Jordania no fuera un estado palestino, la ausencia de un estado palestino no sería más injusta que la ausencia de un estado kurdo o un estado uighur o un estado tibetano—entre muchos otros. Para convertirse en estado, en resumen, una nación debe satisfacer los cuatro factores de Montevideo mostrando que tiene una población permanente, un territorio definido, un gobierno efectivo, y la capacidad de conducir relaciones exteriores.
Israel cumple todos estos cuatro factores hoy: Tiene una población permanente de israelíes; tiene fronteras definidas internacionalmente (aun cuando puede tener algunas disputas con sus vecinos acerca de donde se sitúan exactamente esas fronteras); tiene un único gobierno efectivo; y tiene un ministerio de asuntos exteriores en funcionamiento. Y esto era todo igualmente cierto allá por 1948, cuando fue fundado el estado judío.
Primero, Israel en 1948 tenía una población permanente: los judíos y los árabes que estaban viviendo en la tierra que la ONU había reservado para el estado judío. El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU votó por 33 a 13 por reconocer la Tierra de Israel como el hogar ancestral del pueblo judío y por ratificar su reivindicación antigua a la tierra. Esto fue otrora visto como tan poco controvertido que sigue siendo uno de esos poco comunes ejemplos tempranos de consenso entre Oriente y Occidente durante la Guerra Fría, ya que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética votaron por reconocer la fundación de Israel.
El 11 de mayo de 1949, tras la exitosa Guerra de la Independencia de Israel, la ONU votó (por 37 a 12) por aceptar a Israel como su quincuagésimo noveno estado miembro. Estas resoluciones de la ONU también mapearon el territorio del naciente estado judío, satisfaciendo así el segundo factor de Montevideo.
Tercero, Israel en 1948 tenía un gobierno central efectivo, dirigido por un comité ejecutivo—el cual era dirigido por el presidente de ese comité, David Ben-Gurion, quien se convertiría en el primer primer ministro del país. El nuevo país también tenía un sistema judicial independiente, dirigido por una corte suprema, y una legislatura, el que todavía gobierna al país hoy.
Cuarto, Israel en 1948 tenía una infraestructura entera dedicada a la conducción de las relaciones exteriores, lo que incluía al ministerio del exterior dirigido por Moshe Sharett, un firmante de la Declaración de la Independencia de Israel.
Habiendo cumplido así todos los cuatro elementos de la prueba legal que gobierna la creación de las naciones-estado bajo el derecho internacional, Israel era incuestionablemente un estado legítimo cuando comenzó a existir en 1948. Cabe destacar, el así llamado "Estado de Palestina", el cual ha sido reconocido por más de 140 países alrededor del mundo—incluyendo, en el 2025, por parte de varios estados europeos occidentales--falla la prueba de Montevideo.
Incluso suponiendo que el nuevo "estado" estuviera compuesto de una población permanente y que tiene la capacidad de conducir relaciones exteriores, no tiene fronteras definidas. De hecho, muchos estados que ahora reconocen la existencia de "Palestina" parecen conceder que no tiene ninguna frontera definida, ya que han estado dispuestos uniformemente a decir cuales serían las fronteras del nuevo "estado." Y son sabios en abstenerse de ofrecer tal opinión porque el pueblo palestino, de acuerdo con toda encuesta que ha sido conducida sobre este tema, rechazaría rotundamente cualquier frontera propuesta que permita la existencia de un estado judío sobre cualquier frontera—una demanda maximalista árabe que se remonta a 1937 y que ningún país europeo consideraría seriamente.
En lugar de estar abochornados porque los propios palestinos rechazan las fronteras del propuesto "Estado de Palestina," entonces, los países reconocedores simplemente han eludido el tema negándose a establecer cualquier frontera para el nuevo estado. Pero un estado sin fronteras no es un estado válido en virtud del segundo elemento de Montevideo. Aun si el nuevo "Estado de Palestina" tuviera un territorio definido, sin embargo, todavía fallaría en el tercer elemento de Montevideo porque no tendría un único gobierno efectivo.
Hamas—un grupo designado terrorista por EE.UU.—ganó la única elección que los palestinos han tenido en este siglo, allá por el año 2006. Tras esa elección, la gobernante Autoridad Palestina se negó a renunciar al control del gobierno en Ramala, que gobierna a los palestinos en Judea y Samaria (la Margen Occidental). Infeliz con este resultado, Hamas descargó una purga violenta contra los representantes de la Autoridad Palestina en Gaza, ejecutando públicamente a cientos de funcionarios de la Autoridad Palestina e instalándose como la única autoridad gobernante en Gaza, la cual gobernó sin elecciones o disenso hasta que Israel lo expulsó del poder tras el 7 de octubre. Hay también cientos de miles de judíos viviendo en Judea y Samaria hoy que son gobernados por el gobierno israelí, no por la Autoridad Palestina. Hay así tres gobiernos en los así llamados territorios palestinos—nadie—y ninguno tiene el control efectivo sobre la población entera.
La Autoridad Palestina es impopular, corrupta, y débil, y las encuestas muestran que perdería cualquier elección palestina, lo cual es el motivo por el cual no ha sido celebrada ninguna elección en Judea y Samaria desde el año 2006. Y el gobierno israelí, el cual mantiene algún control sobre partes de Judea y Samaria y Gaza, obviamente no es el gobierno que quisieran ver a cargo los que proponen un estado palestino. Pero eso sólo deja a Hamas, el cual todas las recientes potencias reconocedoras—incluidos los estados árabes del golfo, tales como Arabia Saudita, los Emiratos Arabes Unidos (EAU), y Bahrein, y especialmente los estados europeos—han declarado que nunca se le puede permitir gobernar a los palestinos.
Entonces, nuevamente, tenemos un movimiento político electo (Hamas), que ninguna de las grandes potencias aceptaría, autoridad no electa que los mismos palestinos rechazan. Como el nuevo "estado" no tiene ningún gobierno efectivo—de hecho, como nadie puede acordar en cual sería su gobierno—el “Estado de Palestina” falla el tercer factor de Montevideo.
Aquí, entonces, hay un pantallazo del distorsionado estado del discurso público en el Occidente hoy: Israel es llamada ilegítima aun cuando cumple (y ha cumplido desde su fundación) todos los factores que establece el derecho internacional para la creación de las naciones-estado legítimas, mientras que el nuevo "Estado de Palestina" es reconocido como legítimo aun cuando falla en muchos de estos mismos factores.
Lo que está finalmente en juego en este debate no es simplemente la posición de Israel en la comunidad global sino la coherencia del mismo sistema internacional. Si los observadores aparentemente bien informados pueden descartar la condición de estado de una nación a pesar de su cumplimiento con los criterios legales ampliamente aceptados, entonces la legitimidad se desvincula del derecho y se vuelve vulnerable, en cambio, a algo mucho menos estable y mucho más pernicioso: la moda política, el capricho ideológico, el sentimiento mayoritario. Cualquier transición de este tipo—en esta y otras cuestiones de derecho internacional—entonces tendría repercusiones a través de las fronteras, invitando a desafíos a la legitimidad de los estados mucho más allá del Medio Oriente. Un mundo que descarta los estándares legales básicos desmantela el orden internacional y pierde cualquier pretensión de credibilidad moral.
Roy K. Altman se desempeña como un Juez de Distrito de Estados Unidos para el Distrito Sureño de Florida
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