lunes, 13 de julio de 2026

 Mike Huckabee, embajador de Estados Unidos en Israel, acaba de expresar con total naturalidad una idea que durante años se ha movido entre susurros y declaraciones ambiguas.

Al ser consultado sobre la noción de que Israel posee un derecho bíblico sobre las tierras comprendidas entre el Nilo y el Éufrates —una visión que abarcaría territorios pertenecientes hoy a varios países de Oriente Medio— respondió sin rodeos:
“Estaría bien si tomaran todo.”
Gobiernos de distintos países, entre ellos Jordania, Arabia Saudita, Egipto, Turquía, Indonesia y Pakistán, rechazaron las declaraciones. La respuesta oficial estadounidense fue que esas palabras no representan la política de Washington.
Pero la realidad es que ni siquiera necesitan reflejar la política oficial. Son parte del sistema de creencias que termina moldeando esa política. Es como un golfista que golpea la pelota por memoria muscular y no por un cálculo consciente.
Por eso, para muchos observadores, el apoyo incondicional a Israel ya no parece simplemente una alianza geopolítica. Parece la convergencia entre poder militar, convicción ideológica y respaldo diplomático permanente.

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