Hans, un padre alemán de Berlín de 27 años, fue obligado a servir como guardia en Auschwitz en 1943, aunque detestaba esa labor. Tenía dos hijas en casa. Una noche, Miriam, una niña judía de 7 años, se escabulló de la fila que conducía a la cámara de gas y se escondió, temblando, en la torre de vigilancia de Hans. Él la encontró. Podría haberle disparado; en cambio, la ocultó bajo su abrigo y la sacó del campo escondida en un carro de lavandería lleno de uniformes sucios, arriesgándose a ser ejecutado. La llevó a su casa, en un pueblo cercano, y la escondió en el dormitorio de sus hijas, diciéndoles: «Esta es su nueva hermana; no tenía a nadie». Sus hijas compartieron su cama con ella. Miriam sobrevivió a la guerra como una tercera hija para Hans. Tras el conflicto, Hans fue juzgado, pero Miriam testificó a su favor: «Era un guardia que salvó a una persona; me salvó a mí». Fue condenado a dos años de prisión en lugar de a la muerte, pues la vida de una niña demostraba que seguía siendo un padre, aun bajo un uniforme que le exigía comportarse como un monstruo.

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