martes, 28 de julio de 2026

 El 11 de julio en Budva, Montenegro, un grupo de más de diez jóvenes agredió a turistas israelíes después de que respondieran de dónde eran. Resultado: uno con la mandíbula rota, otro inconsciente. Días antes, en la misma Montenegro, otros israelíes habían sido grabados mientras recibían insultos. Dos días después, el 13 de julio, seis turistas israelíes fueron atacados en un campamento en el norte de Mongolia por hombres que oyeron hebreo, gritaron "Heil Hitler" y arremetieron con hachas y cuchillos. Los tres hombres del grupo, excombatientes, lograron repeler el ataque. Uno salió con fractura de mandíbula.

Dos continentes. Una semana. El mismo detonador: hablar hebreo o identificarse como israelí.
Esto no es nueva información para el gobierno israelí. En julio de 2026, el Ministerio de Asuntos Exteriores publicó su informe "Mapa de la Angustia": 45 incidentes antisemitas contra ciudadanos israelíes en el extranjero en el último año. Agresiones físicas, escupitajos, expulsiones de hoteles, cafés y restaurantes, acoso verbal. Un nivel que los propios funcionarios israelíes describen como sin precedentes en escala.
El patrón se intensificó desde el 7 de octubre de 2023 y no ha parado. En Grecia, grupos pro-palestinos hostigaron a turistas por hablar hebreo. En Italia circularon formularios anónimos para "mapear" turismo "sionista". Encuestas de 2025 ya mostraban que una parte significativa de viajeros israelíes modificó destinos o canceló viajes por temor.
Aquí es donde el análisis exige una distinción que el debate polarizado tiende a borrar.
Criticar con dureza las políticas del gobierno israelí —las operaciones en Gaza, la expansión de asentamientos, la respuesta militar— es legítimo, necesario y parte del debate democrático internacional. Pero hay un salto cualitativo enorme entre criticar a un gobierno y golpear a un turista que simplemente habla su idioma. Los afectados en Montenegro y Mongolia no son funcionarios ni militares en servicio. Son civiles —muchos jóvenes, algunos familias— que viajan por ocio y cuyo único vínculo con las decisiones de su gobierno es tener el mismo pasaporte.
Responsabilizar a un individuo por las políticas de su Estado es el mismo principio que, en otras épocas y contextos, se ha aplicado a minorías con consecuencias históricas que todos conocemos. No mejora la situación en Gaza. Solo añade víctimas civiles en otro continente y refuerza exactamente la narrativa de persecución que el gobierno de Netanyahu usa para justificar sus políticas ante su propia población.
La línea entre antisionismo político y antisemitismo clásico se vuelve genuinamente borrosa cuando los mismos agresores que gritan "Free Palestine" en Montenegro también gritan "Heil Hitler" en Mongolia. Esas dos consignas no vienen del mismo lugar ideológico. Y su coexistencia en los mismos ataques dice algo incómodo que el debate progresista internacional necesita procesar con honestidad.
¿Se puede condenar la política del gobierno israelí y simultáneamente condenar los ataques a civiles israelíes en el exterior, o la polarización ya no nos deja hacer las dos cosas al mismo tiempo? 👇

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