El nazismo sigue siendo el principal e indiscutible responsable de la Shoah. Sin embargo, en gran parte del discurso público y en una memoria colectiva selectiva, se olvida con sorprendente facilidad lo que hicieron —o, más bien, lo que dejaron de hacer— las democracias occidentales y los llamados «libertadores» respecto a los judíos antes y durante la guerra.
En la Conferencia de Evian de 1938, casi todas las naciones participantes expresaron verbalmente su solidaridad, al tiempo que se negaban en la práctica a aumentar las cuotas para los inmigrantes judíos que huían de Alemania y Austria. Solo la República Dominicana ofreció un refugio limitado. El mensaje para los nazis fue claro: el mundo no quería a esos refugiados. Barcos como el *St. Louis* fueron rechazados. Las cuotas restrictivas en Estados Unidos y Gran Bretaña, las políticas antiinmigración y un antisemitismo generalizado (incluso institucional) transformaron los posibles refugios en muros.
A partir de 1942, las noticias sobre el exterminio sistemático llegaron a los Aliados. Durante mucho tiempo, la respuesta oficial se basó en la fórmula del «rescate mediante la victoria»: derrotar primero a Alemania y liberar después a quienes sobrevivieran. La Conferencia de Bermudas de 1943, convocada mientras ardía el gueto de Varsovia, resultó ser —tanto para los participantes como para los historiadores— una fachada para la inacción. Existía el temor de que Hitler «descargara» masas de judíos sobre los Aliados, generando problemas logísticos y políticos. No se abrieron vías de negociación significativas, no se aumentaron sustancialmente las cuotas de visados ni se desviaron recursos para operaciones de rescate a gran escala.
En 1944, cuando los bombarderos aliados ya operaban sobre Silesia y atacaban plantas industriales a pocos kilómetros de Auschwitz-Birkenau, se rechazaron las peticiones de bombardear las líneas ferroviarias o las instalaciones de exterminio. Entre las razones oficiales alegadas figuraban la necesidad de destinar recursos a operaciones decisivas, las dudas sobre la eficacia de la medida y el riesgo de matar a los prisioneros. Diversos críticos (como David Wyman y otros) han documentado que esta decisión se ajustaba a una política preexistente de no emplear fuerzas militares para objetivos humanitarios específicos. Los aviones sobrevolaron la zona o pasaron cerca del complejo; se atacaron fábricas de caucho sintético, pero no las cámaras de gas. Si bien esto no equivale al programa de exterminio nazi, representa un grave y documentado caso de inacción.
En el frente oriental, la situación es aún más compleja —y a menudo pasada por alto—. En la Unión Soviética existía un antisemitismo endémico, acompañado de directrices que restringían la concesión de condecoraciones a los soldados judíos. Los casos de malos tratos a judíos que habían huido para unirse a unidades partisanas, seguidos de oleadas de represión estalinista, demuestran que ni siquiera entre los «libertadores» del Este existía pureza moral o solidaridad automática.
Ninguno de estos hechos equipara a los Aliados con los nazis. Sin embargo, la indiferencia burocrática, las políticas de cierre de fronteras a los refugiados, la negativa a emprender acciones específicas y el antisemitismo persistente tanto en las sociedades democráticas como en el aparato soviético son partes integrantes de la tragedia. Olvidarlos solo sirve para construir una narrativa maniquea poblada únicamente por monstruos absolutos en un bando y salvadores inmaculados en el otro. Una memoria honesta no resta ni una sola víctima a la cifra total de muertos a manos de los nazis; no obstante, exige que dejemos de fingir que las democracias y la Unión Soviética hicieron todo lo posible, o que la única historia que merece contarse es la de un heroísmo sin fisuras. El abandono de los judíos por parte de quienes podían haber hecho más —pero decidieron no hacerlo— constituye un capítulo incómodo y documentado que, con demasiada frecuencia, queda eclipsado.

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