Su marido se negaba a llamarla por su nombre. Su hijo hizo que ese nombre brillara con letras luminosas sobre Nueva York.
Su nombre era **Bryna Sanglel**.
Llevó ese nombre desde un pequeño pueblo de lo que hoy es Bielorrusia, cruzando un océano hacia lo desconocido. A los diecinueve años subió a un barco rumbo a Estados Unidos, llevando únicamente esperanza y un billete que Herschel, quien le había prometido un futuro mejor, había comprado para ella.
Se casaron en 1910. Ese futuro mejor resultó ser Ámsterdam, Nueva York: no la reluciente ciudad de las oportunidades, sino una gris ciudad industrial donde las familias inmigrantes trabajaban por unos pocos centavos.
Bryna tuvo siete hijos con Herschel. Primero, seis hijas. Finalmente, un hijo. Lo llamaron **Issur**. La familia lo llamaba **Izzy**.
Estados Unidos no cumplió sus promesas.
Herschel, que había sido un respetado comerciante de caballos en Rusia, se convirtió en chatarrero en el Nuevo Mundo. Empujaba un carro por las calles y recogía chatarra, basura, cualquier cosa que pudiera vender por unos centavos. Gastaba lo poco que ganaba en botellas y partidas de cartas. En casa era peor que estar ausente. Era cruel.
Nunca llamaba a su esposa por su nombre. Solo decía:
—¡Eh, tú!
Bryna no sabía leer ni escribir. Pero sabía trabajar. Fregaba suelos hasta que le sangraban las manos. Lavaba ropa para otras personas. Limpiaba casas. Hacía todo lo necesario para alimentar a sus hijos. Y aun así, nunca era suficiente.
El hambre era constante.
Cuando ya no quedaba absolutamente nada, Bryna enviaba al pequeño Izzy al carnicero judío para pedir algo que le robaba toda su dignidad:
—Por favor, ¿podemos quedarnos con los huesos que va a tirar?
Recogía aquellos huesos de animales desechados —la basura— y los hervía durante horas. Con ellos preparaba una sopa fina y aguada que mantenía con vida a su familia durante días.
Décadas más tarde, cuando Issur se había convertido en **Kirk Douglas**, una de las mayores estrellas de Hollywood, recordaría:
> «En los días buenos comíamos tortillas hechas con agua en lugar de leche. En los días malos no comíamos nada.»
Pero Bryna nunca se rindió. Mantuvo unida a la familia únicamente con su voluntad.
Y cuando su hijo —aquel niño de una familia de chatarreros— expresó el sueño aparentemente imposible de convertirse en actor, ella no lo rechazó. No le dijo que fuera realista.
Creyó en él.
—Lo conseguirás, Izzy —le dijo—. Puedes ser lo que quieras.
Issur Danielovitch abandonó aquella ciudad industrial y se convirtió en **Kirk Douglas**. Actuó en películas como *El ídolo de barro*, *Senderos de gloria*, *Espartaco* y *El loco del pelo rojo*. Se convirtió en una leyenda.
Pero nunca olvidó a la mujer que hervía huesos.
A la mujer que creyó en él cuando no había prácticamente nada en lo que creer.
Cuando Kirk fundó su propia productora cinematográfica en 1955, no la bautizó con su propio nombre.
La llamó **Bryna Productions**.
Por su madre.
En 1958, Bryna Productions estrenó *Los vikingos*, una de las grandes películas de aquel año. Kirk llevó a su madre a Times Square. La tomó del brazo y la condujo entre la multitud.
Y allí, en una enorme valla publicitaria sobre la ciudad, aparecían unas palabras:
**BRYNA PRESENTA LOS VIKINGOS**
Su nombre.
En letras luminosas.
Sobre Nueva York.
La mujer que ni siquiera podía escribir su propia firma vio su nombre escrito a tamaño gigantesco.
La mujer a la que su marido llamaba «¡Eh, tú!» ahora era conocida por su nombre por millones de personas.
La mujer que había tenido que pedir huesos para alimentar a sus hijos ahora aparecía como productora.
Bryna lloró.
Quizá fueron las primeras lágrimas de pura alegría de una vida marcada por las privaciones.
En diciembre de ese mismo año, apenas unos meses después, Bryna Sanglel murió. Tenía 74 años.
Kirk estaba a su lado cuando murió.
Sus últimas palabras fueron exactamente como había sido durante toda su vida:
—Izzy, hijo mío, no tengas miedo. Esto le pasa a todo el mundo.
Incluso en la muerte, siguió consolándolo.
Kirk Douglas vivió hasta los 103 años. Se convirtió en una de las grandes figuras de Hollywood: productor, filántropo y padre de Michael Douglas. Recibió numerosos reconocimientos, rompió barreras y dejó un legado extraordinario.
Pero hasta su muerte, en febrero de 2020, siguió repitiendo esencialmente lo mismo:
**Todo lo que soy y todo lo que he conseguido se lo debo a mi madre.**
Bryna Productions estuvo activa durante décadas. Cada película que produjo llevaba su nombre.
*Espartaco.*
*Los valientes andan solos.*
*Siete días de mayo.*
Y muchas otras.
Cada una era una carta de amor.
De un hijo que nunca olvidó sus raíces a la madre que se lo dio todo cuando ella misma no tenía nada.
De un niño que comía sopa de huesos a un hombre que llegaría a alimentar los sueños de millones.
De Izzy para su madre.
La mujer que no sabía escribir su propio nombre ayudó a crear una leyenda.
La mujer que no poseía nada le dio todo a su hijo.
Y el hijo que se convirtió en estrella se aseguró de que el mundo jamás olvidara quién era ella.
**Bryna merecía estar bajo los reflectores.**

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