lunes, 24 de agosto de 2026

 La trampa estratégica de Hamas

Por Ofer Israeli
Agosto 20, 2026

Hamas tuvo éxito en sorprender a Israel el 7 de octubre del 2023. Pero sorpresa no es lo mismo que control estratégico, e interrupción no es lo mismo que victoria.
Esa distinción importa para entender tanto la guerra como la diplomacia que siguieron.
Mucho del debate sobre el 7 de octubre pregunta si Hamas ganó o perdió. La mejor pregunta es si Hamas podría controlar la cadena más amplia de consecuencias desatadas por su propio ataque. En esa pregunta, la respuesta es mucho menos favorable para Hamas.
Esa distinción importa ahora porque el futuro de Gaza, la suerte de Hamas, y la posible reconfiguración--o el renacer condicional final--de la normalización israelí-saudí todo depende de si los políticos entienden la diferencia entre la interrupción táctica y el poder político duradero.
Antes del 7 de octubre, el ambiente regional se estaba volviendo cada vez más desfavorable para Hamas. Israel creía que Gaza podía ser contenida a través de la disuasión, el control fronterizo, la presión económica y los acuerdos indirectos mediados por Egipto y Catar. Al mismo tiempo, la normalización árabe con Israel estaba avanzando. Los Acuerdos de Abraham ya habían mostrado que partes del mundo árabe estaban preparadas para profundizar los lazos con Israel sin resolver la cuestión palestina. Un posible marco entre Arabia Saudita, Israel y EE.UU. amenazaba con presionar más esta tendencia, integrando a Israel más profundamente en la región mientras abandona Gaza y a Hamas, cada vez más periférico.
Para Hamas, ese orden emergente presentaba una amenaza estratégica, arriesgaba aislar Gaza, reducir la relevancia regional de Hamas, y normalizar la idea que la diplomacia árabe-israelí podría proseguir sin influencia palestina significativa. El 7 de octubre puede ser entendido, por lo tanto, como un intento por romper este equilibrio. Hamas no tuvo que derrotar militarmente a Israel para transformar el paisaje estratégico. Tuvo que mostrar que Gaza no podía ser ignorada, que la disuasión israelí era frágil y que cualquier orden regional construido eludiendo la cuestión palestina seguiría siendo vulnerable a la interrupción violenta.
En este sentido estrecho, Hamas logró su efecto directo. Los militantes liderados por Hamas violaron las defensas fronterizas de Israel, asesinaron a unas 1,200 personas, y secuestraron a 251 israelíes y nacionales extranjeros. El ataque hizo añicos la sensación que Israel había contenido exitosamente a Gaza, creó la influencia de los rehenes, y obligó a Israel, a Estados Unidos, a los estados árabes y a las instituciones internacionales a reordenar sus prioridades en torno a Gaza.
Pero los efectos directos no son lo mismo que el éxito estratégico. Hamas logró desestabilizar, pero la desestabilización abrió un campo más amplio de contraataques, adaptación, y consecuencias en cascada. Lo que empezó como una iniciativa de ofensiva se convirtió en una lucha por la supervivencia de Hamas.

La consecuencia más inmediata fue un serio revés. Israel lanzó una campaña encuadrada inicialmente en torno a asegurar el retorno de los rehenes, desmantelar la capacidad militar de Hamas, e impedir que Hamas gobierne Gaza como antes. Las consecuencias organizacionales para Hamas han sido enormes: infraestructura militar degradada, redes de mando interrumpidas, la eliminación de comandantes, túneles expuestos, gobierno debilitado, y creciente presión diplomática para eliminar a Hamas de los futuros acuerdos de seguridad y políticos de Gaza. El ataque que restauró a Hamas al centro de la política regional también lo expuso a la cadena de reacción más destructiva en su historia.

Esta es la primera paradoja del 7 de octubre. Hamas buscó quebrar el modelo de disuasión de Israel, y lo hizo. Pero al hacerlo, cambió el debate de otra ronda de disuasión a si Hamas podría retener el poder militar, gobernar Gaza, o tomar parte en cualquier orden de posguerra. La propia acción de Hamas convirtió un conflicto gestionado en un reto directo a su autoridad continuada.

La segunda paradoja concierne a la cuestión palestina. Hamas la reintrodujo a la fuerza en la agenda global. La diplomacia regional ya no podía proseguir más como cuando los palestinos eran secundarios. Los gobiernos árabes, Estados Unidos, los estados europeos, las organizaciones internacionales, y el público mundial fueron obligados a confrontar el futuro de Gaza, la representación y el estado palestinos.

Sin embargo el precio ha sido catastrófico. Gaza ha soportado inmensa destrucción, desplazamiento masivo, colapso humanitario, y agotamiento social. Hamas puede haber restaurado la visibilidad de la cuestión palestina, pero lo hizo mientras devastaba la escena palestina sobre la cual reclamaba autoridad. Una estrategia que produce atención internacional al costo de la ruina social puede generar ganancias simbólicas mientras erosiona las bases de la legitimidad política.

Hamas también se volvió más dependiente de los extranjeros. Catar, Egipto, Turquía, Irán, Estados Unidos, los estados árabes, las agencias humanitarias, y las instituciones internacionales se volvieron todas centrales para el futuro de Gaza. Eso da a Hamas canales para la negociación y la supervivencia, pero también estrecha su autonomía. Cuanto más el futuro de Gaza depende de la diplomacia del cese del fuego, los mecanismos de reconstrucción, las garantías de seguridad, y los planes de estabilización árabes e internacionales, más duro se vuelve para Hamas solo dar forma al entorno de posguerra.

La misma ambigüedad se aplica a la normalización israelí-saudí. Un objetivo probable de Hamas era complicar o demorar ese proceso. En el corto plazo, y en una medida considerable aún hoy, tuvo éxito. Ningún gran acuerdo de normalización podría proseguir como si el 7 de octubre y la guerra de Gaza no hubiesen sucedido. La cuestión palestina retornó como una condición central de cualquier negociación regional futura.

Pero desestabilizar la normalización no es lo mismo que derrotarla. Si el proceso regresa, es probable que lo haga en una forma diferente: atada más explícitamente a la reforma al gobierno palestino, a la reconstrucción de Gaza, a los acuerdos de seguridad, al involucramiento árabe, a las garantías internacionales, y un camino creíble hacia el estado palestino. Tal resultado sería profundamente paradójico para Hamas si un futuro marco israelí-saudí fortalece la diplomacia palestina mientras también requiere la exclusión de Hamas del gobierno de Gaza y el desarme de sus fuerzas.

La consecuencia más importante es sistémica. El 7 de octubre transformó Gaza de un escenario contenido en una crisis regionalizada e internacionalizada que involucra a Israel, Hamas, Hezbola, Irán, Estados Unidos, Egipto, Catar, Arabia Saudita, Turquía, los tribunales internacionales, agencias humanitarias, movimientos mundiales de protesta, redes de medios de comunicación, y planes rivales para el gobierno de posguerra. Hamas ayudó a destruir el antiguo equilibrio, pero no ganó autoridad sobre el nuevo.

Eso importa para la política. Para Israel, debilitar las capacidades militares de Hamas no es lo mismo que estabilizar a Gaza políticamente. Israel puede debilitar a Hamas y todavía fallar estratégicamente si Gaza se vuelve una zona no gobernada, una zona de colapso humanitario permanente, o un escenario para la radicalización renovada y la competencia de las fuerzas aliadas. Destruir las capacidades es una tarea militar; dar forma a un orden político de posguerra es un reto sistémico.

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