Para la mayoría de los judíos de hoy, el arameo es un idioma encerrado tras las puertas del judaísmo antiguo. Es el texto denso y erudito del Talmud, el lenguaje místico del Zóhar, la formulación legal de la Ketubá (contrato matrimonial), la solemne declaración de Kol Nidre y las reconfortantes cadencias del Kadish. Es como una instantánea lingüística de una época en la que el Sanedrín se reunía en Jerusalem y los sabios debatían la ley judía en Babilonia.
Como lengua materna viva y hablada, muchos suponen que el arameo exhaló su último aliento hace milenios. Pero la historia tiene una manera de desafiar las expectativas.
En las escarpadas montañas del Kurdistán, que se extienden por las aisladas zonas fronterizas de los actuales Irak, Irán y Turquía, una antigua comunidad judía logró lo imposible. Durante aproximadamente 2.500 años, a través del ascenso y la caída de imperios, las conquistas islámicas y brutales persecuciones, esta comunidad mantuvo vivo el idioma judeoarameo del Talmud, en el mercado, alrededor de la mesa y en las canciones de cuna que cantaban a sus bebés. Fue la única comunidad judía del mundo que preservó el idioma más antiguo de la diáspora judía hasta bien entrado el siglo XXI.
Para comprender cómo ocurrió este milagro lingüístico, debemos rastrear cómo el pueblo judío se enamoró en primer lugar del arameo, cómo el resto de la diáspora lo perdió y cómo una comunidad indomable lo llevó de regreso a casa, al moderno Estado de Israel.
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