Del New York Post:
Los disturbios de Francia no son protestas comunes — son una intifada en el corazón de Europa
Un bombero envuelto en llamas mientras una turba de jóvenes observa y ríe.
Un maestro rociado con gasolita por matones que ríen a carcajadas mientras su escuela amada arde hasta los cimientos.
El rostro de una mujer prendido fuego por un agresor enmascarado portando un lanzallamas improvisado.
Dos docenas de escuelas incendiadas y saqueadas; coches dados vuelta; autobuses y camiones de bomberos hechos añicos.
Suena como un montaje de una película de horror distópica — pero está sucediendo ahora mismo en Francia.
Lo que empezó tarde el mes pasado como una protesta por escuelas públicas subfinanciadas se ha transformado en una orgía de violencia islamo-fascista.
París y otras ciudades ahora están inundadas de banderas extranjeras mientras turbas de jóvenes no asimilados gritan su odio por la propia Francia.
“En el nombre de Ala, podemos matarlos a todos,” ladró un matón enmascarado, para alegría demencial de la turba.
Estamos siendo testigos de algo extraordinario: una intifada en el corazón de Europa.
Seguramente nadie puede ahora negar el error letal de abrir las fronteras de una nación al mundo, mientras se sacrifican los ideales de la integración en el altar del multiculturalismo.
La velocidad con la cual las protestas escolares desperdigadas se convirtieron en un levantamiento de tinte islamista fue verdaderamente aterradora.
Todo empezó hace menos de dos semanas, cuando miles de estudiantes faltaron a clases para gritar al gobierno.
Ellos se nombraron a sí mismos la "generación desencantada" y pidieron mejoras educativas.
Pero al cabo de días se volvió algo monstruoso.
Las turbas empezaron a incendiar escuelas — más de 20 a lo largo de Francia han sido incendiadas.
En una de ellas, la Escuela Nelson Mandela, en Nantes, oeste de Francia, la turba incendiaria cauos por us$3.4 millones.
Los docentes han sido atacados de forma horrorosa, 78 fueron heridos hasta ahora.
¿Por qué los que protestan por "mejor educación" reducirían las escuelas a ruinas ennegrecidas y golpearían a los maestros con barras de metal?
Claramente estos disturbios ya no tienen que ver con la educación.
Más bien, las protestas estudiantiles han sido secuestradas por elementos políticos siniestros cuyo objetivo es nada menos que volcar un odio feroz hacia Francia, hacia Europa y hacia la civilización occidental misma.
Las ciudades a lo largo de Francia recuerdan zonas de guerra, sembradas de restos humeantes de coches destrozados y autobuses incendiados.
El carácter foráneo de las protestas se siente especialmente escalofriante, mientras los vándalos se envuelven en las banderas de Argelia y Marruecos.
En Marsella, bandas de jóvenes de origen norafricano manejaron a través del centro de la ciudad en motocicletas, agitando la bandera palestina.
El martes, el Presidente Donald Trump atrajo el rechazo generalizado al señalar lo obvio: Los disturbios, dijo él, son el resultado inevitable de la"migración masiva descontrolada. ¡Esto no tiene que ver con las escuelas, esto se trata del Islam queriendo capturar un país que una vez fue grande!"
Sin embargo, ¿qué otra palabra podemos usar cuando turbas de jóvenes de ascendencia extranjera levantan banderas de Africa y del Medio Oriente mientras destruyen escuelas francesas?
Actores políticos de dudosa reputación han ayudado a incitar a la turba hasta llevarla a un frenesí incendiario.
La France Insoumise (“Francia Insumisa”), el partido de extrema izquierda y ahora una alianza antinatural de islamistas exaltados y socialistas resentidos ha tenido un rol especialmente oscuro.
Bally Bagayako, el alcalde musulmán perteneciente al LFI de Saint-Denis en París, dijo a la multitud, “La violencia a veces puee ser legítima.”
Otro activista vinculado al LFI fue arrestado tras decir a una turba en París que "prendan fuego al Palacio del Eliseo" —la oficina del presidente.
Los acontecimientos en Francia son prueba dura de la táctica más peligrosa de la izquierda moderna: su utilización de muchachos descontentos, a menudo de origen extranjero, como un tipo de tropa de chque contra los valores occidentales.
Después de todo, los islamistas y la extrema izquieda son como uno en su odio violento a la forma de vida occidental.
Por supuesto, Francia no es ajena al tumulto político, ataques y protetas son un cliché allí.
Pero esto parece diferente, y más visceral.
Se siente como un cuchillo hundido en el corazón de Francia por parte de jóvenes que no sólo no han logrado asimilarse, sino que albergan un profundo desprecio por el país en el cual viven.
Estos son los costos del multiculturalismo.
Cuando abres tus puertas a la mitad del mundo, luego dices a los recién llegados que su cultura es tan válida como la tuya, firmas tu propia sentencia de muerte.
Causas que tu nación se fracture, se divida, caiga en el conflicto tribal espantoso.
Francia es una historia aleccionadora para el Occidente.
Toda nación que quiera evitar su propia intifada interna debe vigilar sus fronteras, defender su soberanía y afirmar sus valores en voz alta.
Cualquier cosa menos que eso es suicidio.
Brendan O’Neill es autor político principal para la revista online británica spiked.
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