lunes, 10 de agosto de 2026

 La cultura occidental está en peligro. Y lo más absurdo es que muchos de los que ayudan a debilitarla nacieron, crecieron y viven disfrutando de sus libertades.

No hablo del musulmán que trabaja, estudia, forma una familia y vive pacíficamente respetando las leyes del país que eligió para vivir.
Hablo del islamismo radical, de los regímenes teocráticos, de quienes pretenden imponer la religión sobre la democracia, la libertad individual, la igualdad entre hombres y mujeres y los derechos de las minorías.
Y hablo también de sus idiotas útiles en Occidente.
Personas que crecieron disfrutando de libertad de expresión, libertad religiosa, igualdad jurídica, derechos de las mujeres y derechos LGBT, pero a las que convencieron de que todo lo occidental es necesariamente "imperialista", "colonialista" y opresor.
Entonces terminan defendiendo, por oposición automática a Estados Unidos, Israel o Europa, precisamente a movimientos y regímenes que desprecian muchos de los valores que ellos mismos dicen representar.
Ver a activistas LGBT justificando regímenes donde las relaciones homosexuales pueden ser perseguidas brutalmente es tragicómico.
Ver a feministas defendiendo sistemas políticos o religiosos que restringen severamente la autonomía de las mujeres es tragipatético.
No hace falta odiar al islam ni a los musulmanes para señalar esa contradicción. Al contrario: millones de musulmanes también escaparon del fundamentalismo buscando precisamente las libertades que ofrecen las democracias occidentales.
El problema aparece cuando, en nombre de la tolerancia, Occidente empieza a tolerar la intolerancia.
Europa lleva décadas discutiendo integración, inmigración, multiculturalismo y hasta dónde una sociedad democrática debe permitir prácticas o movimientos que chocan frontalmente con sus principios fundamentales.
Y quizás recién ahora muchos empiezan a comprender algo elemental:
una sociedad abierta puede recibir otras culturas sin tener que renunciar a la propia.
Puede respetar al musulmán sin aceptar el islamismo.
Puede defender la libertad religiosa sin permitir que ninguna religión se coloque por encima de la ley.
Puede recibir inmigrantes sin pedirles a sus propios ciudadanos que se avergüencen de su historia, sus símbolos o sus costumbres.
Puede combatir la discriminación sin suicidarse culturalmente.
Durante décadas distintos dirigentes del mundo musulmán hablaron del peso futuro de la demografía y de las comunidades musulmanas en Europa. Se podrá discutir cuánto hubo de amenaza, propaganda o retórica política en aquellas declaraciones.
Pero hay algo que no debería discutirse:
ninguna democracia está obligada a entregar sus valores para demostrar que es tolerante.
Y la paradoja más grande es que algunos occidentales colaboran activamente con movimientos que, si algún día consiguieran imponer el modelo social que defienden, probablemente serían los primeros en perder las libertades que hoy utilizan para defenderlos.
Si pertenecés a ese grupo, entendelo:
defender el islamismo radical no te convierte en progresista, revolucionario ni defensor de los oprimidos.
Te convierte en servidor de una ideología que, en muchos aspectos, desprecia exactamente las libertades que te permiten defenderla.
La tolerancia es un valor occidental.m
Pero tolerar a quienes pretenden destruir la tolerancia no es tolerancia.
Es ingenuidad. No seas ingenuo
@destacar

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