De Tablet:
Lo que Mohamed Atta estaba tratando de decirnos
Tras 25 años, es hora que el Occidente enfrente la verdadera causa del 11/S
Por Ayaan Hirsi Ali
Septiembre 11, 2026
En abril de 1996, más de cinco años antes que él dirigiera el Vuelo 11 de American Airlines hacia la Torre Norte, Mohamed Atta se sentó en un pequeño departamento en Hamburgo y escribió su última voluntad y testamento. El tenía 27 años de edad, era estudiante de arquitectura en la Universidad Técnica, era hijo de un abogado de Cairo, hablaba alemán con fluidez, y vivía cómodamente en una de las sociedades más ricas sobre la Tierra.
Nada en sus circunstancias lo obligaba a morar en la muerte. Sin embargo él dio instrucciones detalladas para el manejo de su cadáver. "No quiero que ninguna mujer vaya a mi tumba durante mi funeral o en ninguna ocasión a partir de allí,” escribió. El no quería que una mujer embarazada, o “una persona que no está limpia," vaya y diga adiós. El hombre que lavara su cuerpo debería llevar guantes para no tocar sus genitales. El tenía que ser envuelto en tres piezas blancas de tela sin adornos, depositado en su lado derecho mirando a Meca, y ser enterrado "al lado de buenos musulmanes." Su dinero iba a ser dividido "de acuerdo con la religión musulmana como el todopoderoso Dios nos ha pedido hacer."
No hay ningún programa político y ninguna mención a política exterior o quejas económicas en el documento. Sólo hay un hombre musulmán joven, en un departamento alemán, arreglando sacrificar su vida a Ala en la confianza que Ala recompensará su martirio en la vida venidera. La voluntad fue presenciada por colegas creyentes en la mezquita al-Quds, donde Atta rezaba en árabe, dejó crecer su barba, y donde cuatro años después, conocería a los hombres con los que moriría.
El documento está entre las pruebas más ignoradas del 11 de septiembre porque contradice las explicaciones del ataque que preferían la mayoría de los comentaristas occidentales. Atta no era pobre. No estaba radicalizado por los ataques con drones que aun no habían sucedido, ni por el apoyo estadounidense a Israel. El no era en algún sentido formal u organizacional un "islamista." Más bien, tenía un compromiso inquebrantable y militante con el Islam por el que estaba dispuesto a morir.
Sin embargo durante 25 años las élites occidentales insistieron repetidamente en que hombres como Atta deben haber sido impulsados por algo distinto a la cultura y la fe que le proporcionaron un lente a través del cual sus acciones parecieron tanto sensibles como necesarias. Después del 11/S, los intelectuales y responsables políticos preguntaron "¿qué salió mal?” como si el origen de la animosidad de Atta hacia el Occidente estuviera envuelta en algún misterio profundo. En la experiencia occidental, los hombres no habían matado a otros hombres en masa por cuestiones religiosas desde el final de las grandes guerras religiosas del siglo XVII. La cultura, un término que una vez fue entendido abarcando muchas facetas de la identidad, experiencia y pertenencia humanas—incluida la religión—también habían sido descartados. Decir que existen las diferencias culturales y deberían ser respetadas fue una base del orden multicultural; la idea que algunas culturas podrían llevar a la gente a asesinarse entre sí, por razones que no aparecen en la lista racionalista occidental de causas sensatas, pareció a muchos liberales occidentales demasiado cercano al racismo como para molestarse en discutir el tema.
Desde entonces, cada vez que Occidente chocaba con el islam, gran parte de la clase intelectual occidental recurría a explicaciones que cobraban sentido dentro de sus propias categorías humanistas y seculares: el agravio, la humillación, el subdesarrollo, la alienación, la frustración ante la política exterior o el fracaso de los Estados occidentales a la hora de integrar adecuadamente a hombres como Atta —quienes, en teoría, no debían de ser intrínsecamente distintos de los inmigrantes de edad, clase y nivel educativo similares procedentes de Vietnam, Polonia o cualquier otro lugar—. Dado que todos los conflictos tienen un origen material, se asumía que podían resolverse mediante medios materiales. Y, ante la evidente superioridad de los valores occidentales —medida a través de los logros materiales superiores de Occidente—, se consideraba que los conflictos en torno a la tierra, el empleo, la dignidad, la soberanía o la redistribución debían negociarse con la generosidad propia de quienes ocupan posiciones de inmenso privilegio y poder gracias a las desigualdades del colonialismo europeo. Si las poblaciones musulmanas sufrían un déficit democrático, se pensaba que las elecciones sacarían a la luz y moderarían sus demandas. En todos los casos, la teología y la cultura se traducían a términos de psicología, economía, políticas de desarrollo o diplomacia.
Los líderes estadounidenses añadieron entonces una segunda capa de negación. El presidente George W. Bush declaró en el Centro Islámico de Washington que «el rostro del terror no es la verdadera fe del Islam». Siguiendo el ejemplo de Bush, tras las atrocidades cometidas posteriormente en París, Bruselas, Manchester y otros lugares, los líderes occidentales afirmaron reiteradamente que los asesinos «no tenían nada que ver con el Islam». Al mismo tiempo, se revitalizó o normalizó la noción de «fe Abrahamica», como si el judaísmo, el cristianismo y el Islam fueran meras variantes de una misma familia espiritual, separadas más por el temperamento que por la teología o las aspiraciones civilizatorias.
Tras siglos de guerras religiosas, Occidente había llegado a la conclusión de que privatizar la fe era el precio a pagar por la estabilidad y el progreso. La religión pasaría a ser una afición, un legado o un consuelo privado, mientras que la política se desarrollaría en el ámbito más sosegado de los intereses. Al adoptar este planteamiento, las sociedades occidentales olvidaron que el laicismo y el pluralismo eran acuerdos propios de su contexto, y no la norma universal por defecto; en consecuencia, asumieron que cualquier civilización rival terminaría por favorecer esa misma compartimentación. Al enfrentarse a un adversario para quien el orden público era explícitamente teológico —y para quien la separación entre la autoridad sagrada y la política constituía, en sí misma, una ofensa a Dios—, Occidente hizo lo único que su propio marco intelectual le permitía: traducir la teología a categorías que le resultaban más manejables.
Como resultado, durante un cuarto de siglo, Estados Unidos y Occidente han optado por vincularse estrechamente con sociedades musulmanas disfuncionales, con el objetivo de corregir «lo que salió mal». Simultáneamente, abrieron sus puertas a una migración musulmana masiva, acogiendo a millones de refugiados procedentes de sociedades devastadas por la guerra que, notoriamente, no habían logrado transformarse a pesar de la afluencia de dinero estadounidense, expertos en democracia y despliegue de tropas sobre el terreno. El fracaso de la fe secular occidental en la realidad material para transformar estas sociedades destrozadas se atribuyó a un accidente, o bien a la profunda precariedad y al estado de deterioro en que realmente se encontraban dichas sociedades. Sin duda, se pensaba, esa fe demostraría su valía una vez que los refugiados llegaran a Estados Unidos.
Resultó acertada la predicción de que un encuentro a gran escala entre las poblaciones de las naciones occidentales y las tierras musulmanas podría desencadenar una transformación social significativa. Lo que los optimistas occidentales no previeron fue que sus propias sociedades acabarían transformándose a imagen y semejanza de los recién llegados a quienes pretendían evangelizar. Para el año 2026, Nueva York se había convertido en un escenario para grupos terroristas islámicos, bajo el mandato de un alcalde musulmán nacido en el extranjero que abogaba por «globalizar la intifada» y cuya esposa celebraba la masacre de israelíes perpetrada por Hamás. Tales actitudes no resultaban insólitas en una ciudad donde los inmigrantes musulmanes casi superaban en número a la población judía autóctona. Una encuesta del Pew Research publicada en julio de 2026 reveló que el 44 % de los musulmanes en Estados Unidos tenía una opinión favorable de Hamás.
Dicho de otro modo: si Estados Unidos y Occidente entraron en guerra contra una vanguardia de élite de extremistas musulmanes que empleaban el terrorismo como su principal herramienta, el conflicto concluyó veinticinco años más tarde con una derrota autoinfligida, fruto de un diagnóstico erróneo del enemigo y de la importación de grupos demográficos culturalmente incompatibles —los cuales podían ser instrumentalizados tanto por dicha vanguardia como por otros actores políticos, internos y externos—. Tras no lograr derrotar a los terroristas musulmanes en el extranjero, Occidente se ve ahora combatiendo a los mismos enemigos en casa, mientras contempla cómo sus propios países se transforman debido a la inmigración masiva de personas que, decididamente, no comparten la fantasía occidental común de que la religión y la cultura son el origen de diferencias meramente superficiales. La idea de que existen bárbaros que viven extramuros ha formado parte, desde hace mucho tiempo, del legado occidental. Asimismo, formaba parte de ese legado la noción de que introducir a los bárbaros dentro de las murallas podría acarrear la destrucción de la civilización occidental, aun cuando hoy en día esté prohibido siquiera pensarlo.
Veinticinco años después de los atentados contra Nueva York y el Pentágono, Estados Unidos debe hacer algo más que conmemorar una atrocidad del pasado. Debería emprender un análisis exhaustivo de la situación: no solo de la amenaza que representa el islamismo violento, sino del ecosistema de amenazas más amplio que ha madurado a su alrededor en el cuarto de siglo transcurrido desde 2001. La realidad fundamental es que el islamismo nunca fue únicamente una cuestión de células terroristas y atentados espectaculares. Ha sido también un proyecto civilizatorio arraigado en la memoria del califato, en la ambición de reorganizar la política, la sociedad y el ordenamiento jurídico conforme a las normas islámicas, y en el esfuerzo a largo plazo por establecer puntos de apoyo institucionales dentro de las sociedades occidentales.
Puedo hablar de esta ambición basándome en mi propia experiencia personal, que en cierto modo guarda paralelismos con la de Mohamed Atta. Cuando era una adolescente refugiada somalí que vivía en Nairobi (Kenia), a los 15 y 16 años, me hice miembro del movimiento de los Hermanos Musulmanes. Formar parte de este movimiento no se parece en nada a unirse a la YWCA o a las Girl Scouts. No se paga una cuota de afiliación ni se lleva uniforme. Más bien, uno se somete a un proceso de transformación personal integral, en el que se enseña a desprenderse de las identidades superpuestas —familia, clan, región y nacionalidad— en favor de una identidad única y universalizadora como creyente musulmán: miembro de la 'umma.'
Como joven y ferviente conversa, ya no me bastaba con rezar y ayunar en los momentos prescritos ni con identificarme como musulmana tal como mis padres me habían criado. Nuestros maestros eran personas serias: africanos formados en el extranjero, concretamente en Arabia Saudita e Irán. Nos exigían leer el Corán, los hadiths y la biografía del profeta Mahoma, así como analizar dichos textos para profundizar en nuestra fe. Bajo su tutela, el islam dejó de ser una cuestión de costumbre para convertirse en algo vivido con intensidad; algo que podíamos defender sin miedo y utilizar como arma contra los no creyentes. Una de las principales formas en que se nos enseñaba a practicar nuestra fe consistía en definir la relación entre nosotras —las musulmanas— y los no musulmanes, a quienes considerábamos nuestros enemigos.
Por aquel entonces, Kenia era un país cristiano, y la mayoría de mis compañeras de clase eran cristianas o animistas. Algunas de ellas eran mis amigas: volvía a casa con ellas tras las clases y compartía comida y confidencias, algo habitual entre chicas adolescentes, al margen de las influencias sectarias. Cuando objetaba ante mis maestros diciendo: "No puedo ver a mi amiga como a una enemiga," me respondían: "No; tienes el deber de convertirla y, si se niega a convertirse, entonces es tu enemiga."
Sin embargo, estos nuevos enemigos —mis compañeros de clase— eran solo enemigos menores y locales. Mis maestros también me presentaron a los grandes enemigos del islam: el «Gran Satán», es decir, Estados Unidos de América, y el «Pequeño Satán», o sea, Israel, el estado judío. Se establecía una distinción entre Israel como estado y los judíos, quienes encarnaban una suerte de mal metafísico. El judío era sinónimo de la palabra «Satán»; estaba detrás de todo mal, había señalado al islam y a los musulmanes como sus enemigos y estaba decidido a destruirnos a todos. En todos nuestros rezos y en todas nuestras duas (súplicas) estaba la súplica que Dios destruyera y eliminara a los judíos.
Avance rápido en el tiempo hasta mi vida en Occidente, concretamente en los Países Bajos, donde me matriculé en la Universidad de Leiden para estudiar Ciencias Políticas. El 11 de septiembre de 2001, trabajaba para un centro de estudios vinculado al principal partido de centroizquierda neerlandés, equivalente al Partido Demócrata de Estados Unidos. La dirección del partido, compuesta por personas a las que yo admiraba, intentaba interpretar el ataque al World Trade Center y al Pentágono recurriendo a categorías que les resultaban familiares. Se consideraba que el ataque era una respuesta a la injusticia de la política estadounidense en Oriente Medio en general, o a la cuestión israelí-palestina en particular. Sí, el ataque fue brutal e inhumano, pero al mismo tiempo se consideraba importante reconocer la injusticia de la política exterior estadounidense, que había impulsado las acciones de los terroristas. Mientras tanto, se informaba de que Mohamed Atta era miembro de los Hermanos Musulmanes. Descubrimos que los demás terroristas del 11-S también pertenecían a los Hermanos Musulmanes, a través de una organización terrorista llamada Al Qaeda.
Yo sabía algo sobre la Hermandad Musulmana. También sabía que los ataques no tenían nada que ver con las explicaciones que estos hombres y mujeres educados asumieron como evangelio. Habiendo estado empapada en las mismas doctrinas que motivaron a los terroristas, yo entendí que lo que acababa de suceder era civilizacional—un nuevo capítulo en un conflicto que había estado fermentando durante décadas, en el cual los musulmanes eran los agresores deliberados. Aun más sorprendentemente, yo sabía que la Hermandad creía que el Occidente era débil, y que ellos eran fuertes. Osama bin Laden había lanzado su ataque no por desesperación y debilidad, sino en la creencia que era un agente de la historia, y que él ganaría.
Todo esto era claro para mí a partir de mi propia experiencia como adolescente creyente en Africa. Pero para la gente que era cercana a los círculos del poder, a los que yo podía alcanzar, mi relato de quienes eran los atacantes, y cual era el propósito tras su "operativo," claramente sonaba como ciencia ficción. ¿Cómo estos moradores en cuevas podían imaginar que eran una fuerza civilizacional superior? Una y otra vez ví a estas mismas personas, y a sus equivalentes a lo largo del Occidente, descartar la explicación clara de quienes eran sus enemigos y lo que buscaban en favor de la misma creencia condescendiente que todo lo que sus enemigos querían era más empleos, una economía mejor, una muestra de los lujos del Occidente, más una corrección de los errores históricos para suavizar su sentido primitivo del honor. Los encuentros subsiguientes con el enemigo, cuya visión del mundo separada pero internamente coherente que ellos nunca podían admitir, por no hablar de entender, por lo tanto siempre parecían tomarlos por sorpresa.
¿Asesinatos de honor? Ese tipo de cosa no sucede aquí. O tal vez solía suceder aquí, pero fue hace mucho tiempo. Luego sucedería una serie de asesinatos de honor en una ciudad europea occidental, y sería informada en la prensa, y los políticos reaccionarían siempre con la misma sorpresa honesta. ¿Aquí? No tenía sentido. ¿Cómo podía saberlo alguien? Lo mismo ocurrió con las bandas de captación y abuso sexual en Gran Bretaña y con las agresiones sistemáticas de hombres inmigrantes contra mujeres no musulmanas; hechos que, en un principio, se negaron rotundamente y ante los que luego se reaccionó con la misma sorpresa genuina. No lo sabíamos. ¿Cómo pudo ocurrir algo tan terrible? Lo sabían, pero no lo sabían, porque saberlo habría hecho saltar por los aires su propia sensación de seguridad y de superioridad civilizatoria, una percepción que se volvía más frágil año tras año.
Veinticinco años después, la ignorancia ya no es una excusa sostenible. Sin embargo, incluso entre aquellos que reconocen que los extremistas musulmanes violentos no están simplemente reaccionando a las heridas infligidas por Occidente, y que los propios musulmanes fueron algunos de los mayores colonizadores de la historia, sigue existiendo un importante punto ciego. En Occidente estamos tan obsesionados con el brazo militar del movimiento islamista que a menudo no prestamos atención a los métodos de captura institucional y transformación demográfica que son igualmente parte de la estrategia islamista. Este hábito de negación es particularmente agudo entre los estadounidenses tanto de izquierda como de derecha, que se han convencido de que la inmigración musulmana y la infiltración deliberada de instituciones para difundir sus creencias y normalizar sus prácticas, muchas de las cuales buscan limitar o destruir las libertades sobre las que se construyen las sociedades occidentales, es un problema estrictamente europeo. Lo que está sucediendo en Estados Unidos, me dicen, no es lo suficientemente dramático como para justificar ningún tipo de cambio serio. Las comunidades musulmanas tienen el derecho constitucional a crecer y expandirse, y si ganan elecciones, entonces ganan elecciones. Lo que escucho es la misma incapacidad que escuché en Europa hace 25 años para aceptar la magnitud de la amenaza que plantea un enemigo hostil, o incluso para admitir la realidad de las diferencias culturales.realidad de las diferencias culturales.
La realidad es que no tenemos otros 25 años para hacerlo bien. Ni siquiera tenemos otros 10 años. El entorno estratégico que enfrentan las naciones occidentales ha cambiado dramáticamente. Occidente enfrenta ahora un espacio de batalla híbrido más amplio en el que los estados y movimientos hostiles dependen menos de la guerra clásica y más de las operaciones cibernéticas, la desinformación, la presión migratoria, la subversión institucional y la explotación de la polarización interna, facilitada no sólo por las plataformas tecnológicas, sino también por el surgimiento de una vanguardia izquierdista secular que ha forjado una alianza con cuadros musulmanes politizados que han aprendido a hablar el lenguaje común del sectarismo del tercer mundo para movilizar a las comunidades de inmigrantes. Cada lado de la llamada alianza rojo-verde que ahora participa en elecciones no sólo en Europa sino también desde la ciudad de Nueva York hasta Michigan cree sin duda que está utilizando al otro para ganar poder. Pero sólo es probable que gane la mitad de esa alianza. Personalmente, apostaría por el lado que tiene un ejército de 1.600 millones de creyentes que potencialmente puede movilizar, respaldado por la riqueza de los principales productores de petróleo del mundo, antes que por los estudiantes universitarios de hogares cómodos para quienes la política significa pancartas en los dormitorios de Karl Marx y el Che Guevara. Cuando descubran lo contrario, probablemente será demasiado tarde.
La cuestión que se nos plantea como sociedad ya no es simplemente si Estados Unidos puede derrotar a las organizaciones terroristas. Se trata de si la república estadounidense aún es capaz de percibir y responder a un desafío civilizatorio interconectado, en el que la ambición islamista, las potencias extranjeras hostiles, la presión demográfica, la captura cultural y el desorden epistémico se refuerzan mutuamente. Debemos contemplar la amenaza islamista en toda su profundidad civilizatoria y decidir entonces qué medidas tomar para preservar el orden constitucional liberal, sin permitir que las libertades que tanto valoramos y celebramos se conviertan en instrumentos de nuestra propia destrucción. El 11 de septiembre de 2026 debe entenderse como otro momento decisivo —una encrucijada— en la vida de la república estadounidense, tan trascendental como lo fueron los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono.
La lección original del 11 de septiembre no fue simplemente que Estados Unidos tenía enemigos dispuestos a matar civiles a gran escala. Fue que las élites occidentales, tras el fin de la Guerra Fría, no habían tomado en serio la idea de que el orden liberal que conocían podía verse seriamente desafiado. Al fin y al cabo, Occidente había derrotado al Imperio soviético —que contaba con un enorme arsenal nuclear y abarcaba quizá un tercio de la superficie terrestre del planeta, además de poseer vastos recursos— sin disparar un solo tiro. El ensayo de Francis Fukuyama sobre «El fin de la historia», hoy objeto de burlas generalizadas, fue en realidad aceptado casi universalmente como una descripción no solo de la realidad, sino también del futuro. Una adopción masiva del comunismo tras el colapso soviético parecía tan improbable como el resurgimiento masivo del nazismo, contra el cual a la izquierda le gustaba advertir en época de elecciones. La idea de que la religión pudiera desplazar a las ideologías seculares como principio organizador de masas —y mucho menos convertirse en la base sobre la que se organizaran los Estados— parecía un retroceso aún más absurdo hacia fenómenos que la historia ya había dejado atrás, como culpar a las brujas de las malas cosechas o acusar a los judíos de beber la sangre de niños gentiles.
No es que los observadores occidentales fueran ajenos a las dimensiones lógicas, organizativas y civilizatorias de los movimientos islamistas. Lo que faltaba era la imaginación necesaria para creer que estos pudieran llegar a triunfar. Al fin y al cabo, el liberalismo occidental —respaldado por el surgimiento de tecnologías digitales cada vez más poderosas— había ganado de forma decisiva la pugna entre Oriente y Occidente, conocida como la Guerra Fría. Por ello, los académicos occidentales —en su inmensa mayoría de izquierdas, y muchos de los cuales habían deseado la victoria final de la Unión Soviética y de los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo afines a ella— interpretaban las dimensiones sociales, organizativas y políticas de los movimientos islamistas en términos positivos: como precursoras de una acción política democrática. Organizaciones como Hamás, Hezbolá o el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán se analizaban bajo un prisma estrictamente occidental, considerándolas equivalentes a partidos socialdemócratas occidentales en evolución o a actores de corte izquierdista; se pensaba que sus rasgos culturalmente específicos podían pasarse por alto sin riesgo, ya que la trayectoria de su evolución futura estaba predeterminada por la tendencia secular de la historia. Detenerse en tales rasgos culturales más allá de lo estrictamente necesario habría implicado atribuir a la cultura un carácter determinante, una postura que fácilmente podría rozar el racismo.
La idea de que la historia avanzaba en una única dirección —algo conocido y aceptado por todos los académicos y responsables políticos occidentales ilustrados— hizo prácticamente imposible que incluso los miembros más obstinados de la élite concibieran a los musulmanes llamados "comunes" como una amenaza interna. Además, de manera más sutil, esto les llevó a pasar por alto el hecho de que los grupos musulmanes más radicales siempre operan dentro del marco de una base política musulmana, ya sea en sus propios países o en Occidente.
En los años posteriores al 11 de septiembre, Estados Unidos desarrolló una enorme infraestructura antiterrorista y mejoró considerablemente su capacidad para detectar complots, desmantelar redes y neutralizar a yihadistas violentos. Sin embargo, la respuesta a los atentados también acostumbró a Occidente a pensar en términos de terroristas, refugios seguros y operaciones de seguridad, restando atención sostenida a los cambios institucionales, demográficos y civilizatorios —de ritmo más lento— que se estaban gestando.
La amenaza que las crecientes poblaciones de inmigrantes musulmanes suponían para Occidente no era simplemente una cuestión de interpretaciones erróneas del Corán, como George W. Bush habría deseado creer; era el resultado de lo que a estas poblaciones se les había enseñado en sus países de origen y de su propia visión del mundo. Los médicos, enfermeros, psiquiatras y otros profesionales musulmanes que introducen valores antioccidentales en las instituciones occidentales —e incluso perpetran actos de violencia— no lo hacen en contra de las creencias musulmanas, sino convencidos de que así actúan como buenos musulmanes. Los enfermeros de hospitales australianos que se jactan de no atender a pacientes judíos lo hacen con la plena seguridad de que sus actitudes son ampliamente compartidas en sus comunidades, donde muy pocas voces —si es que hay alguna— les llevan la contraria. Estas mismas actitudes antioccidentales y esta propensión a la violencia se observan también en sectores demográficos con menor nivel educativo, cuyas normas y comportamientos culturales, sectarios y religiosos los hacen incompatibles con las sociedades occidentales. A menudo dependientes de las ayudas sociales (como ocurre con cerca del 81 % de los inmigrantes somalíes en Minneapolis) y hostiles hacia sus sociedades de acogida, crean sus propias comunidades segregadas —en ciudades como Bruselas, Minneapolis y Malmö—, las cuales sirven tanto de base de reclutamiento como de fuente de apoyo material para los radicales islamistas. Un serio balance de estos 25 años debe recuperar el hecho de que no todas las culturas del mundo son compatibles con la nuestra.
En particular, cuando se trata de integrar a millones de personas en sociedades democráticas moldeadas por valores occidentales —forjados a lo largo de milenios y culturalmente singulares—, nos enfrentamos a una tarea de dimensiones civilizatorias que parece exigir una enorme determinación y fortaleza. Cimentar tal esfuerzo sobre una ignorancia deliberada y mentiras bienintencionadas es una vía segura hacia el desastre.
Comencemos, entonces, por desmantelar algunas de esas mentiras bienintencionadas. El islam no es una "fe abrahámica" que funciona de manera análoga al cristianismo protestante o al judaísmo rabínico. En la doctrina islámica no existe equivalente alguno para conceptos occidentales fundamentales como la separación entre Iglesia y Estado, el derecho laico o la noción de libertades y derechos individuales, incluida la libertad de culto. Por el contrario, el islam se nutre de la convicción de que el mundo musulmán sufrió un despojo histórico con la abolición del califato y de que dicha pérdida debe revertirse finalmente, lo que implica recuperar todos los territorios que alguna vez estuvieron bajo dominio musulmán. En el ámbito terrenal, el islam se asemeja tanto a las ideologías políticas totalizadoras e irredentistas como a una religión.
En la visión del mundo que comparten tanto los musulmanes de a pie como sus portavoces políticos autoproclamados, Estados Unidos y Occidente en general no son meros rivales geopolíticos. Representan obstáculos civilizatorios: potencias que sostienen un orden secular, liberal y poscalifal que los islamistas pretenden superar. Los islamistas pueden mantener esta postura porque se basan —de manera sustancial y plausible— en el Corán, los hadices, la Sira y siglos de jurisprudencia que conciben el Islam como un modo de vida integral que regula la política, el derecho y la sociedad. Sin embargo, no tienen bajo su control a todos los musulmanes. Por ello, su proyecto consiste en transformar la convicción doctrinaria en control social, confrontando a los musulmanes comunes con la discrepancia entre la fe que profesan y sus vidas modernas y compartimentadas. Existen, además, otros factores culturales, nacionales, sociopolíticos y sectarios —ajenos a la modernidad— que actúan conjuntamente o en paralelo al proyecto islamista dentro de la umma musulmana. Cabe citar, por ejemplo, las actitudes hacia las mujeres, hacia las "ofensas" al Corán o a Mahoma, hacia los judíos y hacia el apoyo a grupos terroristas por motivos sectarios o nacionales. ¿Depende la base de apoyo de Hezbola en Estados Unidos de la propia organización, o es consecuencia de la migración chií libanesa? ¿Son las bandas de violadores en el Reino Unido y otros lugares un fenómeno "islamista" o uno de índole cultural?
Por consiguiente, el problema de la migración musulmana no puede reducirse tan fácilmente a los "islamistas", aun cuando estos sigan siendo los principales ideólogos de un programa político sumamente agresivo y peligroso que tiene a Occidente como objetivo directo. Si se aparta a los islamistas, persiste gran parte del problema: una cultura que, tal como existe hoy, es incompatible con valores occidentales fundamentales y se define en oposición a ellos. Es precisamente ese trasfondo preexistente de simpatía y predisposición cultural lo que hace que el proyecto islamista manifiesto resulte tan peligroso.
La transición del control conceptual al control social se produce a través de las instituciones. Las mezquitas, escuelas, centros, organizaciones benéficas, grupos de presión y entidades culturales pueden servir como los principales espacios donde los musulmanes entran en contacto con la autoridad religiosa y son socializados en una concepción integral y civilizatoria del islam. Documentos internos de planificación de la Hermandad Musulmana —como el Memorando Explicativo de 1991 y el texto de 1982 conocido como "El Proyecto"— describían estrategias a largo plazo de asentamiento, arraigo organizativo y aprovechamiento de las libertades occidentales para promover el dominio islámico y debilitar la civilización occidental desde dentro. Informes posteriores elaborados en Francia, el Reino Unido, Alemania, Suiza y los Países Bajos confirmaron, a nivel estatal europeo, que redes vinculadas al islamismo han impulsado tácticas de infiltración, separatismo o infraestructuras de da’wa (proselitismo) a largo plazo que poseen tanto una dimensión política como religiosa.
Definir la amenaza a la que nos enfrentamos únicamente en términos de estructuras islamistas difícilmente resolverá el problema más amplio de la influencia musulmana sectaria. Tanto los palestinos partidarios de Hamás —o de cualquier otro movimiento político o terrorista palestino no islamista— como los somalíes que abandonaron EE. UU. para combatir junto a milicias en sus lugares de origen, que les envían fondos y para quienes el antisemitismo constituye la norma cultural, amenazan la cultura política y la paz social de Occidente; y ello independientemente de si mantienen vínculos directos con organizaciones islamistas o si se definen a sí mismos según doctrinas islamistas. A medida que estos grupos se consolidan como bloques políticamente activos e influyentes, exigiendo que normalicemos y atendamos normas que amenazan con destruir nuestra civilización, ¿consiste la respuesta en atribuir simplemente la culpa al "islamismo"? ¿O existe acaso una incompatibilidad más profunda, arraigada en una divergencia de valores y normas que los Estados occidentales deben reconocer?
Desde hace tiempo, los movimientos islamistas utilizan la migración, la da’wa (proselitismo), la natalidad y la continuidad institucional como instrumentos para transformar las sociedades occidentales a largo plazo. Las ciudades europeas acogieron a estas poblaciones bajo la premisa de que la integración era una cuestión de política de vivienda, solo para descubrir —tras sucesos como los del Bataclan, el Manchester Arena, el mercado navideño de Berlín y el puente de Westminster— que algunos miembros de la segunda generación hallaban mayor sentido de pertenencia en el siglo VII que en las instituciones del estado de bienestar.
La literatura y el discurso islamistas presentan a Occidente no simplemente como un lugar de refugio u oportunidades, sino como un territorio de asentamiento donde las generaciones futuras —criadas en el seno de instituciones moldeadas por el islamismo— podrían llegar a exigir normas basadas en la sharia mediante vías democráticas o cuasi-democráticas. Este objetivo, que antaño parecía ciencia ficción o fantasías propias de una fumada de narguile, se percibe ahora inquietantemente cercano. Europa experimenta esta presión con mayor intensidad que Estados Unidos debido a que el volumen migratorio ha sido mayor, la proporción de población musulmana más elevada y el proceso de formación visible de sociedades paralelas está más avanzado. No obstante, Estados Unidos se está equiparando rápidamente a esta situación y, al mismo tiempo, parece ajeno a una amenaza que los europeos ya reconocen ampliamente.
Lo que hace que el escenario de 2026 resulte más inquietante que el de 2001 es que la amenaza islamista se inscribe ahora en un ecosistema híbrido más amplio. Potencias rivales u hostiles, como Rusia y China, recurren cada vez más a la guerra cibernética, a la desinformación, las operaciones de influencia, la presión económica y la desestabilización mediante la migración, en lugar de limitarse a la confrontación militar convencional. Estos actores explotan la polarización, socavan la confianza y convierten la apertura de las sociedades liberales en una vulnerabilidad operativa. Si bien los islamistas no son idénticos a dichos Estados —y no siempre comparten los mismos objetivos—, se benefician de la misma erosión de la cohesión social, la confianza cívica y la legitimidad institucional, a la vez que contribuyen a ella. Las mayores fortalezas de las sociedades liberales —sistemas de información abiertos, regímenes migratorios generosos y amplias garantías para el derecho de asociación— se han convertido precisamente en los canales que los adversarios híbridos y los movimientos de carácter civilizatorio utilizan para intentar desestabilizarlas.
En este contexto, la alianza entre los partidos políticos de izquierda occidentales y los votantes inmigrantes musulmanes —un fenómeno ya muy avanzado en Europa— representa una amenaza de una naturaleza distinta a la que planteaban los grupos terroristas islámicos radicales hace 25 años. Además de la posibilidad de que esta coalición acceda al poder en ciudades con grandes poblaciones musulmanas, como Dearborn (Michigan) y ahora Nueva York, la unión entre islamistas e izquierdistas abre una vía propicia para propagandistas extranjeros que buscan profundizar las fracturas de la sociedad estadounidense en beneficio propio. Estos actores externos abarcan desde países musulmanes como Catar y Turquía —abiertamente alineados con los Hermanos Musulmanes— hasta naciones como China y Rusia, que reprimen a los islamistas en su propio territorio al tiempo que apoyan sus actividades en el extranjero como agentes de desintegración social y caos.
La normalización de la propaganda extremista propalestina y antiisraelí en los periódicos controlados por la izquierda y en el ámbito académico se ha convertido en un rasgo distintivo de la alianza disgregadora entre los islamistas y la izquierda occidental. Presentar al Estado judío como una entidad intrínsecamente malvada es un precio bajo que la izquierda laica está dispuesta a pagar a cambio de un bloque electoral amplio y creciente. Los islamistas, por su parte, exigen ataques cada vez más explícitamente antisemitas contra Israel y los judíos como precio por su lealtad y como señal de su ascenso político. Una política cuya punta de lanza es el antisemitismo crudo, que denigra la "influencia occidental" calificándola de malvada y que exalta a los "oprimidos", difícilmente puede considerarse "occidental"; y, de hecho, ese es precisamente el objetivo. El mensaje es: estamos ganando. Y resulta difícil afirmar lo contrario.
En momentos anteriores de peligro existencial, por muy dividido que estuviera el país, alguna coalición de líderes acabó por comprender la verdadera magnitud de la amenaza y actuó en consecuencia. Así ocurrió frente a las potencias del Eje en la década de 1940 y ante el comunismo soviético en la década de 1950. Hoy, en cambio, cada bando percibe sólo una parte del peligro. Los conservadores suelen estar más alerta ante el islamismo, el trastorno demográfico y la captura de instituciones, pero se muestran menos dispuestos a afrontar todas las implicaciones del colapso epistémico y de la guerra híbrida extranjera. Los sectores liberales prestan mayor atención a la influencia del estado ruso y a los derechos de grupos identitarios occidentales —como el colectivo gay—, pero son menos proclives a reconocer las ambiciones civilizatorias de los movimientos islamistas y los efectos estructurales de las instituciones paralelas. El resultado es una élite dividida y mediocre que utiliza verdades parciales como armas partidistas y que, por tanto, es incapaz de elaborar un diagnóstico coherente de la amenaza global.
El hecho de que el 25º aniversario del 11 de septiembre vaya a ser presidido en Nueva York por un líder político musulmán vinculado a extremistas islámicos constituye un símbolo elocuente de hasta qué punto la clase política de la república se ha alejado de la gravedad del desafío civilizatorio: un cuarto de siglo después del ataque islamista más espectacular de su historia, es capaz de encumbrar a figuras cuya retórica y afiliaciones remiten a movimientos que buscan desmantelar el mismo orden que ahora ayudan a representar ceremonialmente.
Un liderazgo estadounidense serio y bipartidista, decidido a preservar las libertades y la singularidad del país, reconocería que el islamismo no es solo un problema de seguridad violento, sino también un proyecto civilizatorio; que los adversarios estatales híbridos explotan las mismas aperturas liberales que los islamistas; y que la polarización interna y la migración masiva procedente de países musulmanes amplifican todos estos riesgos. Evitaría los debates doctrinales estériles sobre la separación entre el islam y el islamismo y, en su lugar, distinguiría entre los diversos actores musulmanes según sus ambiciones políticas y sus efectos institucionales. Asimismo, aceptaría la paradoja que recogen los análisis de seguridad alemanes: algunas organizaciones islamistas no violentas, aunque no recluten directamente para la yihad, pueden profundizar la desintegración y fomentar sociedades paralelas al intensificar la separación comunitaria y la distancia normativa respecto al orden constitucional. Se pondría fin a la migración masiva procedente de países musulmanes, del mismo modo que se acabó con la migración masiva desde Europa hacia Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial.
Un liderazgo unificado comenzaría por reajustar el orden liberal, aclarando que las protecciones constitucionales son límites al poder arbitrario, no pactos suicidas que exijan tolerar indefinidamente la subversión organizada. Identificaría y regularía, desmantelaría o prohibiría aquellas infraestructuras vinculadas al islamismo en las que existan pruebas documentales, financieras y organizativas que demuestren su alineación con proyectos civilizatorios a largo plazo. Asimismo, abordaría la financiación extranjera como una línea de acción prioritaria, y no como una cuestión secundaria. Universidades, escuelas, centros de estudios, mezquitas, organizaciones benéficas, medios de comunicación y otras instituciones que moldean las mentalidades han recibido enormes sumas de gobiernos extranjeros y entidades afines —con datos de divulgación en EE. UU. que reflejan miles de millones en donaciones y contratos extranjeros, incluidos más de us$1.100 millones procedentes de Catar tan sólo en el 2025—, al tiempo que iniciativas recientes de transparencia y propuestas legislativas han puesto de relieve la preocupación por la financiación proveniente de China, Rusia, Irán y otros países que suscitan inquietud. Por consiguiente, una respuesta seria impondría consecuencias reales tanto a los financiadores extranjeros como a los receptores nacionales: divulgación pública obligatoria que detalle la fuente real y el propósito de los fondos; notificación obligatoria sin umbral mínimo para estados hostiles o de alto riesgo; auditorías e investigaciones; sanciones civiles; pérdida de elegibilidad para recibir fondos públicos; medidas relativas a visados, sanciones o congelación de activos para financiadores vinculados a estados extranjeros; y el cierre o la inhabilitación de aquellas instituciones nacionales que, a sabiendas, oculten, blanqueen o utilicen dichos fondos para fines de captación ideológica.
Tanto los informes británicos sobre el extremismo islamista financiado desde el extranjero como las investigaciones estadounidenses sobre la financiación no declarada de universidades por parte de otros países sugieren que el dinero puede conllevar condiciones estratégicas ocultas, especialmente cuando se destina a mezquitas, instituciones educativas o programas universitarios que normalizan ideas extremistas o anticonstitucionales. El siguiente paso consistiría en rescatar a las instituciones formativas —escuelas, universidades, medios de comunicación, iglesias, industrias culturales y plataformas digitales— de su captura por fuerzas anticonstitucionales, restaurando así su función como transmisoras de lealtad cívica, memoria histórica y confianza en el orden constitucional.
Incluso tras haber reconstruido la resiliencia institucional, sería prudente no reabrir los flujos migratorios procedentes de entornos donde los proyectos islamistas tienen gran arraigo. En cualquier caso, la inmigración de cualquier tipo solo debería permitirse bajo condiciones mucho más estrictas de selección, transparencia y asimilación.
Comencé este ensayo refiriéndome a Mohamed Atta en un departamento de Hamburgo, redactando con calma las instrucciones para su propio entierro mientras vivía en el seno de una de las sociedades más ricas y libres del mundo. Esa imagen es relevante porque desmantela la tranquilizadora explicación que Occidente prefería adoptar: la idea de que, tras el lenguaje teológico, siempre debía esconderse algún agravio material más familiar, susceptible de ser negociado, subvencionado o abordado mediante terapias.
Veinticinco años después, la verdad más incómoda es que Occidente ha mejorado considerablemente a la hora de localizar, capturar o eliminar a hombres como Atta, pero sigue vacilando a la hora de enfrentarse al entorno del que este surgió: las instituciones, redes, doctrinas, fuentes de financiación y ambiciones civilizatorias que lo moldean mucho antes de que aparezca en una lista de vigilancia.
La resiliencia civilizatoria no consiste en una vaga confianza en que las democracias siempre logran salir adelante a duras penas. Es la capacidad sólida de un pueblo para percibir con claridad sus vulnerabilidades, subsanarlas a tiempo e impedir que sus enemigos utilicen sus virtudes como armas. Para ello, es importante reconocer que nuestras virtudes son reales y genuinamente nuestras; tanto es así, que millones de hombres han luchado y muerto a lo largo de los siglos para hacerlas realidad y lograr que sean ampliamente compartidas. No libramos esas batallas porque todas las culturas sean iguales o todos los valores tengan el mismo valor. Más bien, nuestros antepasados —reales e imaginarios— hicieron sacrificios a escala civilizatoria para que hombres y mujeres de todas las razas y orígenes pudieran pensar y vivir libremente, conforme a los dictados de su propia conciencia. Quienes comparten nuestros valores fundamentales tienen su lugar entre nosotros; aquellos que niegan la primacía de tales valores tienen todo el derecho a buscar sus propias versiones de la felicidad en otros lugares.
Ya es hora de que nuestras élites comprendan que la primacía de Occidente no es un regalo fortuito del destino, ni fue mayoritariamente injusta. La injusticia es una característica de todas las sociedades y culturas. Occidente es único por el valor que otorga a la conciencia individual y por su capacidad para corregir sus propios errores. Resulta francamente descabellado exigir que Occidente reconozca a nuestros enemigos el derecho a destruir y reemplazar la civilización que construimos —basada en los valores de la Reforma y la Ilustración— por los valores de otras culturas marcadas por siglos de estancamiento y decadencia. Tal derecho de sustitución no existe en ninguna sociedad ni cultura.
Negar la importancia radical y positiva de la cultura occidental para el legado humano es más que una forma de ceguera histórica e individual; es un deseo de muerte que ya no podemos permitirnos ignorar. Tocqueville escribió que la grandeza de Estados Unidos radica en su capacidad de reparar sus fallas, no en ser más educado que otras naciones, y ese todavía es el criterio correcto en el cual se debe juzgar la república a los 250 años. La pregunta ahora ya no es más si Estados Unidos puede matar a los terroristas más rápido de lo que ellos se regeneran. Una civilización resiliente rediseñaría sus protecciones para que la libertad de información, las leyes migratorias, y la libertad de asociación funcionen como es intencionado, para proteger a los ciudadanos en lugar de a los adversarios. Reconstruiría instituciones formativas, repararía su clase dirigencial, y recuperaría suficiente confianza constitucional para resistir la subversión civilizacional sin abandonar la libertad misma. También construiría un muro contra la gente que no comparte nuestra cultura y en verdad desea activamente destruirla.
Si Estados Unidos y Europa pueden todavía hacer eso, el 11 de septiembre del 2026 será recordado como el instante en que eligieron la supervivencia con claridad. Si no pueden, el testamento de Mohamed Atta y el cuarto de siglo que siguió se situarán como prueba que una civilización puede conocer a sus enemigos, matar a su ejército, enviar ejércitos poderosos al otro lado del mundo, y todavía fallar en salvarse.
Ayaan Hirsi Ali es miembro de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford, miembro del Council on Foreign Relations, y ex miembro del parlamento holandés
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