*Los judíos del Cáucaso: la historia de los “judíos de la montaña”*
Por Natalio Steiner
Comunidades Plus
En las laderas del Cáucaso, entre el mar Caspio, Azerbaiyán, Daguestán y las antiguas rutas que unían Persia con Rusia, sobrevivió durante siglos una de las comunidades judías más singulares del mundo: los judíos de la montaña.
Ellos mismos se denominan habitualmente Juhuro o Juhurim. En ruso fueron conocidos como gorskie yevrei, “judíos montañeses”, y en español suele hablarse de judíos del Cáucaso o judíos de la montaña. No deben confundirse con los judíos georgianos, otra antigua comunidad caucásica con idioma, costumbres e historia propios.
Un origen ligado a Persia
La mayoría de los estudios históricos y lingüísticos vincula a los judíos de la montaña con antiguas comunidades judías de Persia. A lo largo de los siglos, grupos de judíos persas se desplazaron hacia el este y el norte, estableciéndose en zonas del actual Azerbaiyán y del sur de Daguestán.
Su presencia en el Cáucaso se remonta probablemente a muchos siglos atrás. Algunas tradiciones comunitarias sitúan sus orígenes en tiempos muy antiguos, asociados a las diásporas de Israel y Babilonia. Sin embargo, los historiadores son más cautelosos: consideran que la comunidad se fue formando gradualmente mediante migraciones de judíos persas, contactos comerciales y asentamientos en las rutas que comunicaban Irán, el Caspio, el Cáucaso y Rusia.
Durante generaciones, las montañas y los valles caucásicos ofrecieron protección frente a invasiones, persecuciones y cambios de poder. Allí desarrollaron una identidad propia: profundamente judía, pero marcada también por la cultura persa, la vida montañesa y la convivencia con pueblos musulmanes y cristianos del Cáucaso.
Dónde vivieron y dónde viven
Históricamente, los principales centros de los judíos de la montaña estuvieron en Azerbaiyán y Daguestán, en el actual territorio ruso.
En Azerbaiyán, sus comunidades más importantes se desarrollaron en Bakú, Derbent, Quba y otras localidades del norte del país. El símbolo más visible de esta presencia es Krasnaya Sloboda, conocida en azerí como Qırmızı Qəsəbə y en español como “Aldea Roja”, situada cerca de Quba.
Ese pueblo llegó a ser uno de los mayores centros judíos del Cáucaso. Sus calles, casas, sinagogas, cementerios y escuelas religiosas testimonian una vida comunitaria que durante mucho tiempo permaneció muy unida. Aún hoy es considerado un emblema de la continuidad judía en una región mayoritariamente musulmana.
En Rusia, la presencia histórica fue especialmente importante en Daguestán, con centros en Derbent, Majachkalá, Buinaksk y otras localidades. También hubo comunidades en Chechenia, Kabardino-Balkaria, Osetia del Norte y otras regiones del norte caucásico.
Durante el siglo XX, especialmente bajo el régimen soviético y luego tras la caída de la Unión Soviética, gran parte de la población emigró hacia Israel, Moscú, Estados Unidos, Canadá y Alemania.
Comerciantes, artesanos y hombres de la tierra
La vida económica de los judíos de la montaña fue variada. Durante siglos se dedicaron al comercio regional, la agricultura, la viticultura, la producción de vino, la artesanía, el curtido de cuero, la confección de ropa y el intercambio de productos entre aldeas y ciudades.
Muchos fueron comerciantes de telas, alimentos, metales, ganado y productos provenientes de Persia, Rusia y el Caspio. Otros trabajaban como agricultores, cultivando viñedos, frutas, cereales y huertas.
La familia ocupaba un lugar central. Las redes de parentesco y confianza facilitaron durante generaciones la actividad comercial y financiera. El prestigio comunitario no dependía solamente de la riqueza, sino también de la generosidad, el respeto por los mayores, la ayuda a los necesitados y el compromiso con la sinagoga.
En tiempos más recientes, muchos miembros de la comunidad se incorporaron a profesiones modernas, al empresariado, la educación, la medicina, la cultura y la política. La emigración hacia Israel y Occidente multiplicó las oportunidades, aunque también puso en riesgo la continuidad de las antiguas formas de vida comunitaria.
Una religiosidad profundamente tradicional
Los judíos de la montaña conservaron durante siglos una identidad religiosa muy fuerte. La sinagoga fue el centro de la vida espiritual, social y educativa. Allí se rezaba, se estudiaba, se resolvían conflictos y se celebraban bodas, circuncisiones, festividades y acontecimientos familiares.
La observancia del שבת, las leyes alimentarias de kashrut, las festividades de Pesaj, Rosh Hashaná, Iom Kipur, Sucot y Purim formaban parte natural de la vida cotidiana. También se mantuvieron rituales propios relacionados con los matrimonios, el duelo, la hospitalidad y la educación religiosa de los niños.
La figura del rabino y de los ancianos comunitarios tenía una autoridad relevante. En muchas familias, las tradiciones se transmitían oralmente: canciones, historias bíblicas, normas de comportamiento, relatos sobre antepasados y enseñanzas religiosas.
La cultura religiosa de los judíos de la montaña combinó la fidelidad al judaísmo tradicional con influencias culturales del entorno caucásico. Esa combinación produjo costumbres propias, sin abandonar la pertenencia al pueblo judío.
El juhuri: una lengua judía del Cáucaso
Uno de los rasgos más originales de esta comunidad es su idioma: el juhuri, también llamado judeo-tat.
Es una lengua de raíz iraní, vinculada históricamente al persa, pero enriquecida con una importante presencia de palabras hebreas y arameas. Durante siglos fue la lengua del hogar, de la comunidad, del comercio y de muchas expresiones culturales.
El juhuri se escribió durante distintos períodos con caracteres hebreos, latinos y cirílicos. Hoy continúa siendo hablado por personas mayores y por sectores de la diáspora, especialmente en Israel, Rusia y Estados Unidos, pero se encuentra amenazado por el predominio del hebreo, ruso, azerí e inglés.
Preservar el juhuri no es sólo conservar un idioma: es mantener una memoria colectiva. En sus palabras se guardan antiguas formas de rezar, cocinar, bromear, educar a los hijos y recordar a los antepasados.
Música, gastronomía y vida familiar
La cultura de los judíos de la montaña se expresa también en la música, la cocina y las celebraciones familiares.
Sus melodías combinan elementos judíos, persas y caucásicos. Los cantos religiosos conviven con canciones populares, melodías de boda y música instrumental vinculada a las tradiciones de la región.
La gastronomía refleja la geografía y la historia comunitaria: platos con arroz, carne, hierbas, nueces, verduras, pan y especias. En las celebraciones familiares, la comida tiene una función social esencial: recibir invitados, honrar a los mayores y reforzar los vínculos comunitarios.
Las bodas tradicionales fueron, y en muchos casos siguen siendo, acontecimientos de gran importancia. Reúnen a familias extensas, música, comidas abundantes, rituales religiosos y símbolos de continuidad familiar.
Una comunidad dispersa, pero viva
Es difícil establecer una cifra exacta de judíos de la montaña en el mundo. Las estimaciones varían ampliamente, según se considere a quienes conservan el idioma, a los descendientes de emigrantes o a quienes se identifican activamente con la comunidad.
Se calcula que la mayor concentración se encuentra actualmente en Israel, donde viven decenas de miles de descendientes de familias provenientes del Cáucaso. También existen comunidades significativas en Rusia, Azerbaiyán, Estados Unidos, Canadá, Alemania y otros países.
En la antigua Aldea Roja de Azerbaiyán quedan varios miles de habitantes, aunque su población es mucho menor que en las primeras décadas del siglo XX. La emigración hacia Israel, Rusia y Occidente transformó profundamente esa localidad, pero no borró su identidad.
En Israel, los judíos de la montaña han creado sinagogas, asociaciones culturales, centros comunitarios y organizaciones dedicadas a preservar el juhuri, la música, la gastronomía y la memoria histórica de sus mayores.
Una herencia que resiste
Los judíos de la montaña son una prueba de la extraordinaria diversidad del pueblo judío. Su historia no transcurrió en los grandes centros de Europa occidental ni en las ciudades del Mediterráneo, sino en una zona de montañas, lenguas múltiples, imperios y fronteras cambiantes.
Durante siglos vivieron entre Persia, Rusia y el Cáucaso, preservando una identidad judía particular. Hablaron juhuri, comerciaron en mercados locales, celebraron sus fiestas, construyeron sinagogas y educaron a sus hijos dentro de una tradición que logró resistir al aislamiento, la emigración y los cambios políticos.
Hoy, buena parte de esa comunidad vive lejos de las montañas que le dieron nombre. Pero sus canciones, su idioma, sus sinagogas y sus recuerdos siguen uniendo a miles de familias dispersas por Israel y el mundo.
La historia de los judíos de la montaña demuestra que la diáspora judía no fue una experiencia uniforme. Fue, y sigue siendo, un mosaico de pueblos, lenguas y memorias que encontraron maneras distintas de permanecer fieles a una misma herencia.El origen persa y la relación del juhuri con las lenguas iranias cuentan con respaldo de estudios lingüísticos y académicos; también se distingue claramente a los judíos de la montaña de los judíos georgianos.
Krasnaya Sloboda/Qırmızı Qəsəbə, cerca de Quba, conserva un papel central: su población actual ronda los 3.200 habitantes según fuentes recientes, muy por debajo de su apogeo histórico, debido a la emigración.

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