Sin perdida esta nota del siempre creativo y sabio Rabino Yosef Garmon
¿180 muertos en el avión?
Hace unos años perdí un vuelo de Nueva York a Guatemala.
Primero, la aerolínea low cost (no fue FlyDubai) quiso cobrarme por una pequeña maleta más de lo que había pagado por el boleto. Después, en seguridad me retuvieron porque llevaba un polvo blanco (tabla yeso) para hacer con mi hija una janukiá . Al parecer, por unos minutos me convertí casi en Pablo Escobar.
Llegué a la puerta 12 minutos antes de la salida… pero ya estaba cerrada. Intenté todo: explicaciones, súplicas, los 12 meses, las 12 tribus, la parashá de la semana… nada funcionó.
Estaba furioso, frustrado y casi llorando.
Entonces recordé una historia:
Un hombre perdió un vuelo y estaba igual de enojado. De repente, llegó un amigo y le dijo:
- El avión que perdiste se estrelló y murieron los 180 pasajeros.
El hombre se tranquilizó inmediatamente. Después de unos segundos preguntó:
- ¿Estás seguro de que murieron todos?
Y el amigo le respondió:
- ¡El avión no se cayó y nadie murió! Pero dime una cosa: ¿por qué necesitas 180 muertos para estar feliz de estar vivo?
Esta semana, cuando el avión de Dubái a Israel estuvo a punto de caer, volví a pensar en aquella historia.
Y entonces entendí algo todavía más profundo en Sucot:
Salimos de nuestra casa, dejamos por unos días la falsa sensación de seguridad y nos sentamos bajo una estructura frágil para recordar que la vida misma es un regalo.
No necesitamos 180 muertos.
No necesitamos que un avión casi se estrelle.
No necesitamos perder algo para descubrir cuánto vale.
Sucot nos enseña a mirar lo que tenemos y decir:
¡Gracias a Dios por estar vivos con lo que tenemos y no por lo que casi perdimos!
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